Éste es el origen de las fiestas patrias

Los festejos para celebrar la consumación de la Independencia de México han servido a través de los años para impulsar la identidad nacional, explica Israel Álvarez Moctezuma, académico de la Facultad de Filosofía y Letras
Rafael Paz

La celebración del Grito de Independencia tiene un aire familiar cada 15 de septiembre, en las plazas públicas de todo el país el pueblo se reúne para convivir, gritar, agitar banderas y comer antojitos en nombre de México. La conmemoración no se desarrolló de esta manera desde el primer aniversario de la Consumación de la Independencia, la conciencia de nación tardó varias décadas en arraigarse entre los mexicanos.

El primer aniversario “no es una celebración como la actual, se hizo una conmemoración. Más religiosa que cívica porque todo tenía que ver con la religión en aquellos años”, explica Israel Álvarez Moctezuma, académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y añade que es la misma razón por la que el cura “Hidalgo usa las campanas de la iglesia, en ese entonces le daban sentido y forma a la vida de pueblos y ciudades.”

Las primeras conmemoraciones del inicio de la lucha de Independencia se dan “desde el 1812-13, en plena Guerra de Independencia, Morelos hace una. Las celebraciones más en forma se dan años después de consumada la Independencia. El que primero hace de la conmemoración algo más festivo y lúdico es Maximiliano durante el Segundo Imperio, que repite el grito de independencia y el discurso republicano durante la celebración”, explica Álvarez Moctezuma.

Esta separación entre el primer aniversario de la consumación de Independencia, que da paso al Primer Imperio Mexicano bajo el mando del General Agustín de Iturbide, y la celebración lúdica se debe en parte al complicado proceso de unificación que se vivió en territorio mexicano a lo largo del Siglo XIX.

“Termina el Virreinato y acaba todo un orden social, político y cultural. Reinventar una nación es un proceso muy complejo. Los signos identitarios como la bandera, el himno, el territorio, la cultura, la lengua, es complejo y más en una sociedad tan profundamente dividida como la novohispana”, puntualiza el también editor del Seminario Interdisciplinario de Estudios Medievales de la Facultad de Filosofía y Letras.

A esto añade: “los españoles no se sentían mexicanos, ni los indios de Yucatán o Oaxaca se sentían mexicanos. Mucho menos los del norte. Darle identidad a una sociedad tan compleja es una tarea titánica. Festejar una guerra fratricida, una guerra civil, donde no se nos olvide hay hermanos peleando entre ellos. Muchas veces no lo dimensionamos, dejó una sociedad tremendamente dividida entre independentistas y realistas, no había ánimos de celebrar nada. Se tenían que calmar las aguas.“

Estos enfrentamientos ideológicos retardaron la maduración del Estado Mexicano y, por consiguiente, el uso del festejo independentista como unificador de la identidad nacional. “Las guerras civiles que vive el país durante el XIX acaban con la paz porfiriana. Son luchas entre conservadores, vinculados a la iglesia católica y las instituciones de la monarquía, y los liberales, que buscan una República, división de poderes, el laicismo”, afirma el investigador.

“Es sintomático del Siglo XIX mexicano que no hay un discurso identitario de unidad. Eso será un producto del gobierno postrevolucionario, del Estado Mexicano del Siglo XX. Las cosas que vinculamos a la mexicanidad son de ese siglo y son muy artificiosas, como el Día de Muertos o la estética de los charros, la comida o el mariachi. La mercadotecnia del estado nación, ayudada por los grandes discursos cinematográficos y literarios.”

Nace el festejo

Irónicamente sería Maximiliano de Habsburgo, Archiduque de Austria o Maximiliano I de México, cabeza del Segundo Imperio Mexicano, quien dotaría al aniversario independentista de su cariz más lúdico y social, buscando detonar un sentimiento de unidad nacionalista y de distanciamiento con la época virreinal.

“Maximiliano viene con un ejército invasor a someter a un país soberano. No debemos de olvidar que es un gobierno espurio impuesto por un ejército invasor. Se está aprovechando una potencia global, como era Francia, de un estado muy débil. Maximiliano no vino a hacernos un favor, es un monarquista convencido. No era republicano, es un mito que era más republicano que Juárez.”

