Antonia. Testimonio.
[Foto: E. Añorve]

Una historia de tonos:

Un pleito de cuando intentan raptarse a una púber

Primera de dos partes

Eduardo Añorve

Antonia es una mujer que rebasa los sesenta años, pero no rebasa los setenta, y vive en esta población desde mucho. En esta entrevista cuenta una experiencia que vivió siendo pequeña, en un pueblito del estado de Oaxaca, Los Laureles, que estaba ubicado en la zona limítrofe con el municipio de Cuajinicuilapa. Es una zona de criollos, donde la presencia de los tonos o animales es habitual y tradicional, sobre todo en ecosistemas rurales, donde la gente vive en medio del monte, forma parte del propio monte, o de eso que solemos llamar naturaleza. Su origen –el que recuerda– está al sur de Pinotepa Nacional, zona de criollos también.

Platicamos en el patio de su casa –donde vive con algunas de sus hijas y su marido, quien es matancero de oficio y excelente pescador de agua dulce, a quien se le atribuye ser tono de lagarto, atribución que él niega cada vez que se le hace–.

Antonia es excelente conversadora y tiene también excelente sentido del humor. Es abierta, franca, amable, mesurada, inteligente, solidaria, y más. Mujer dedicada al trabajo en la casa y a veces fuera de ella, y ambos, muy activa. Ella es –digamos– blanquita, pero es una criolla de cepa; su marido, Domingo, Mingo, es prieto o negro o muy moreno; él también es un criollo –digamos– legítimo. Conversamos, ella y yo.

La entrevista se hizo en septiembre de 2018. Y estuvo guardada en espera de un momento de lucidez del entrevistador para entender y aquilatar del mejor modo este fenómeno del que, en la academia, se ha escrito mucho, aunque no lo suficiente, y las más de las veces sin tenerse pleno entendimiento del quid del asunto; del que, entre nosotros, se habla mucho en tercera persona, pero poco en primera, aunque siempre se sugiere que se sabe más de lo que puede «creerse» o «demostrarse». Es la primera vez que este reportero se encuentra con una persona que relata hechos que vio, y la coherencia narrativa, así como la correspondencia con lo que se conoce del tema, fue vital para aceptarlo como veraz y ligado a lo que se dice y se hace en torno a los tonos o animales.

–Me interesa que me platiques… cuando eras joven vivías allá, por Oaxaca… ¿en qué lugar vivías?

–En (José María) Morelos. Allá tengo una hermana de mi mamá, tengo unos medios hermanos… tengo (a toda) mi familia, casi, allá…

–La vez pasada estábamos platicando…

–Cuando le platiqué de… ¡oh! Es aquí, en Los Laureles… pero ahorita, ya pasé, y ya no hay casas. Es más acá de Lagunillas, iyendo a Santo Domingo…

–¿Qué edad tenías?

–Tendría como unos cinco años…

–¿Qué hacías allí?

–Allí, vivíamos con… allí vivía mi mamá, mis hermanos. Mis primos. Pura familia de nosotros. Mi tía, era hermana de mi papa; mis primos, hijos de mi tío. Todos, pura familia. Nada más que los otros señores que vivían allí no eran familia de nosotros. Allí llegamos nosotros, porque ellos ya radicaban allí, y allí llegaron mis tías y allí hicieron su casita, pero que eran… estaban hechas de zacate…

–Bajareque…

–Ajá. Los metates eran de piedra (sin labrar)…

–¿Qué hacían allí?, ¿en qué trabajaban?

–Pues sembraban maíz, bule… porque es lo que había en ese tiempo para agarrar agua… bandeja… porque no había bandeja como ahorita, pura… jícara, pero de bojarro, pero para tomar agua. Las bandejas, pa’ echar el nistamal. Ya, los bules, para guardar el agua para tomar... así… Nos íbamos a bañar a los aguajes… que es el arroyo, el pozo (en la tierra, a un lado del arroyo)…

–¿No tenía nombre ese aguaje?

–No. Como era, así, en el monte, nomás así. «Vamos a bañarnos»… Ahora todo tiene nombre, pero antes no.

–Dices que allí viviste.

–Mire, hasta donde me acuerde le voy a decir, porque ya que eso ya es tiempo (que ocurrió): estamos hablando de (no sé) cuántos años. Pero no se le olvida a uno todo lo que vio; más, el chiquito que es más inquieto, uno se mete… Nos fuimos a bañar con… se llamaba María, la muchacha. María. Su papá ya murió. El señor (su padre) era moreno, moreno; alto y moreno, así como… tenía un montón de pelos en el pecho, el pecho peludo, así.

