La sombra y el animal.
[Ilustración: Internet]

Una historia de tonos:

El criollo vs el catolicismo

Segunda de dos partes

Eduardo Añorve

En esta segunda parte de la entrevista, Toña recuerda detalles aledaños a los sucesos que ha contado, referidos al intento de rapto que un grupo de tonos perpetró contra su prima María, doncella púber, y cómo el padre de ésta y sus familiares lo impidieron: habla del olor persistente en la escena, habla de los sonidos que emitían.

Narra también la vida del grupo al que pertenecía, a cual este entrevistador supone integrado por animales o tonos, sin excepción alguna, aunque ella se excluye y excluye a su madre del mismo, aunque acepta que dos hijos suyos sí gozan de la condición de animales, y, después, introduce aquí un concepto, el del daño: es decir, que el hombre-tono, la mujer-tono han sido contaminados o dañados, su ser (prístino al nacer) ha tomado un camino errado o incorrecto, ha sido contaminado o dañado por una creencia y por prácticas que no responden a la visión verdadera, sino a una falsa, espuria.

Ello lleva a entender que la adquisición del tono o animal desvía, daña, al infante, el cual solía ser sometido a este ritual estando recién nacido, antes de ser bautizado e integrado a la grey católica, que era la única religión presuntamente alternativa para los criollos de hace cincuenta años y más, pero que en el proceso de mestización iba asumiendo como propia, por el prestigio social que conlleva y como un modo de pase de casta.

Así, el concepto del daño tiene sentido si se toma en cuenta que, ante la religión católica dominante, el criollo se desvía hacia lo considerado pagano, esto es, el don de tono o de animal. Es altamente probable que el concepto del daño no existiera entonces, sino que ha ido adquiriendo relevancia social en la zona a partir de la difusión y profusión del catolicismo y sus doctrinas, y del impulso de muchos criollos hacia prácticas religiosas, culturales y sociales que les presentaban como modernas y no atrasadas, como adecuadas y no erróneas, manifestando de este modo negativo su reprobación hacia la religión y filosofía criollas locales, las que practicaban sus padres y ancestros antes de la llegada de la cultura mestiza a la zona.

La transcripción de esta parte de la entrevista continúa:

–Pero no tenían miedo…

–No. Nunca tuvimos miedo, porque siempre nos decían ellos (los adultos que eran tono)… Porque antes, ellos sí nos decían. Como ahora (es decir), pues, no tenían ese temor de que los fueran a ver, de que los fueran a matar, porque nosotros vivíamos puro en el monte, nunca andábamos en las casas. Nosotros nos criamos en el monte; como ‘ora, en El Carrizo. Puro monte, nada de… aquí en el pueblo, no. (Antonia aclara que en el monte los hombres-tono, las mujeres-tono vivían en plena libertad, sin tener que esconder su don por no tener miedo de ser identificados como tales, ni por sus enemigos probables. El tono o animal cuida no ser identificado, porque si alguien conoce su animal, puede hacerle daño a éste y, consecuencia inmediata, hacerle daño a él).

–Y tú, ¿de qué tono eres?

–¡¿Mande?! (Se soprende. O juega a sorprenderse.)

– Y tú, ¿de qué tono eres?

–No, yo no… a mí nunca me dijeron. Uno de mis hijos… mis hijos sí son… no sé si son dos o tres. Dos o tres… más es Juan y la mujer de Hugo, Yuri, pero ella no lo reconoce, no, ella no, no lo reconoce…

–Eso es lo que oían y lo que veían…

–Lo que veíamos y lo que oíamos…

–¿A qué olía?

–¿Allí, cuando se…? Olía horrible. Hay un olor que dejan, un aroma… o sea: la pipí y todo eso. Tiene un… dejan un rastro, pues…

–¿Cómo ellos supieron que ella ya estaba lista?

–Por que…. me decían un día que cuando ya están listas, o sea, cuando… es como nosotros aquí: tienen su menstruación, los animales, donde ellos rastrean a donde van. Y, pues, la gente… ahorita no cree la gente, pero antes sí creíamos en todo, en todo porque nosotros veíamos, y lo vivimos. Con toda mi familia, porque toda mi familia estaban… este… todos ellos estaban dañados

–¿Cómo cuántos eran en tu familia en ese momento?