“Es un príncipe y ferviente creyente de las instituciones monárquicas. Era un tipo muy sensible a los ánimos de la Ciudad de México, que fue lo que más conoció, se dio cuenta de que este festejo de la Independencia de España, una potencia enemiga de Francia, era un buen gesto. Una celebración que desvinculaba el pasado prehispánico y marcaba el inicio de una nueva monarquía. Como anunciar una nueva administración”, argumenta el profesor de la Facultad de Filosofía y Letras.

Si la celebración no obtuvo un mayor ímpetu se debió a que “finalmente muchas de las élites mexicanas no lo apoyaban. Había bastantes familias influyentes que eran republicanas y no querían un príncipe extranjero. La Ciudad de México de esos años era un caos político. Lo mismo se festejaba la Independencia que el Día de la Candelaria. El Imperio de Maximiliano era un poco de cartón y de salón, porque no hacía otra cosa más que bailes y emitir bandos. Es significativo que lo haga por primera vez, pero no es profundamente importante. El festejo verdaderamente nace con el centenario, con Porfirio Díaz.”, puntualiza el experto.

El diseño de los festejos del centenario de la Independencia de México surge de seguir el ejemplo de otros estados que nacieron en el Siglo XIX, como la celebración de la toma de la Bastilla en Francia o la conmemoración del 4 de julio en Estados Unidos. Sin embargo, en México, a diferencia de los dos países mencionados, los antagonismos políticos seguían a flor de piel, las desigualdades sociales sólo se acrecentaron durante el Porfiriato.

“Con las tensiones políticas y sociales del régimen porfirista, el festejo del centenario fue el canto de cisne del Porfiriato. Se acabó el dinero. Las imágenes de las fiestas del centenario son impresionantes. La máquina del estado porfirista se echó a andar al máximo. El final de un régimen que era totalmente antidemocrático y genocida, no era un cuento de hadas como algunos quieren hacer ver. Por algo se hizo una revolución, no todos estaban contentos”, detalla Israel Álvarez Moctezuma, a lo que añade:

“Es importante para el estado nación (celebrar), socialmente las fiestas nacionales sirven para unir a la gente. Es lo más rescatable de este tipo de celebraciones.”

 

*Texto publicado en la Gaceta de la UNAM


Apunte fronterizo

Ricardo del Carmen

Estoy en un punto de la frontera. La gente es amable. Mi trauma con los factores de riesgo y de protección me hicieron ver que no había gente en las calles; había construcciones inacabadas, abandonadas y grafiteadas; el transporte público es ‘clásico’ (creo que es una generalidad de las ciudades fronterizas porque casi todos tienen coche), la riqueza se concentra, pero aquí se ha fragmentado. No vayas al centro, me dijeron.

Hay un recorrido para los chicos de bachillerato, todas las mujeres usan pantalón. La universidad es bonita, limpia, edificios diseñados, la unidad de ciencias sociales y administración es grande, sí. Quizás esa es otra característica del norte, sus universidades han superado el diseño cárcel de las del sur, por lo menos de la nuestra, aquí hay arquitectura, diseño, el espacio está hecho para ser habitado. Hay créditos especiales por actividades deportivas y culturales, dicen los anuncios por alrededor del camino.

En el congreso, una doctora de la UNAM, con talento de estandupera habla de la violencia, la ilegalidad y los servicios sociales. Es buena. En la mesa de migración hay un cubano que estudia la migración cubana en Mexicali, un equipo de mujeres que hablan de la situación de la migración centroamericana por Tlaxcala. Una de ellas se llama Mónica Toledo, es muy buena. Aprendí el concepto de pulverización. Hay un hombre que habla de la migración hondureña, para él la estrategia más inteligente es la militarización y la represión. Todo lo que dijo ofendió a muchos escuchas. El cubano sutilmente le dice que es un tonto. Todos están de acuerdo, es un tonto. La comida está bien, excepto porque no me gusta comer en unicel. La conferencia de la tarde es sobre construcción de paz: hemos estudiado tanto la violencia pero anhelamos la paz, dice la ponente. Es muy buena también.

