Las lenguas indígenas y las luchas de resistencia

Humberto Santos Bautista

El mundo se empobrece cuando se pierde una lengua o una cultura, y se empobrece también cuando todo se uniforma en modo alguno.
Miguel León Portilla

La muerte de Miguel León Portilla, «la voz de los vencidos», como algunos lo definieron, ha dejado un enorme vacío en el campo de la cultura, de la ciencia y de la educación, porque su obra era una especie de síntesis en la que se armonizaba la herencia del saber antiguo y su contrastación con el llamado pensamiento universal, para intentar un diálogo en condiciones igualitarias, para deshacer el mito de que los europeos trajeron la civilización a los pueblos que habitaban las tierras mesoamericanas desde antes de que se diera el mal llamado «descubrimiento de América» en 1492.

Se reactivó también el interés –así sea coyunturalmente– por el tema de las lenguas indígenas, porque hay un consenso desde distintos actores, que nadie como León Portilla dio la batalla desde los círculos de la academia, para romper con la ortodoxia existente que no les daba más reconocimiento que el que quedaba acotado a los hablantes y casi solo para que pudieran facilitar la comunicación con el mundo mestizo. León Portilla abrió un debate para que las lenguas indígenas fueran reconocidas como una herencia cultural muy valiosa, desde donde se podía potenciar un desarrollo también diferente. Se trataba no solo de reverenciar a las lenguas, siempre y cuando siguieran encerradas en los límites de la oralidad, sino de empezar a hacer ciencia y Educación sustentada en esa herencia cultural milenaria y que no es valorada en toda su plenitud. En ese sentido, las enseñanzas de León Portilla son fundamentales, sobre todo, en un momento de definición para la República, que para consolidar sus esperanzas de cambio necesita con urgencia mirar su pasado para reconocer con claridad hacia la transformación que se desea, porque los cambios radicales solo pueden sustentarse en un gran movimiento cultural que implique una ruptura con un poder que ha sustentado su hegemonía en una pretendida uniformidad cultural. México no es homogéneo –históricamente no lo ha sido– y es tiempo de reconocer plenamente su verdadera fortaleza que hasta ahora ha sido silenciada: su diversidad cultural. Pero éste reconocimiento tiene que empezar por cultivar las lenguas indígenas.

La lengua es la forma más elaborada y más completa para expresar el pensamiento, es el medio de comunicación que permite construir los marcos de entendimiento para que las sociedades funcionen; es decir, está en la base de los consensos sociales. Si pensar es, sobre todo, la posibilidad de aprender a problematizar, y eso implica plantearse los grandes temas emergentes, y una cuestión central estriba en que si los pueblos indígenas hablan una lengua distinta a la lengua hegemónica, se entiende que aprendió a nombrar los problemas en su lengua materna y, consecuentemente, tiene una visión distinta de los mismos que no coincide con la versión que se les impone desde la visión que cultural y lingüísticamente es dominante. Y es esa deformación la que explica que los grandes rezagos en los que viven los pueblos originarios todavía no hayan podido resolverse, porque si se nombran de manera equivocada los problemas, las alternativas serán igualmente fallidas y es probable que esa tendencia persista si no hay una política cultural y educativa que cambie la mirada postcolonial y aprenda a mirar desde adentro los valores comunitarios.

Por supuesto, también implica hacer cambios radicales en la política educativa y que se diseñe, en efecto, una verdadera política educativa de Estado que signifique una ruptura con una política escolarizante que solo ha terminado por hacer más grandes los rezagos en la escuela e incrementar aún más la brecha de la desigualdad.

Creo que por eso tendríamos que leer y releer las grandes enseñanzas de Don Miguel León Portilla, porque son lecciones que contribuyen a la liberación del pensamiento; quizá por eso Alberto Ruy Sánchez dijo de la obra de León Portilla: «Para mí es un gran maestro y colaborador inigualable. Ha modificado la manera de pensar el mundo prehispánico, nos enseñó que era posible que habría una filosofía y demostró la importancia del erotismo del mundo náhuatl».

De su libro La visión de los vencidos, el gran José Emilio Pacheco escribió: «Éste es un gran poema épico de los orígenes de nuestra nacionalidad (...) un libro clásico y una obra indispensable para todos los mexicanos».

En las primeras páginas del libro se confirma que es una lectura imprescindible para entender que lo que México ha llegado a ser, solo es posible entenderlo si tenemos claridad sobre nuestros orígenes; es decir, de donde venimos.

«Parece ser que los más antiguos testimonios indígenas sobre la Conquista encontraron natural expresión en varios cantares, compuestos a la usanza antigua, por algunos de los pocos cuicapicque o poetas nahuas sobrevivientes. Así, para no citar otros, pueden recordarse al menos aquellos dos poemas, verdaderos ejemplos de los llamados icnocuícatl, “cantos tristes”, o elegías, en el primero de los cuales se describen los últimos días del sitio de Tenochtitlan, mientras que en el segundo se refiere cómo se perdió el pueblo mexícatl. Copiamos aquí siquiera unas estrofas de cada uno de dichos poemas, para mostrar ya cuál fue la reacción de los mexicas, al contemplar destruído su mundo y forma de vida antigua:

En los caminos yacen dardos rotos/, los cabellos están esparcidos./ Destechadas están las casas,/ enrojecidos tienen sus muros.

Gusanos pululan por calles y plazas,/ y en las paredes están salpicados los sesos./ Rojas están las aguas, están como teñidas,/ y cuando las bebimos,/ es como si bebiéramos agua de salitre./ Golpeábamos, en tanto los muros de adobe,/ y era nuestra herencia una red de agujeros./ Con los escudos fue su resguardo, pero/ ni con escudos puede ser sostenida su soledad...

Llorad, amigos míos,/ tened entendido que con estos hechos hemos perdido la nación mexicatl./ ¡EI agua se ha acedado, se acedó la comida!/ Esto es lo que ha hecho el Dador de la Vida en Tlatelolco. . .».

En eso radica la gran aportación del Maestro León de Portilla y el por qué debiera releerse su obra: recuperar las lenguas indígenas, supone recuperar una visión del mundo y una forma propia de pensamiento; si se dejan morir, pasará como alguna vez dijo la Comandante Trini, del EZLN: «Si la lengua se muere, se muere el pueblo».

En Guerrero, cada vez son más los pueblos que se van extinguiendo lenta pero inexorablemente. Y tal vez sin saberlo.

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