–Eran muchos, eran muchos… como trece. Porque éramos… los hombres y mujeres. Porque allí se metían todos, no nomás los hombres, también las mujeres se peleaban…

–¿Y los otros?

–No me acuerdo. Porque decía mi tía Paula que eran… ¿qué?... ocho, porque… eran puros tigres… no eran, no habían, pues… y acá, estaban mezclados…

–¿Mezclados?, ¿cómo, mezclados?

–O sea que había tigres, había de varios (animales), onzoleón

–¿Cómo qué edad tendría tu tío?

–Él tendría como algunos cuarenta y tantos… unos cuarenta y cinco. Ya estaba grande, ya. Mi tía Paula tendría como unos treinta y siete… porque estaba joven. Mi mamá… pero mi mamá no, ella no… Ellos nada más eran tonos, los que estaban dañados eran ellos…

–Eran tigres

Tigres

–¿Cómo son los tigres? (No estoy refiriéndome a un tono, sino a un tigre real. Ella lo percibe.)

–Mire, yo, cuando mi tía nos dijo… porque, como era de noche, la verdad, nosotros no salíamos al patio, no…

–Eso pasó de noche…

–En la noche, en la noche, en la noche…

–No se veía qué estaban haciendo ni quién contra quién…

–Sí, no se sabía…

–¿Y cómo sonaba?

–O sea, bujaban (bufaban) bien feo. O sea… porque bujan como… cuando bujan, como que suena… como una campanita… porque pegaban los hocicos en la tierra, y allí se oía que… pero no, de verlos así, qué color, no le puedo decir, porque era de noche, no podíamos salir nosotros…

–Y tú, ¿cómo te imaginas que eran los tigres?

–Unos… pues nos decía mi tía Paula que eran rayados, unas rayas. Porque vimos nosotros a uno, pero ése lo vimos aquí, en un lugar que le decían La Parotilla (a unos cinco kilómetros de Cuajinicuilapa), ahí vimos a uno. ¿Sí conoce a Moro? El que vive por acá, por la bomba de agua. Ese chamaco, su papá era tigre, y a él nosotros, a él lo vimos. Sí lo vimos a él porque él andaba… vivía con nosotros…

–No tenía manchas, tenía rayas…

–Tenía rayas, tenía rayas, era rayado…

–Los que estudian dicen que aquí no hubo tigres; que había jaguar. Pero yo conozco a gente grande que me dice que sí…

–Sí. De rayas, era de rayas. Porque el que nosotros vimos aquí… allí, ese terreno era de Calimerio López, allí había casitas: estaban mi tía Paula, estaba Miguel, Joel, Erasmo, y estaba Ismael con nosotros. ¿Quién más? Y allí fue donde nosotros vimos ese animal, pero rayado. El tigre se pasó de este lado para el otro lado de la carretera; se iluminó con lo de la Flecha (Roja)… cuando pasaban las oaxaqueñas… ella fue la que lo iluminó, y que nos dicen: «¡Mira!»... porque estábamos nosotros con candiles. Dice mi tía Paula: «¿Lo vieron?». Y dijimos nosotros: «Sí». Dice: «Ése es un tigre. ¿Saben quién es?». «No». «Sí saben quién es». «No». «Aquí lo tienen». «¿Dónde?». «Aquí está». Ya, pues, nos dijo que era Ismael.

Y ya después nos dijo que él nos vio, que si lo queríamos ver nosotros, pero que nosotros no fuéramos a gritar, que estuviéramos silencio, y dijimos nosotros que sí. Así que… las camas eran de vara, de varita… así que viene él y nos dice: «Yo me voy a meter debajo de la cama, ustedes se agachan y ahí voy a estar yo». Le digo: «No es verdad». «Sí», dice. Así es que nos agachamos, y sí, ahí estaba, bonito, el tigre, era grande.

Por eso le digo, yo lo vi. Como ‘ora, la onza, la onza yo la conozco porque mi prima también era onza, la onza ésa, come gallinas. Como el perro, así, colorada. La onza… yo le digo porque a ésa yo la veía. Ella nos decía claro: «¿No van a dar una gallina?»… Estaba mi hermana en el rancho de David Cruz, en El Tule, y tenía mucha gallina. «Manita, dame una gallina». «¿Que, pues, son mías?». Y ya, cuando vimos, ya la tenía… agarraba y se paraba, el animal, ahí la tenía a la gallina, así, y hasta se… «Mira, es Esperanza, ya se lleva la gallina». Y ya, después, a otro día: «¿Qué, manita? Estaba gorda la gallina, manita, hasta tenía huevos». «Ya ve mamá, se llevó la gallina». «Y, ¿cómo? (¿qué le hago?).

