#Entrevista

Una ventana para la difusión de la poesía

Charli Feroz

La editorial Ícaro Ediciones, fundada por el poeta Ulber Sánchez Ascencio, en una época difícil para el país y el estado, lleva ya tres títulos de poesía, en solo seis meses de creación, Canción de la tijera en el ovillo, de Iván Trejo, Mbo Xtá rídà/Gente piel/Skin People de Hubert Matiúwàa y Aforismos del desterrado del poeta uruguayo Rafael Courtoisie. Aquí platicamos de manera virtual con el poeta, con el editor, para conocer un poco más del proyecto editorial y de este oficio tan necesario.

 

¿Por qué iniciar un proyecto editorial en estos momentos?

– Cualquier momento es bueno para iniciar un proyecto; sin embargo, cuando iniciamos con este proyecto editorial no contábamos con qué se avecinaba una epidemia que impediría llevar a cabo las actividades previstas de promoción y difusión. Estos momentos nos han hecho familiarizarnos un poco más con nuevos métodos de difusión electrónica y ventas como lo son, por ejemplo, las redes sociales.

Haber iniciado inesperadamente en estos momentos es también una señal de que la poesía es necesaria aun más durante el encierro.

El proyecto editorial nació el año pasado, y nos dimos a la tarea de empezar a hacer un logo que sería parte de la identidad editorial. Rubén Iglesias, El Cubano, hizo el diseño. Después de eso, empezamos con la identidad de la portada y pensamos en una propuesta tipográfica. Rubén es quien nos trabaja para las portadas. Iniciamos con los trámiles legales, darse de alta ante el Indautor en el padrón de editores para gestionar el ISBN y el código de barras. Este proyecto independiente lo hacemos desde esta parte del estado de Guerrero, Chilpancingo, por un lado sabemos que no hay una editorial de poesía en el estado, y el único que publica es la Secretaria de Cultura. De ahí en adelante no hay más. Nuestro objetivo es publicar poesía en todas sus manifestaciones y lenguas, como la de los pueblos originarios. La poesía es una apuesta.

 

¿Ícaro Ediciones, ¿dedicado solamente a la poesía, o hay proyectos para publicar narrativa, novela, cuento o ensayo?

Actualmente Ícaro Ediciones es solo una ventana para la difusión de la poesía; sin embargo, esperamos contar a mediano plazo con ejemplares sobre poética y teoría. Tampoco estamos cerrados a que en un futuro podamos incursionar en otros géneros de la literatura; en estos momentos el ensayo literario es algo que nos hace sentir seducidos.

 

¿Cuándo decidiste ser editor?

– No es que uno decida ser editor; el camino que recorre uno como lector de poesía y como creador te va llevando a estar en contacto con gente que se dedica a estos menesteres, como la Tarántula Dormida, vi sus procesos cuando editaban la revista Atrás de la raya, y entonces fue una experiencia que sumó a mis conocimientos. Después hicimos una serie de plaquettes sobre poesía de Guerrero, una colección de veintidós poetas; eso en el año 2007 y también hicimos una plaqueta donde participamos tres poetas, Carlos Ortiz, Erik Escobedo y yo, una edición de autor. Entonces no sé en qué momento, solo supe que teníamos que juntar dinero y empezar a andar con el proyecto. Además, uno como poeta revisa sus propios poemas y corriges entonces entras en contacto con la edición de una manera personal. Pero ya editar a otros poetas, es un ejercicio que requiere paciencia y conocimiento.

 

¿Consideras el trabajo de editor como una vez lo llamó Herralde, un trabajo de locos?

–No sé si de locos, pero sí, un trabajo que requiere mucha atención; es decir, ir revisando el texto palabra por palabra para evitar erratas. Es un ejercicio de paciencia y que absorbe tiempo, porque no solo una vez revisas, sino la revisión es constante hasta que haya quedado el libro bien configurado. Creo que Herralde decía un trabajo de locos porque editaba muchos libros. Anagrama, sabes bien, es un sello que ha publicado a muchos autores en lengua española, inglesa, francesa, etc., ése si es un trabajo de locos. Entonces, no podemos compararnos con el trabajo de Herralde; ésta es una editorial pequeña que se inicia en este camino de publicar libros.

 

¿Algún libro o autor que te gustaría publicar?