–¿Moreno como Mingo?

–Sí… más moreno que Mingo, y más alto…

–Entonces, estaba prieto…

–Sí.

–Tú no le quieres decir prieto (a Mingo)…

–No, no. ¡Yo también estoy prieta, qué pues ‘toy blanca! De allá vengo, de esa raza que hasta brilla, parece que le echan manteca. Pues sí, allí vivíamos en Los Laureles, me acuerdo. Nos fuimos a bañar. Estábamos en el aguaje, pero ya nada más vimos cuando la muchacha… ella empezó a… a nosotros nos dejó atrás y ella empezó a caminar (más aprisa), pero no sabíamos nosotros cuál era el motivo. Yo, nomás cuando dice: «Apúrense», y nosotros: «¿Por qué apúrense?» Así que… ¡En calzón! Calzón de esos con botón, no calzones de ésos… Ya, nos fuimos detrás de ella, llegamos a la casa. Ya, cuando llegamos, ya venía… pero corriendo… su papá. Ya sabía…

–O sea: se fueron a bañar y se regresaron…

Los (nos) regresamos, ya no nos bañamos, porque ella dijo: «Vámonos». «¿Por qué, María?». Dice: «Vámomos, mamá (cariñativo, dirigido a la que relata, que era una niña). Hay algo aquí, vámonos»…

–¿Qué edad tenía María?

–María tenía como dieciseis años…

–Ya era señorita…

–Ya, pues. Que decían que los esos se querían ‘correr’ (aparearse), según, con el animal. (Es decir, que al tono de María lo atacaron en el monte, lejos de las casas, en el momento en que se bañaban en el aguaje. Y allí ella sintió los jaloneos, los estrujones, los golpes que le dieron los esos, los otros animales. Y se fue corriendo para su casa) Así nos comentaron, pues, al otro día del accidente. Ya, cuando llegamos a la casa, dice mi papá: «¿Qué pasó?». «No, pues, hay alguien allá en los aguajes». «¿Cómo?». Dice: «¿Qué te dije, mi hija. Cuando tú vayas, tú tienes que avisar; ¿para qué? Porque tú sabes lo que… cargas». Así que, ya empezaron a decir.

Ya, cuando empezó el señor… que la subió, pero… ¿No ves que antes ponían unas vigas, pero con un palo, así, encima? Porque los viejitos tenían esa curiosidad. Yo me acuerdo, yo vi la viga… así que le dijo que se subiera, pero al palo. Pero nosotros (los niños y niñas) decíamos (entre ellos mismos): «¿Pero, a dónde, aquí no hay palo?» (Su padre le pedía al tono de María que subiera a un árbol que se encontraba en el monte para ponerse fuera del alcance de sus atacantes, donde aquellos, los otros animales, la atacaron en su condición de tono.) Así que la puso… la cubría él, el señor. Me acuerdo que él cargaba un cotón. Así que el cotón se lo… bien enrolladito…

–Se lo arremangó…

–Sí, amarrado de aquí, en la panza. Y ya, pues. ¡Ay no!... ¡Hacían un ruido! (Comenzaron) a agarrarse, pero no veíamos con quién. Se tiraban (golpes), pero… nosotros decíamos que al aire. Mi mamá nos dijo que nos saliéramos, que nos pusiéramos atrás, donde estaba un tapanco, donde tenían ollas, todo eso. Así que nos sacaron para allá, porque el señor se andaba agarrando. Y ya, comenzaron a llegar mis primos, mis tíos. Porque decían que era una manada, pero como… uno chiquito… nosotros no sabíamos que era manada. Que: viene una manada. Así que tenían que… todos tenían que poner un poquito, pero como el señor, según que era onzoleón, y él sólo, pues, se daba abasto con todos (los enemigos). Dicen que… ese animal, no sé cómo es, nunca lo vi. Nada más nos comentaban que era un animal más… este… que era más peligroso, pues, que no le podía (ganar) cualquiera…

–Amarillo…

–El tigre, ése yo lo vi. Se empezaron a agarrar. Ya, después, cuando terminaron de agarrarse, el señor se quedó allí, tirado, en el suelo, de cansado, pues. Y ya, los demás, todos alrededor. Y ya, cuando dicen: «Allá vienen». Y sí, pues, venían los esos tigres, todos, para donde vivíamos, pero no vinieron para las casas, sino que se quedaron al otro lado. Y allí se toparon con… venían los otros… porque también allí estaban. Antes, los animales no se iban lejos, estaban cerca. Como ahora, vamos a suponer: Si vivían aquí, había un monte. Porque, decían… antes, ¿se acuerda?... Yo, de que se agarró el señor y vimos, ya, después, dijo mi tía Paula que dejaran que descansara. Así que lo dejaron descansar. Y la muchacha quedó en la cama, acostada, que estaba lastimada, pues, porque… nosotros no le veíamos los…