»Nosotros vimos muchos animales. Mis primos, todos. Tigres. Uno… no sé si está vivo todavía: es Nicolás; ése era toro, pero chulo, el torote, chulo, ése. Y sueltos, se criaron. Bueno, decían que la carne estaba simple, aunque le echaban sal, pero estaba simple»…

–Cuando era chamaquito, un amigo nos hacía pendejos, porque nos decía que era toro… Calimerio se llama, o se llamaba… así que allí íbamos al llano a esperar a que saliera, y nunca salía, y ahí veníamos pa’tras, desconsolados porque no salía Calimerio…

–Hay un sobrino mío, se llama Grabiel, es hijo de… su papá ya murió, su mamá (también)… es hermano de… y tú la tienes de vecina… Ángela… ¿Conoces a Ángela González?


De lo exótico de la industria

Federico Vite

Un holograma para el rey (traducción de Cruz Rodríguez Juiz. Random House Mondadori, México, 2014, 287 páginas), de Dave Eggers, es una novela de trama sencilla, protagonizada por un hombre de su tiempo, una víctima de las malas decisiones empresariales, quien se somete a una prueba más en la histeria de los días: impresionar al rey Abdalá con una presentación holográfica para que su majestad contrate los servicios de Reliant, sociedad en la que el grisáceo Alan Clay ha puesto todo lo que le queda en la vida.

El relato se enfoca en la reunión con el rey, pero el problema es que Abdalá cancela consuetudinariamente la presentación holográfica. Ese in pass le permite al autor abrir subtramas y generar tensión en el asunto principal del libro: la posible venta de un servicio estadunidense al rey de Arabia Saudi. Eggers tiene muy claros los motivos y el rumbo de sus personajes, ese hecho habla de lo bien pensada de su trama; es decir, creó una estructura cerrada, donde todos los recursos utilizados tienen una función dentro del relato, no sobra ni falta elemento alguno.

El protagonista del libro encuentra su símil en una imagen que atraviesa la novela, una obsesiva estampa que meses antes del viaje a Yida, en Arabia Saudí, presenció Alan: vio que su vecino Charly se metía a un lago, ese hombre extraviado se sumergió poco a poco en el agua fría del invierno, a pesar de que varias personas se dieron cuenta del hecho, nadie pudo evitar el suicidio. Esa estampa, símil de Alan, da cuenta con precisión quirúrgica de cómo las decisiones equivocadas se toman a la ligera y terminan letalmente.

Hay un punto que el autor trabaja muy bien, la crítica certera a la excesiva manufactura asiática. Una región del mundo que prácticamente se encarga de hacer a un bajo costo todos los productos del planeta. Alan, y otros de sus colegas gringos, se han ido a la banca rota porque los asiáticos encuentran la forma de ofrecer el mismo servicio o producto, pero a menor costo que el presupuestado por las empresas norteamericanas. En este aspecto, resulta atractiva la idea de que un novelista sondee el abismo de la manufactura (si le interesa este tema, coteje una obra mayor: Leviatán, de Joseph Roth), pero la intención de Eggers, con este libro, va por otro lado mucho menos ambicioso: dotar de humor la banca rota emocional de un personaje que simple y sencillamente no tiene la voluntad para cambiar el rumbo de su existencia.

La vida de Alan expresa un binomio: la incompetencia empresarial va ligada a la incompetencia afectiva. Sobre esas dos bancas rotas trabaja el novelista, pero sus miras son cortas, no busca una indagación ética en el personaje, muy apenas una historia que se sostiene por anécdotas y, así como lo lee, se sostiene por chistes. Pues una de las aficiones de Alan es contar chistes cuando no tiene nada que decir. Hay grandes momentos en los que la tensión crece, el interés por los hechos atrapa, pero para desgracia del lector, son muy pocos.