– Son varios; sobre todo, los autores que han alimentado nuestro gusto por la poesía una vez con la conciencia de la labor poética, nos gustaría trabajar con alguna reedición de Francisco Hernández o Abigael Bohorquez por ejemplo.

Actualmente nuestra labor va más dirigida hacia la difusión de la poesía mexicana y latinoamericana actual; hay mucho trabajo de poetas guerrerenses que también merece la pena leer y apostar por su edición.

 

¿Por qué iniciar la editorial con el libro Canción de la tijera en el ovillo?

– Iniciamos con ese libro porque habíamos platicado con el autor, Francisco Trejo, que era un libro que nos agradó en su propuesta poética. Un libro que enlaza el mito del minotauro con la identidad del autor. Y apostamos al trabajo del poeta, además que es un poeta joven que sin pretensiones realiza su trabajo.

 

Editar, publicar y promover el libro, ¿cómo llevas a cabo esta triada?, ¿cuál es la más complicada y la más satisfactoria?

–Los tres brazos de esa tríada son sumamente satisfactorios. El editar y publicar significan una satisfacción personal, el hecho de saberse partícipes de una obra de calidad ya es por sí mismo una alegría, aunque es también la difusión y la venta de esas obras lo que culmina en una retribución económica, y es precisamente esa retribución la que nos hace fantasear con el sueño de vivir de la literatura. La apuesta ahora son las redes sociales, las ferias de libro, para distribuir los libros y de manera personal, con los amigos y los enemigos. La idea es que la poesía se mueva aquí y fuera del estado de Guerrero.

 

¿Cómo decides qué libro y qué autor editar? ¿Cómo seleccionas el trabajo?

–Son gustos poéticos; es decir, nos gusta tal poeta y entonces lo invitamos a que nos mande su libro, lo leemos y entonces decidimos publicarlos. Actualmente existe en nuestro núcleo un consejo editorial, en donde se revisa y se da visto bueno a las obras prospectas a publicación. Por el momento solo hemos trabajando con poetas reconocidos a nivel nacional e internacional, como lo son Francisco Trejo, Hubert Matiúwà y Rafael Courtoisie; dentro de nuestros planes a corto y mediano plazo se encuentra realizar una convocatoria a poetas jóvenes con la intención de difundir la poesía actual en el estado de Guerrero.

 

¿Ya tienes otros libros en espera?

–Tenemos dos libros impresos de la editorial, Canción de la tijera en el ovillo, de Francisco Trejo; Aforismos del desterrado, de Rafael Courtoisie, y próximamente saldrá Ícarias, del poeta chiapaneco Balam Rodrigo.

Y un libro en coedición con Gusanos de la memoria, del poeta Hubert Matiúwàa, el libro viene en tres lenguas, mé´phàà, español e inglés y se llama Mbo Xtá rídà, Gente piel, Skin people, un libro que reivindica la tradición oral de la gente piel, con ilustraciones de Salvador Jaramillo.

 

¿Es complicado editar en nuestro estado?

–Más bien, imprimir en nuestro estado es complicado, porque no contamos con infraestructura para la impresión de los libros y por otro porque encarecen el producto. Editar no es complicado, como dije, uno apuesta a un proyecto con la finalidad de hacer cosas desde el estado de Guerrero, una editorial de poesía en este caso.

 

¿Por qué esa imagen griega de Ícaro, el hijo de Dédalo que al no obedecer al padre se acerca tanto al sol que se le derriten sus alas de cera?

–Primero por lo que representa, el mito de Ícaro, la desobediencia a pesar de las complicaciones. Editar poesía es ir a contracorriente, es arriesgarse. Y porque nos gusta la idea de Ícaro, es una imagen que seduce. Ícaro es para nosotros el símbolo rebeldía por un sueño, todos queremos escapar del laberinto, aunque el precio sea morir ahogado.

Ahora que has asumido también el papel de editor, ¿cómo te sientes?, ¿cómo cambia la lectura, la escritura? ¿No se complica jugar en ambas posiciones?

–Todo tiene que ver con un compromiso; es decir, hacer las cosas bien en el plano de la escritura y en el plano de la edición. Siempre he disfrutado la lectura, en especial de la poesía, la leo con calma, atento a las palabras, a la forma en que se desarrolla el texto. Busco sus indicios, su estructura y cómo se concluye el poema. Y en el caso de editar un libro es el mismo juego, solo que aquí pones atención al fondo y a la forma y puedes sugerir al autor algo que puede mejorar, cosas mínimas de hecho, porque los autores que editamos tienen un trabajo serio y respetuoso, que hacen bien su trabajo de escritura. Es interesante jugar en ambos lados, la atención a la lectura es mucho más compleja.