–O sea, alcanzaron a lastimarla…

–Sí, la alcanzaron a lastimar, la lastimaron. Ya, al otro día, así, cuando mi tía y mi tío fueron a ver dónde estaba (a los animales-tono de la familia, en el monte), donde se habían… donde la estaban esperando a ella (cuando emboscaron a su animal). Porque se tenían que llevar (los atacantes) el tono de ella, a ella la querían, a la muchacha, pero no, no… Ella era familia, esta María, de Fernando El Tonto

–¿López?

–Su mamá era hermana con María. Ya ves cómo estaba de morena Elia. ¿Sí la viste? ¿No te acuerdas? Era morena, morena…

–Las hijas están…

–No, esas cosas… Pues, lo vivimos nosotros…

–¿Y qué pensaban ustedes?

–Nosotros pensábamos que andaban jugando.

[Portada del libro]

La brevedad de la mirada

Federico Vite

La noche salvaje (Plaza & Janés, 1997), de Mohammed Dib, es una colección de relatos que refresca, por las tramas y las atmósferas, la noción clásica de la narración en corto. Muy encumbrado en francés, este hombre posee ese tipo de miradas que no son fáciles de olvidar. Observa en los cuerpos las obsesiones que lo caracterizan: focaliza ciertas partes físicas de sus personajes, los inserta en espacios íntimos y los pone a conversar, como si esos diálogos fueran generados por el ansia de comunicar todo aquello que los sentidos aprehenden en la eternidad de un instante esencial. Transcribo parte de Carta a la madre:

“—¿Estás hablando de tu padre, David?

—¡Mi padre, mi padre!

El sarcasmo con el que había pronunciado la palabra padre habría hecho que pudieras pensar que podría adoptar indefinidamente ese tono de voz irónico y mordaz. Pero no, no es lo que él hizo. Se detuvo justo en ese instante, atormentado y torturado por una ira muda.

A juzgar por la mirada que le dirigiera Madame Weiser, ésta no entendía de qué estaba hablando su hijo o adónde quería llegar.

—¿Qué sucede, David?

El joven no respondió. Parecía que no tuviera nada más que decir. Permanecieron así, mirándose en silencio.

Madame Weiser lentamente fue consciente de este punto muerto. Le dedicó una gentil y maravillosa sonrisa, el tipo de sonrisa que una madre se permite usar en semejantes ocasiones, una sonrisa que no sólo iluminó su rostro sino que enalteció todo su cuerpo. Él se volvió, ceñudo, con la mirada triste. Entonces, como hacía cada vez que captaban su atención, Madame Weiser pensó, ‘¡Dios mío, qué ojos tan maravillosos!’

Pero ahora ella no reconocía a su hijo, no reconocía ese rostro o esa expresión, obstinada, una expresión y unos rasgos inexpugnables. No pudo leer en sus ojos como ella solía hacer.

—Es un extranjero, ese hombre es un extranjero. No es de nuestra familia.

Ella se reía, pero lo hacía precisamente de esa manera para que su hijo sintiera flagrante el delito del ridículo”.

Con este ejemplo expongo el manejo tempo que Dib usa en cada relato. Dota, con frases cortas, de plasticidad la escena. Esa conversación impulsa el desarrollo del relato. El autor observa los personajes, sin prisa cuenta la estancia, la vuelve verosímil por los detalles, como si acotara incluso la respiración a la que debe leerse cada diálogo. Pareciera una empresa sencilla que va rematada con estas frases que rompen la habitual forma de contar. Cito: “Como una herida, la transparencia del día se desgarró y el presentimiento de un crepúsculo glorioso invadió la avenida. Líneas de fuga: rectas, geometría desierta. Siguieron caminando por la avenida. Dos o tres raras siluetas se recortaban a lo lejos, vivas solamente para hacer la mímica de su deseo. Eran justo lo que eran y no podían ser más: argelinos. A partir de entonces sólo se oían las metrallas. Las demás armas, aunque no habían callado, soltaban apenas hipidos insignificantes”. Narrar, como bien lo demuestra Dib, convoca fantasmas, los acomoda sobre la paleta, la página en blanco. Sus personajes, aunque solitarios, nunca están en la intemperie. Algo superior, una belleza discreta y divina los cobija y ese detalle se logra gracias a la mirada puesta más allá de los confines de un hecho. Inventa un paisaje, lo dosifica para que el lector tenga una impresión poderosa de una historia sencilla.