La vitalidad de la industria editorial no exige que todas las novelas publicadas y anunciadas como grandes éxitos de venta deban ser ambiciosas o propositivas estéticamente hablando. De hecho, suele ocurrir todo lo contrario. Todo. En este caso, Random House Mondadori apuesta por lo exótico del paisaje (que Eggers retrata muy bien) y por la serie de obstáculos que el protagonista va sorteando hasta sucumbir en sus propias decisiones. Claro, a Mondadori realmente le interesa tener al autor en su catálogo, no por esta novela, sino por la influencia de ese hombre en la industria editorial de Estados Unidos y por todo lo que significa vender en español los libros de una promesa literaria que está muy lejos de la camada de escritores estadunidenses que lo preceden.

Si alguien está interesado en escribir, como lo mandan ciertos cánones editoriales, este libro puede funcionar a la perfección de manera didáctica. Basta con esforzarse lo suficiente como para crear un personaje grisáceo, reunirle una serie de problemas afectivos y/o financieros, y ponerlo a caminar en la sucesión de anécdotas que dan forma a la trama, peripecias que no aceleran los hechos ni mucho menos benefician la progresión dramática del protagonista. La hazaña de este documento radica en la recreación de los escenarios, pues prácticamente presenciamos la obra negra de un país que vive de la especulación, igual que Alan, con la esperanza de salir de la tenebra económica.

Finalmente, se escribe lo que se puede, lo que el capital simbólico de una historia ofrece.

No me parece que sea una novela mala, pero hay en ella una sensación de medianía que preocupa. Eggers no se esforzó lo suficiente como para llevar al lector a una compresión mucho más poderosa de la densidad del fracaso, no redondea en términos emocionales la intensidad de lo vivido por Alan. No porque deba sucumbir a las fauces de la tragedia o a las agridulces mieles del melodrama, sino porque la exigencia de todo autor, aparte de escribir bien, es por lo menos bordear los límites de lo ya dicho y hecho por otros escritores. Es un libro medido, para sonreír, para embriagarse con la técnica del narrador, para comprender lo pusilánime de ciertas personas en el mundo, pero es un documento con cierta mezquindad, pues conserva todas las buenas costumbres de quien hace un retrato de un ser horrendo, pero no se atreve a mostrarlo por completo, guarda para sí mismo lo portentoso de un derrumbe ante el reconocimiento de la desgracia.


Siete consejos de Scott Fitzgerald para escribir ficción

1. Empieza por tomar notas

“Tienes que empezar por tomar notas. Quizás tengas que estar tomando notas durante años… Cada vez que se te ocurra algo, cada vez que recuerdes algo, anótalo y ponlo donde corresponda. Anótalo mientras lo estás pensando. Es posible que no puedas volves a capturarlo igual de vívido una segunda vez”.

 

2. Haz un completo esquema de la historia

“Inventa un sistema a lo Zola… pero necesitas un archivador. En la primera página, escribe un bosquejo de tu novela a una escala enorme (no te preocupes, se contraerá con el tiempo) y trabaja detallando el plan durante dos meses. En el punto central del archivador describe el gran clímax, y trabaja hacia delante y hacia atrás completando los detalles durante otros tres meses. A continuación, crea algo tan complicado como una continuidad con todo lo que ya tienes, y fíjate un horario”.

 

3. No le cuentes a nadie en qué estás trabajando

“Creo que una buena norma es no decir nada sobre lo que estás escribiendo hasta que esté acabado. Cuando se hace, siempre parece perder algo. Nunca volverá a pertenecerte tanto como antes”.

 

4. Crea personajes, no tipos literarios

“Comienza con un personaje y antes de que te des cuenta habrás creado un tipo. Comienza con un tipo y acabarás no creando nada”.

 

5. Usa palabras comunes

“Nunca debes usar una palabra desconocida a menos que la hayas buscado para expresas un delicado matiz y sea así como lo hayas conseguido. Creo que esta es una muy buena regla para la prosa. Excepciones: a) necesaria para evitar repeticiones, b) necesaria por ritmo, c) etc”.

 

6. Usa verbos, y no adjetivos, para mantener las frases en movimiento

Acerca de los adjetivos: toda la buena literatura se basa en los verbos llevando las frases. Ellos son los que consiguen que las oraciones avancen. Probablemente, el mejor poema (técnicamente) en inglés sea ‘La víspera de Santa Inés’ de Keats. Un verso como “La liebre salió cojeando temblando a través de la hierba helada” está tan vivo que puedes sentirlo, apenas sin darte cuenta, pues el poema se ha coloreado con su movimiento – el cojear, temblar y helar camina delante de tus propios ojos”.