 

Una editorial independiente, ¿cómo la sufres y la disfrutas?

Se sufre por no tener espacios ahora, con la pandemia, para presentar las obras publicadas. Y la disfrutas por ver estos libros impresos y ver la seriedad y la calidad tanto de la impresión como de las obras. Y sobre todo que autores reconocidos apuesten también a publicar con Ícaro Ediciones, eso es muy satisfactoria. Confían en la propuesta y en el trabajo editorial.


El libro de las mariposas

Sin Ella

(Escritaoras Mexicanas, 2020) :: novela de Margarita Martínez Duarte

ADVERTENCIA: este diario de lectura contiene algunos arruinadores del devenir dramático de la recepción (es decir: espoilers)


 


 

TTermino de leer Sin Ella en uptown San Miguel Ajusco, una tarde clara y serena de agosto del 2020. Estoy en la que fue la última casa de la abuela (QEPD) de mi KónyuG, santa señora, Dios la guarde en su regazo. Nuestra cría (un niño de 8 años) se relaja viendo una serie en la tablet tras haberme propinado una derrota futbolística (marcador de basketbol: 35-32) en las miniporterías que hay en el jardín. Acabo de encender, no sin cierto esfuerzo, unos cuantos troncos calientitos en la chimenea. KónyuG no está: experimentos in vivo la obligan a ocuparse, a 1000 metros menos de altitud, de unas ratas obesas en la Facultad de Ciencias Naturales de la universidad.

Esto no es una reseña, sino un diario de lectura. Por eso me permito divagar un poco por el bosque del contexto íntimo antes de reportar mi experiencia de lectura. Sin embargo la divagación no es vana, puesto que la filiación (KónyuG, esta casa, su abuela) hace eco de la ruta mitocondrial_filial que une a la protagonista principal de la novela (María) con su madre y su hija Jennifer. Pausa para ponerle otro pedazo de madera a la chimenea.

Busco sin éxito entre mis mensajes del tuíter el intercambio con @laliceaga, “fundadora de @escritorasmx_” según reza su microbiografía, porque me gustaría recordar la fecha aproximada en que inicié la lectura de Sin Ella. Recuerdo que nuestra chilanga metrópoli se encontraba en el vientre más desierto del confinamiento, nosotros pernoctábamos entonces en un lugar menos agreste que el Ajusco, y en uno de aquellos sábados, @laliceaga distribuyó a domicilio algunos ejemplares de Sin Ella. Recuerdo que sonó el timbre, abrí la puerta y vi a @laliceaga ataviada con el uniforme oficial de la pandemia: careta, cubrebocas y 24 horas de confinamiento en zona aislada para desactivar la potencial carga viral del ejemplar de Sin Ella.

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Es decir, que, sin los nuevos vínculos, sin el nuevo tiempoespacio confinado que llegó con el Covid, este ejemplar de Sin Ella y yo no nos habríamos leído nunca. Pienso en todo eso ahora que acabo de concluir su lectura. Observo el ejemplar de papel junto a mí y siento las brasas de nostalgia encendiéndose en mi yo lector porque voy a extrañar a sus personajas: María, Jennifer, Anayansi, e incluso acaso también al único personaje de sexo masculino de la novela: el pendejo de Aldo, conocido director de orquesta en desgracia porque, al margen de sus encantos y sus talentos, lo aqueja la pasión triste de acosar sexualmente a las mujeres que cruzan su camino.

Así como hay novelas de aprendizaje (“bildungsroman“, diría nuestro vergonzoso ego euro_aspiracional, con todos los discriminantes de clase en la prosodia) en donde las personajas construyen el andamiaje emocional, sentimental, intelectual que las transformará en adultas, recíprocamente Sin Ellas es una novela de despedida, de desconstrucción existencial, o de reducción de la experiencia vital a su esencia mínima: cerramos la cortina del puesto que es la vida, hacemos una graciosa caravana y adiós. ¿Eutanasia narrativa? No. Más bien partida clara, lúcida, limpia: partida en paz. Ante su diagnóstico médico sin esperanzas, María se dedica a poner en orden sus afectos, sus escritos y su relato. ¿Recuerdan a esos Cñores que se mueren y dejan el mundo hecho un cagadero, a su descendencia confrontada y su burocracia irremediablemente enmarañada? María no. María compone su muerte con la pasión precisa de la socióloga escribiendo un testamento académico, o de la madre inaugurando su piel tatuada con la misma mariposa figurativa que su hija, o de la poeta que (como Margarita Martínez Duarte), se lanza al sin miedo y por vez primera al ruedo narrativo de una novela.