En mi mesa hay dos trabajos sobre violencia de género, uno es sobre redes de apoyo y otro sobre factores de riesgo para ofensores. Ambos consideran la violencia bidireccional. Es raro oir a psicólogos hablar con tanta soltura sobre regresiones estadísticas. Están en otro rollo. Las empresas apoyan la investigación social, aquí como en Nuevo León hay un consejo que hace estudios para mejorar la seguridad, los empresarios lo pagan. Aquí tienen el mejor servicio forense del país. En Acapulco el gobierno no quiere ni financier una encuesta, mucho menos pensar en el desarrollo de unidades de inteligencia. Ahí estamos, viendo el futuro pasar mientras nos matan. Llego al hotel, tengo hambre. Veo una pirámide al fondo. Pienso en Egipto. Voy al restaurante y escribo... esto.


Seis consejos de Isaac Asimov para escribir

1.- Nunca dejes de aprender, el proceso de aprendizaje dura toda la vida.

2.- No luches contra los bloqueos.

3.- Cuidado con la resistencia, sé consciente de las inseguridades y dudas.

4.- Baja el listón, reduce tus expectativas. Un escritor no puede estar dudando de la calidad de su escritura.

5.- Haz más cosas, escribe más y haz más cosas.

6.- La receta secreta: piensa, piensa mucho.


Una estatua con papá

Isaac Asimov

¿La primera vez? ¿De veras? Pero por supuesto que ha oído usted hablar de ello. Sí, estoy seguro.

Si le interesa el descubrimiento, créame que será para mí un placer contárselo. Es una historia que siempre me ha gustado narrar, pero pocas personas me brindan la oportunidad de hacerlo. Incluso me han aconsejado que la mantuviera en secreto, porque atenta contra las leyendas que proliferan en torno a mi padre.

Pero yo creo que la verdad es valiosa. Tiene su moraleja. Un hombre se pasa la vida consagrando sus energías a satisfacer su curiosidad y de pronto, por accidente, sin habérselo propuesto, termina por ser un benefactor de la humanidad.

Papá era sólo un físico teórico que se dedicaba a investigar el viaje por el tiempo. Creo que nunca pensó en lo que el viaje por el tiempo podría significar para el Homo sapiens. Sentía curiosidad únicamente por las relaciones matemáticas que regían el universo.

¿Tiene hambre? Mejor así. Supongo que tardará cerca de media hora. Lo prepararán adecuadamente para un dignatario como usted. Es una cuestión de orgullo.

Ante todo, papá era pobre como sólo puede serlo un profesor universitario. Pero con el tiempo se fue haciendo rico. En sus últimos años era fabulosamente rico, y en cuanto a mí, mis hijos y mis nietos..., bueno, ya lo ve con sus propios ojos.

También le han dedicado estatuas. La más antigua está en la ladera donde se realizó el descubrimiento. Puede verla por la ventana. Sí. ¿No distingue la inscripción? Claro, el ángulo es desfavorable. No importa.

Cuando papá se puso a investigar el viaje por el tiempo, la mayoría de los físicos estaban desilusionados, a pesar del entusiasmo que provocaron inicialmente los cronoembudos.

La verdad es que no hay mucho que ver. Los cronoembudos son totalmente irracionales e incontrolables. Sólo presentan una distorsión ondulante, de algo más de medio metro de anchura como máximo, y que desaparece rápidamente. Tratar de enfocar el pasado es como tratar de enfocar una pluma en medio de un turbulento huracán.

Intentaron sujetar el pasado con garfios, pero eso resultó igual de imprevisible. A veces funcionaba unos segundos, con un hombre aferrado con fuerza al garfio, aunque lo habitual era que el martinete no resistiera. No se obtuvo nada del pasado hasta que... Bien, ya llegaré a eso.

Al cabo de cincuenta años de no progresar en absoluto, los científicos perdieron todo interés. La técnica operativa parecía un callejón sin salida. Al recordar la situación, no puedo echarles la culpa. Algunos incluso intentaron demostrar que los embudos no revelaban el pasado; pero se divisaron muchos animales vivos a través de los embudos, y se trataba de animales ya extinguidos en la actualidad.

De cualquier modo, cuando los viajes por el tiempo estaban casi olvidados ya, apareció papá. Convenció al Gobierno de que le suministrara fondos para instalar un cronoembudo propio, y abordó el asunto desde otro ángulo.

Yo lo ayudaba en aquella época. Acababa de salir de la universidad y era doctor en Física.