Sus textos breves evidencian la cualidad de la mirada. Abre y cierra sus historias con la noción de haber cantado en el tono y la escala adecuados. No hay cambios abruptos ni elipsis al estilo Hollywood, queda la sensación de que el tiempo se ha detenido y atestiguamos la perseverancia de los sentidos ante hechos violentos.

Poeta, narrador y pintor, Dib murió en 2003. Se ganó la chuleta como tapicero, periodista, maestro y traductor, pero la esencia de sus textos podría definirse como un ejercicio continuo para extraer el aliento de cada paisaje, interior y exterior, como una plegaria que nos absuelve de lo trágico. Dib impone su propio ritmo de lectura. La traducción de Una-Pérez-Ruiz es muy afortunada. Bien podría disfrutarse este libro en voz alta. Sin prisa, sólo dejándose abrazar por la soledad concurrida de este autor. Sus historias se fundamentan en los claroscuros humanos de habitar un país conflictivo, a punto del derrumbe y en constante ansiedad, pero los matiza con la belleza, esa extraña tranquilidad de quien observa el paisaje y sabe que lo próximo es la muerte.

Al final de La noche salvaje, el lector creerá en la tesis de Dib: “Desde que me quitaron los ojos, el mundo se ha vuelto más grande”. Que tengan buen martes.


V No sólo el pan...

Laura Fuksman

V

 

Todo comenzó en la oscuridad

la estrepitosa caída del imán

y las astillas que quedaron sobre la baldosa de la cocina.

Lo que siguió a tu rugido

fue ejercicio de buenos modales:

acariciar la gata

ofrecerme un té.

 

Subterráneo, el temblor

suave no cesó hasta despertar

al demonio que habita en los arenales.

 

Del libro Tan real como el pavo

 

 

No sólo el pan se vuelve cotidiano

Con el mismo asombro

que los verdes búhos de traje victoriano

descifran mis trazos

en la pequeña libreta

traída de África

con el mismo asombro

escucho el albedrío de mi voz

y las palabras con las que soy dicha.

 

Del libro Hostal Klezmer

William Faulkner

Ocho consejos de William Faulkner para escritores

1.- La obra de toda una vida en la agonía y vicisitudes del espíritu humano, no por gloria ni en absoluto por lucro sino por crear de los elementos del espíritu humano algo que no existía. De manera que esta distinción es mía solo en calidad de depósito.

 

2.- Hombres y mujeres jóvenes que se dedican a la misma lucha y afanes entre los cuales ya hay uno que algún día se parará aquí donde yo estoy.

 

3. Sufrido por tan largo tiempo que ya hemos aprendido a soportarlo.

 

4. -Únicamente sobre ellos vale la pena escribir y justifican la agonía y los afanes.

 

5.- Aprender que la máxima debilidad es sentirse temeroso; y después de aprenderlo olvidar ese temor para siempre.
 

6.- Mientras no lo haga así continuará trabajando bajo una maldición. […] Mientras no capte de nuevo esas cosas, continuará escribiendo como si estuviera entre los hombres solo observando el fin de la humanidad.

 

7.- El deber del poeta y del escritor es escribir sobre esos atributos. Ambos tienen el privilegio de ayudar al hombre a perseverar, exaltando su corazón, recordándole el ánimo y el honor, la esperanza y el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han sido la gloria de su pasado.

 

8.- La voz del poeta no debe relatar simplemente la historia del hombre, puede servirle de apoyo, ser una de las columnas que lo sostengan para perseverar y prevalecer.


#Instantáneas

¿Por qué Salambó, José Emilio?

Gerardo De La Torre

Una vez me gasté la quincena entera en una orquídea —dijo José Emilio Pacheco treinta años después. Habían ocurrido ya Morirás lejos y Las batallas en el desierto, y estaba por conferírsele el Premio Nacional de Letras, aún muy lejos del Reina Sofía que se le otorgó en 2009.

Aquel magnífico ejemplar de orquidácea se hallaba destinado a adornar la gracia de una por entonces muy joven actriz que se iniciaba en las lides teatrales y al cabo de unos años, guapa y embarnecida, saltaría al cine y luego a la televisión, donde en las telenovelas haría de dama joven y perduraría hasta nuestro tiempo como esposa, madre, abuela, bisabuela, ¡ay!