Pausa para bañar y darle de cenar a la cría. Va un madero más a la chimenea. El Ajusco se llueve en su agosto frío.

Recuerdo que leí el primer capítulo de Sin Ella asombrado por un sorprendente acabado léxico, gramático y estético. Un incipit de seis páginas en prosa precisa, justa, pulida para abrir la novela en el desasosiego: María en un taxi kamikaze de la Ciudad de México, el diagnóstico fatal recién revelado por los médicos, la consciencia haciéndose pendeja con el vaivén cotidiano, el taxista conduciendo como un huracán ramírez emputado.

La hora pico que ocurre en su interior se refleja afuera.”

Esta novelista debe ser poeta, me digo.

Soy apenas un bulto de carne que está siendo transportado por necios vectores, de un punto a otro.”

La frase que agarres en esas seis páginas va a ser neta, compleja y terminada. Hagamos el experimento. Tomemos una frase cualquiera al azar:

Recuerda haber leído que los cipreses podrían extinguirse pronto en España.”

Ahístás. Seis páginas . Necesito aquí y ahora recrear un contraejemplo de lo que no es una prosa pulida. Ocurre hasta en las grandes novelas. Ahorita, por ejemplo, leo en lectura paralela con KónyuG (ella en papel, yo en electrónico) El hombre que amaba a los perros, del Cñor Padura. Gran novela hasta el momento. Prosa sin miedo de lo inabarcable. Densidad existencial. La ambición narrativa #selapela. Epígrafe de Ajmátova y todo. Y sin embargo. Sin embargo. En la primera página. Primer párrafo. Segunda frase apenas de la novela, nos encontramos con el sintagma EN ESE PRECISO INSTANTE. ¡Cñor Padura, por favor! A mí me dan ganas de lanzar 20 metros lejos de mi perímetro cualquier novela que incluya a ese rey de los sintagmas más manidos y comunes en literatura: “EN ESE PRECISO INSTANTE”. Sin vergüenza, sin pena, ahí, en la primera página de lo que hasta el momento pinta para una gran novela (y que seguramente también es un best-seller de editorial Planeta). A eso yo le llamo prosa sucia. La prosa de Margarita, en cambio y principalmente en esas seis vertiginosas páginas que extienden el incipit, es ofebrería semántica trabajada al detalle. Prosa de poeta, pues. Prosigo mi lectura.

En los capítulos impares, Sin Ella es narrado por una voz omnisciente, solidaria de María. Es esta la voz más entrañable de la novela, pues nos permite contemplar y seguir a María desde la intimidad de un zoom narrativo capaz de absorber en cuasi_primera persona tanto el gozo y como el azoro terminal de quien tuvo un mal diagnóstico pero cuenta con buen tiempo aún: tiempo para despedirse: un lujo, especialmente a la luz de estos meses de Covid, en donde la parentela parte sin despedida ni funeral ni nada. Por estos capítulos impares desfilan también personajes entrañables: Jennifer, la hija de María, emigrada al gabacho; Ana, la amiga, cómplice, colocataria temporal (literalmente: durante el tiempo que le quede de vida a María); Kai la tatuadora, quien les va a imprimir a madre e hija sendas mariposas para la eternidad epitelial, y finalmente, el inefable Aldo.

Estamos entonces ante una novela entrañable sobre la filiación femenina de una mujer que se despide de la vida literalmente acorazada por el cariño de su hija, de sus amigas, de sus colegas, de sus fans académicas (veo a María como una profesora_investigadora universitaria en Ciencias Humanas), por no hablar del eco ético de la presencia memorial de su madre y su abuela. ¿Qué (con perdón) bergas hace entonces un personaje como Aldo en mitad de una novela sobre la fuerza, el coraje y el valor de la filiación feminista?