Sin embargo, nuestros intentos tropezaron con problemas al cabo de un año. Papá tuvo dificultades para lograr que le renovaran la subvención. Los industriales no estaban interesados, y la universidad pensaba que papá comprometía la reputación de la institución al empecinarse en investigar un campo muerto. El decano, que sólo comprendía el aspecto financiero de las investigaciones, empezó insinuándole que se pasara a áreas más lucrativas y terminó por expulsarlo.

Ese decano —que todavía vivía y seguía contando los dólares de las subvenciones cuando papá falleció— se sentiría de lo más ridículo cuando papá legó a la universidad un millón de dólares en su testamento, con un codicilo que cancelaba la herencia con el argumento de que el decano carecía de perspectiva de futuro. Pero eso fue tan sólo una venganza póstuma. Pues años antes...

No deseo entrometerme, pero le aconsejo que no coma más panecillos. Bastara con que tome la sopa despacio, para evitar un apetito demasiado voraz.

De cualquier modo, nos las apañamos. Papá conservó el equipo que había comprado con el dinero de la subvención, lo sacó de la universidad y lo instaló aquí.

Esos primeros años sin recursos fueron agobiantes, y yo insistía en que abandonara. Él no cejaba. Era tozudo y siempre se las ingeniaba para encontrar mil dólares cuando los necesitaba.

La vida continuaba, pero él no permitía que nada obstruyera su investigación. Mamá falleció; papá guardó luto y volvió a su tarea. Yo me casé, tuve un hijo y luego una hija. No siempre podía acompañarlo, pero él continuaba sin mí. Se rompió una pierna y siguió trabajando con la escayola puesta durante meses.

Así que le atribuyo todo el mérito. Yo ayudaba, por supuesto. Hacía funciones de asesoría y me encargaba de negociar con Washington. Pero él era el alma del proyecto.

A pesar de eso, no llegábamos a ninguna parte. Hubiera dado lo mismo tirar por uno de esos cronoembudos todo el dinero que lográbamos juntar, lo cual no quiere decir que hubiese podido atravesarlo.

A fin de cuentas, nunca conseguimos meter un garfio en un embudo. Sólo nos acercamos en una ocasión. El garfio había entrado unos cinco centímetros cuando el foco se alteró. Lo arrancó limpiamente y, en alguna parte del Mesozoico, hay ahora una varilla de acero, construida por el hombre, oxidándose en la orilla de un río.

Hasta que un día, el día crucial, el foco se mantuvo durante diez largos minutos; algo para lo cual había menos de una probabilidad entre un billón. ¡Cielos, con qué frenesí instalamos las cámaras! Veíamos criaturas que se desplazaban ágilmente al otro lado del embudo.

Luego, para colmo de bienes, el cronoembudo se volvió permeable, y hubiéramos jurado que sólo el aire se interponía entre el pasado y nosotros. La baja permeabilidad debía de estar relacionada con la duración del foco, pero nunca pudimos demostrar que así fuera.

Por supuesto, no teníamos ningún garfio a mano. Pero la baja permeabilidad permitió que algo se desplazara del «entonces» al «ahora». Obnubilado, actuando por mero instinto, extendí el brazo y agarré aquello.

En ese momento perdimos el foco, pero ya no sentíamos amargura ni desesperación. Ambos observábamos sorprendidos lo que yo tenía en la mano Era un puñado de barro duro y seco, completamente liso por donde había tocado los bordes del cronoembudo, y entre el barro había catorce huevos del tamaño de huevos de pato.

—¿Huevos de dinosaurio? —pregunté—. ¿Crees que es eso?

—Quizá. No podemos saberlo con certeza.

—¡A menos que los incubemos! —exclamé de pronto, con un entusiasmo incontenible. Los dejé en el suelo como si fueran de platino. Estaban calientes, con el calor del sol primitivo—. Papá, si los incubamos tendremos criaturas que llevan extinguidas más de cien millones de años. Será la primera vez que alguien trae algo del pasado. Si lo hacemos público...

Yo pensaba en las subvenciones, en la publicidad, en todo lo que aquello significaría para papá. Ya veía el rostro consternado del decano.

Pero papá veía el asunto de otra manera.

—Ni una palabra, hijo. Si esto se difunde, tendremos veinte equipos de investigación estudiando los cronoembudos, con lo que me impedirán progresar. No, una vez que haya resuelto el problema de los embudos, podrás hacer público todo lo que quieras. Hasta entonces, guardaremos silencio. Hijo, no pongas esa cara. Tendré la respuesta dentro de un año, estoy seguro.