A finales del año 1957 (José Emilio tenía dieciocho años; yo, diecinueve) formaba yo parte de un grupo teatral del Seguro Social que se reunía en la Casa de la Asegurada de Obrero Mundial y Vértiz (donde hay ahora una tienda del ISSSTE). El maestro de actuación era Carlos Ancira, casado con Thelma Berny, prima de José Emilio. En la Casa de la Asegurada ensayaba por esos días, bajo la dirección de Ancira, un grupo de alumnos de la escuela de la ANDA al que pertenecía la joven actriz. Una vez a la semana, o cosa así, José Emilio acudía a visitarla y le llevaba flores. En una de ésas me puse a conversar con él.

A sus dieciocho años Pacheco destacaba ya en el ámbito de las letras y preparaba la publicación de La sangre de Medusa, su primer libro de cuentos. Le dije que me gustaba leer y en ocasiones me atrevía a escribir. Quería escribir poesía y novelas de intención social, dije, y a la vez confesé que era yo un absoluto ignorante. Leía sin darme cuenta si probaba literatura buena, mala o pésima, aunque sin duda se trataba de literatura entretenida. José Emilio me miraba como a bicho raro, quizá porque al principio revelé que jugaba futbol americano en un equipo Politécnico. “¿Cómo puede ser que te guste el futbol americano y la literatura?” No supe qué decir.

Una de aquellas tardes, eso sí, le llevé un soneto que había estado puliendo (según yo) durante varios días. José Emilio lo leyó con gran concentración, luego se tomó unos minutos para cavilar antes de revelarme la amarga verdad.

—Mira —me dijo—, la métrica y las rimas están muy bien. Pero tu poema no tiene nada de poesía.

Dios no me había puesto en ese camino, entendí, y el comentario me retiró para siempre de la escritura de poemas.

Ya no me atreví a presentarle otro texto para que lo juzgara. En cambio, le pedí que me recomendara buenas lecturas. Sin mucho reflexionar sugirió que me consiguiera una antología de poesía española que recogía textos de Ángela Figuera Aymerich, Gabriel Celaya Cincuenta, Blas de Otero y otros poetas de compromiso social; además, unos cuentos de Albert Camus reunidos en El exilio y el reino, y el Salambó de Flaubert (aún ahora no entiendo por qué me propuso Salambó y no Madame Bovary).

Al día siguiente me fui a la librería Zaplana de avenida Juárez casi con Bucareli y adquirí esos títulos y me puse a leer con desenfreno. Poco después volví a ver a José Emilio en la Casa de la Asegurada y esta vez le pedí nombres de buenos autores policiacos. Por entonces leía yo con denuedo ciertas noveluchas de crimen que publicaba Editorial Novaro, firmadas por autores como Bart Carson, Edgar Wallace y Arthur Upfield, o bien me limitaba a esa literatura del asesinato en el jarrón veneciano producida por Dorothy Sayers, Agata Christie, S.S. Van Dine.

—De policiacos no sé nada —dijo José Emilio—, pero la próxima vez voy a traer a Monsiváis, que es experto.

En efecto, una o dos semanas más tarde compareció con Carlos Monsiváis. Y aunque no recuerdo con exactitud qué títulos o autores sugirió Carlos, sí estoy seguro de que me señaló una línea de avanzada.

Así, a Monsiváis le debo en buena medida las satisfacciones que he hallado en la novela negra. Hammett y Chandler, y también Patricia Highsmith, Jim Thompson, James M. Cain, Ross McDonald y en años recientes Dennis Lehane, Andrea Camilleri, Petros Markaris, Brian Freeman y Henning Mankell, para mencionar unos cuantos.

José Emilio Pacheco fue el primer escritor que traté y en primer término le debo mi aproximación a Camus. A partir de El exilio y el reino leí y veneré la obra entera del autor francés: novelas, obras de teatro, ensayos. Todavía no hace mucho retomé El extranjero y El hombre rebelde. Y lo más curioso es que al comenzar 2015 encontré una nueva edición de El exilio y el reino, libro que había perdido de vista durante décadas.

De aquellos años a esta parte me he seguido preguntando por qué el autor de Las batallas en el desierto me recomendó Salambó. Y me digo que quizá porque esta novela cartaginesa contiene elementos históricos y movimiento de masas.

En Oaxaca, en 2009, cuando homenajeamos a José Emilio en el teatro Macedonio Alcalá, se lo pregunté.

Dijo José Emilio que no recordaba haberme recomendado Salambó.

Remington 12

DE la década de 1920

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