Aldo es un director de orquesta muy simpático, diríase apuesto, conocido y apreciado en el medio. Aldo tenía su vidita tranquila y segura hasta que su condición de acosador sexual es denunciada y entonces pierde su capital reputacional, su trabajo, buena parte de sus ingresos y además debe lidiar con numerosas demandas legales por lo mismo. La narración aquí es sintética, directa y económica, no se pierde tiempo en dramas psicologizantes ni en describir el sufrimiento de Aldo o de sus víctimas: la prosa es factual, estamos ante hechos ya acaecidos: la realidad es lo que es. Todo esto para decir que Aldo ya aparece así: cancelado por las consecuencias de sus actos. Y así lo llama María para despedirse de él. Sin importarle la oposición explícita de la nube de sororidad que la rodea, la incomprensión de su amiga Ana, la incomprensión al cuadrado de su hija milenial. María llama a Aldo (nota al calce, agrega María: estoy al corriente de tus problemas con la justicia y no me importa [el parafraseo es mío: Margarita lo escribe y lo describe mejor]).

Aquí mi lectura disfruta particularmente del fragmento porque estamos literalmente parados sobre las consecuencias sociales del #MeToo, #MiPrimerAcoso, #BalanceTonPorc, #MeTooEscritoresMexicanos y sin miedo alguno al éxito, la autora se avienta al ruedo de la realidad presente ahorita ahorita. Hubiera sido fácil cubrir de insultos ideológicos y morales al personaje de Aldo, pero lo que leemos en Sin Ella es más complejo: María no sólo necesita despedirse, sino también necesita besar, una última vez, a ese cabrón. Que al final acaba siendo un personaje lindo. Releo mi frase y se me cae la mandíbula en su paráfrasis: el personaje del acosador es lindo. Complejo. Ininterpretable de forma maniquea. Acosó, le valió, lo denunciaron, perdió todo… ¿se dio cuenta, se arrepintió, pidió perdón, se deconstruyó? No sabemos. En un mortal hacia atrás narrativo, Aldo aparece aquí como el galán adolescente de María. Le da un beso. Le vuelve a ofrecer el anillo de compromiso que hace ¿20, 30 años? le ofreció a María. Aldo es tiempo. Aldo es un amigo. Aldo es el testimonio necesario del tiempo. Tiempo machista, pues. Aldo somos todos los pinchis ónvres. Pendejos. Besucones. Sucios. Sin límites. Vanamente calientes. Soportables una tarde tierna. Y hasta ahí.

Quiero contar aquí una experiencia extraña que me ocurrió durante la lectura. Tras haber intensamente apreciado el capítulo en donde Aldo y María se despiden, se anillan, se besan, llegué al capítulo en donde Jennifer y Ana organizan un fiestón (de despedida, obvio) para María. Con tamales, chupe, música (aparato de sonido patrocinado por Aldo) y mucha mota. La prosa cuenta detalles de la organización de la fiesta, y como sabemos que a María le queda poco tiempo, cada gota diegética es preciosa y disfrutable, así sea la posición que ocupará la mesa de los tamales. Sin embargo, llega el momento de decidir si la fiesta va a ser separatista o si va a haber invitados de sexo masculino, porque ante el segundo escenario habrá amigas de María que se disculparán y no vendrán a la fiesta. Llega aquí el momento intitulado: pinchis ónvres, kómo somos: mi yo lector estaba seguro de que María optaría por una fiesta con invitados hombres, y en su recepción prospectiva, mi yo lector se adelantaba y aseguraba que Aldo sería invitado, y que bailaría incluso con la “festejada” (entre cancerosas comillas). Y cuando al final del capítulo (espóiler a la vista), María opta por una fiesta separatista con puras mujeres, mi yo lector se decepcionó. Y cuando el superego estético de mi yo lector me sorprendió decepcionado porque no habían invitado al acosador, el golpe estético y psicológico me encantó: leyendo soy, ante todo, un ónvre que no desea que lo excluyan (¿KIÉN OZA EXKLUÍRNOS DE NUESTRO MUHNDO?) y que, a pesar del carácter ética y moralmente cuestionable del personaje, se solidariza inconscientemente con Aldo y “va a la fiesta con él”. Ese es el valor de abordar literariamente un tema históricamente vigente: con todo y mi deconstrucción machista, con todo y el estandarte de TRAICIONEMOS AL PATRIARCADO que me pego en la frente en tuíter y en la vida, con todo y mis cuidados igualitarios de la cría, cuando el capítulo de la fiesta llegó, mi yo lector ónvre estaba incómodo: no estoy invitado: ¿qué hago leyendo aquí? Y ese efecto literario no me había ocurrido con ningún otro libro, y considero que es un efecto de muy alto valor.