 

7. Sé despiadado

“[Tirar lo escrito a la basura y empezar de nuevo] Esta es una de las decisiones más difíciles que un escritor tiene que hacer. Por ponerlo filosóficamente, antes de haberte agotado durante horas tratando de reanimar un cadáver o desenredando una madeja mojada, es una prueba de si eres o no eres realmente un profesional. Hay ocasiones o en la decisión es doblemente difícil. En las últimas etapas de una novela, por ejemplo, cuándo no hay algo concreto que tirar a la basura, sino que un personaje favorito tiene que ser cogido por los talones, chillando, y arrastrando media docena de buenas escenas con él”.


De todas las criaturas

Sebastián Bianchi

De todas las criaturas que habitan en la tierra es el poeta

el más miserable, condenado a poner en palabras lo que pasa

por su cabeza o corazón, galardonado en los concursos,

espiado por los noticieros de TV y las revistas de chimentos,

y consultado por cuanto proyecto se arme en su nación de origen:

orientarse en el desierto, ubicar las aguadas, acordarse

de los himnos importantes.

 

Si se enferma la hija el poeta piensa en Baudelaire,

siente que la ciudad recrudece, los corazones bombean una

sangre turquesa

a las arterias y todo el cuerpo del poetas es

violeta.

 

Suelen los poetas estar preocupados por la música,

buscar en su oquedad risueña y transparente, imbéciles como

niños afiebrados, quedándose allí en vela o respirando.

A veces un poeta visita la tumba de otro poeta famoso,

se pone de cuclillas, mueve unas rocas y se para;

se va del cementerio disconforme con sí mismo y cuando sale

la luna

la confunde con un diente de ajo amarillento.

 

Quieren los poetas a las palabras más que a su propia madre,

dan la vida por las palabras y ellas son toda su compañía,

en cambio con la madre harían un bollo si fuera necesario.

 

Es un día gris, pasa un avión por el cielo que tiene luces

que se prenden y se apagan -¡escondámoselo al paisaje

en una caja!- Si lo encuentra el poeta andará sonámbulo

toda la noche.

 

Cuando se hace de noche sobreviene el misterio

y el poeta a menudo duerme.

 

A menudo un poeta piensa sobre la podredumbre del dinero,

mañana sus canciones serán alcancías repletas de monedas,

un tesoro con el que viajó toda su pobreza.

 

Cuando a un poeta lo roza un seno pueden pasar varias cosas

—una campana de rubio oro, pero gomoso y suave—

que se sienta un bicho raro

que le dé por orinar.

 

A veces los poemas resultan cualquier cosa, ellos están hechos

de palabras que no suenan, y que no sueñan: los poetas suelen

soñar tonterías como nosotros, los poemas son los diferentes

y en esto un poeta puede ser un vecino cualquiera.

 

Existe la fantasía de pensar que los poetas son asesinos seriales,

que arrastran el fantasma de algún degollado

y que el ruido de sus zapatos da pavura porque suena a cadena.

 

Insanos, rebeldes, acomodaticios, demócratas, presbiterianos,

iconoclastas, achaparrados son de las tantas subespecies de

poetas que hay.

Con una gomera un niño hace un arma y sale a cazar perros.

Con una gomera un poeta tañe un arpa amplificada con latas

de conserva.

Shiva, Buda y Pachacuti fueron poetas.

Platón los odiaba y Goethe los confundía

con libélulas.

 

El papa Juan XXIII les decía hijos míos,

Napoleón tenía toda una retaguardia de poetas neoclásicos

en su tercer o cuarto libro,

en Albuquerque un general recitó a Manrique antes de morir,

para Zolá los poetas competían con los novelistas,

para Longfellow ser poeta era una cosa impresionante.

 

Qué hacer si a uno lo visita un poeta.

Evitar los momentos prolongados de silencio y tapar los

recovecos de la casa:

es probable que allí busquen su nido provisorio, su nido de

un instante,

en los rincones más húmedos y alejados.

 

Finalmente hay muchos poetas que están malditos

o enfermos de alguna herida pasajera,

se desnudan en lontananza, y nos traen el eco de la furia

ya rendida en sus bocas de lacio cabello.

Remington 12

De la década de 1920.

Del 19 al 25 de agosto de 2019

#977

cultura

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