La lectura llega así al fin con el desenlace esperado, pero también inesperado en virtud de todo lo que acontece en los capítulos de número par. En estos capítulos, que se alternan a los de la voz omnisciente, María narra en primera persona y las protagonistas de esta voz son su abuela y su madre. La función literaria de estos fragmentos es construir, describir, analizar la fuerza de la filiación. En contraste con los capítulos impares, esta voz me parece menos magnética que aquella otra, impar, que sigue de cerca los adioses de María. En el apartado crítico de la lectura, creo que no logré engancharme ni emocional ni dramáticamente con la historia de la madre de María (que, ya sin espóilers de por medio, es indispensable porque determina el final de la novela). La excepción que confirma mi impresión estética es el capítulo segundo, en donde María narra la última cena de su abuela, y este fragmento comparte entrañabilidad y precisión formal con los capítulos impares. Dos puntos: en su lecho de muerte, le preguntan a la abuela de María qué se le antoja y ésta responde: “una costilla asada, tantitos frijoles y una quesadilla“. No sé qué carambola proustiana trae el adjetivo “tantito” pronunciado por una anciana moribunda, pero la secuela es igualmente tierna: la mamá de María va a casa de su exnovio carnicero a la media noche (el exnovio quiso algún día casarse con la madre de María: esta lo rechazó: él se casó e hizo una familia, y aún así le abrió la puerta a su ex a la medianoche y la llevó a su carnicería para conseguir una costilla que satisfaciera la última cena de la susodicha abuela).

Son las 23h42 en el Ajusco, los troncos de la chimenea ya empiezan a flaquear, y es hora de que este lector se vaya a dormir. Por la pandemia, por el adjetivo “tantitos“, o porque acaso el sueño secreto de tod· mortal sea irse de la existencia arreglando afectos, papeles y armando antes una fiestota de despedida con quienes más quieres, se me achipila el corazón de haber terminado el libro de las mariposas (de donde María y su hija Jennifer extraen la imagen que se tatuarán juntas, simétricas). Pero lectores somos y en la línea infinita del lenguaje andamos. ¿Qué recordaré de Sin Ella dentro de 10 años (si el Covid me da licencia)? Apuesto a que la última cena de la abuela, el tatuaje doble en mariposa y la fiesta separatista. En 10 años te watcho, Margarita.


diario de series

"Mindhunter": La caza de la Moby Dick del crimen

Jorge Aulicino

Si se hubiese estrenado hace más de veinte años y no tres, “Mindhunter” sería la madre de todas las series sobre criminales seriales y crímenes morbosos, y de todas las que incluyen laboratorios y medicina forense, expertos en “perfiles” y policía científica en general. Igualmente, es la madre. Y una de las mejores, si no la mejor, de este tipo de policial. Sólo que en ella no hay un crimen que resolver, ni dos ni muchos, sino algo más escabroso y huidizo: los motivos de todos.

  Hay un punto de fascinación en casi cualquier historia de descubrimientos o búsquedas científicas. Dicen que lo que atrajo a Albert Einstein a la ciencia fue la brújula que le regaló su padre en uno de sus cumpleaños infantiles, específicamente la forma misteriosa en que se comportaba ese objeto. Aunque se trata de la sórdida búsqueda de una razón o una mecánica del crimen aberrante, esta historia tiene su punto de fascinación.

  No sabemos si un agente y profesor real del Federal Bureau of Investigation (FBI) de los Estados Unidos sintió la atracción de un misterio, como Ulises el canto letal de las sirenas, pero el agente de ficción Holden Ford, que recrea la experiencia real del agente y docente John Douglas en 1977, escucha hablar en el aula contigua a la suya de un giro crucial que ha dado el crimen en la segunda mitad del siglo XX. Ese giro consiste, en resumidas, cuentas en el hecho de que hay asesinos que ignoran ellos mismos por qué matan, con lo cual desbaratan los presupuestos de la criminología hasta entonces en vigencia: motivo, medio y oportunidad. Al quebrarse el primero, o hacerse evasivo, los otros dos tambalean.

  Ford-Douglas es joven, da clases sobre negociación con rehenes en la academia del FBI y ha entendido que en la negociación se deben atender factores psicológicos. Supone pues que en el crimen aberrante también intervienen esos factores y que descubrirlos ayudaría mucho, no solo a capturar criminales sino a prever sus acciones e incluso a evitarlas. Para iniciar cualquier tipo de investigación al respecto, Ford tiene que enfrentar lo que su futuro partenaire definirá como “gélida y necesaria burocracia” del FBI, pero sobre todo la idea de que tales cuestiones son pamplinas. Y algo más: el odio casi personal de la policía a los asesinos seriales y su bestialidad, sobre todo la policía de Homicidios que concurre a las clases de Ford, ni hablar de los agentes de calle de pueblos y ciudades del interior, que pronto conocerá.

  Debido a sus inquietudes, Ford es destinado a trabajar con Bill Tench, un agente de la Unidad de Análisis de Conducta, con el que inicia una serie de giras para dar cursos en las comisarías de todo el país. Es este el primer indicio -así como la propia existencia de la Unidad de Análisis de Conducta- de que el FBI comienza a mover su “gélida burocracia” para dar algún tipo de cabida a una nueva criminalística. Ford aprovecha las giras para entrevistar grandes asesinos presos, y entonces sí descubre su gran punto de fascinación, su brújula misteriosa: el penado Edmund Kemper, el “asesino de colegialas”, quien además mató a sus abuelos y a su madre, a quien decapitó e introdujo el pene en la boca, cuando ya tenía la cabeza cercenada. Es un hombre de dos metros de altura y 150 kilos de peso que se mueve suavemente, amable, meticuloso, calmo, amigo incluso de los guardias y, sobre todo, muy inteligente. Un gong debió sonar en la cabeza de Ford, o el agente Douglas, cuando oyó hablar a Kemper de sí mismo como de un objeto de estudio. “Creo que la única solución para mí es la lobotomía”, le dice a Ford. Y cuando este, perplejo, alcanza a decirle que incluso la lobotomía puede no dar resultado, Kemper le responde con el mismo tono calmo, como el de un científico que baraja conjeturas con sus manos quietas sobre la mesa: “Entonces, la muerte por tortura”.

    El equipo que forman Ford y Tench se semilegaliza cuando el jefe de la Unidad de Entrenamiento les permite tener una oficina en el sótano y dedicar diez de sus cincuenta horas semanales de trabajo a la investigación de criminales seriales. Tales palabras aún no existen. Se los llama “lascivos” o “aberrantes” o “dementes”. Ford comienza a llamarlos “secuenciales”. El equipo de dos se hace de tres cuando se incorpora la psicóloga Wendy Carr, atraída por las poderosas intuiciones de Ford, que no tiene formación psiquiátrica. Carr les describe la conducta de los psicópatas -todavía no se los llamaba sociópatas- y Ford queda impresionado por la cantidad de psicópatas que habitan el mundo. “¿Cómo un psicópata como Nixon pudo llegar a Presidente?”, se pregunta en voz alta. “La pregunta es cómo se puede llegar a Presidente sin ser un psicópata”, le responde Carr.

  Todo el tiempo la serie bordea el Foso de las Marianas de este océano. Todo el tiempo el terrible malestar de una sociedad asoma su lomo escamoso y erizado de arpones, como una gran ballena blanca. Es cierto que el crimen serial no empezó a mediados del siglo XX sino antes, tal vez con los de Landrú o Jack, el Destripador, pero es cierto también que los casos preexistentes podrían ser tomados como antecedentes aislados o como síntomas menores, y que la revolución del crimen se produjo en los sesenta como la serie lo plantea. Esto ofrece más preguntas que respuestas, hasta hoy, como el hecho de que el asesinato en serie o el crimen aberrante son más propios del hemisferio norte que del sur y que la mayor parte de los asesinos seriales son hombres.

  Alguna prensa europea se ha quejado de que Netflix y el productor ejecutivo David Fincher -el director de “Alien 3”, “Seven”, “El Club de la Pelea”, “Zodiac”- no se hayan planteado una tercera temporada de “Mindhunter”. Tiene razón.

Remington 12

De la década de 1920.

Del 7 al 13 de seeptiembre de 2020

#1024

cultura

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