Yo no estaba tan seguro, pero tenía la convicción de que esos huevos nos brindarían todas las pruebas que necesitábamos. Puse un gran horno a la temperatura de la sangre e hice circular aire y humedad. Conecté una alarma para que sonara en cuanto hubiese movimiento dentro de los huevos.

Se abrieron a las tres de la madrugada diecinueve días después, y allí estaban: catorce diminutos canguros con escamas verdosas, patas traseras con zarpas, muslos rechonchos y colas delgadas como látigos.

Al principio pensé que se trataba de tiranosaurios, pero eran demasiado pequeños. Pasaron meses, y comprendí que no alcanzarían mayor tamaño que el de un perro mediano.

Papá parecía defraudado, pero yo perseveré, con la esperanza de que me permitiera utilizarlos con fines publicitarios. Uno murió antes de la madurez y otro pereció en una riña. Pero los otros doce sobrevivieron, cinco machos y siete hembras. Los alimentaba con zanahorias picadas, huevos hervidos y leche, y les tomé bastante afecto. Eran tontorrones, pero tiernos; y realmente hermosos. Sus escamas...

Bueno, es una bobada describirlos. Las fotos publicitarias han circulado más que suficiente. Aunque, pensándolo bien, no sé si en Marte... Ah, también allí. Pues me alegro.

Pero pasó mucho tiempo antes de que esas fotos pudieran impresionar al público, por no mencionar la visión directa de aquellas criaturas. Papá se mantuvo intransigente. Pasaron tres años. No tuvimos suerte con los cronoembudos. Nuestro único hallazgo no se repitió, pero papá no se daba por vencido.

Cinco hembras pusieron huevos, y pronto tuve más de cincuenta criaturas en mis manos.

—¿Qué hacemos con ellas? —pregunté.

—Matarlas —contestó papá.

Yo no podía hacer tal cosa, por supuesto.

Henri, ¿está todo a punto? De acuerdo.

Cuando sucedió, ya habíamos agotado nuestros recursos. Estábamos sin blanca. Yo lo había intentado por todas partes sin conseguir nada más que rechazos.

Casi me alegraba, porque pensaba que así papá tendría que ceder. Pero él, firme ante la adversidad, preparó fríamente otro experimento

Le juro que si no hubiera ocurrido el accidente jamás habríamos encontrado la verdad. La humanidad habría quedado privada de una de sus mayores bendiciones.

A veces ocurren cosas así. Perkin detecta un tinte rojo en la suciedad y descubre las tinturas de anilina. Remsen se lleva un dedo contaminado a los labios y descubre la sacarina. Goodyear deja caer una mixtura en la estufa y descubre el secreto de la vulcanización.

En nuestro caso fue un dinosaurio joven que entró en el laboratorio. Eran tantos que yo no podía vigilarlos a todos.

El dinosaurio atravesó dos puntos de contacto que estaban abiertos, justo allí, donde ahora está la placa que conmemora el acontecimiento. Estoy convencido de que ésa coincidencia no podría repetirse en mil años. Estalló un fogonazo y el cronoembudo que acabábamos de configurar desapareció en un arco iris de chispas.

Ni siquiera entonces lo comprendimos. Sólo sabíamos que la criatura había provocado un cortocircuito, estropeando un equipo de cien mil dólares, y que estábamos en plena bancarrota. Lo único que podíamos mostrar era un dinosaurio achicharrado. Nosotros estábamos ligeramente chamuscados, pero el dinosaurio recibió toda la concentración de energías de campo. Podíamos olerlo. El aire estaba saturado con su aroma. Papá y yo nos miramos atónitos. Lo recogí con un par de tenacillas. Estaba negro y calcinado por fuera; pero las escamas quemadas se desprendieron al tocarlas, arrancando la piel, y debajo de la quemadura había una carne blanca y firme que parecía pollo.

No pude resistir la tentación de probarla, y se parecía a la del pollo tanto como Júpiter se parece a un asteroide.

Me crea o no, con nuestra labor científica reducida a escombros, nos sentamos allí a disfrutar del exquisito manjar que era la carne de dinosaurio. Había partes quemadas y partes crudas, y estaba sin condimentar; pero no paramos hasta dejar limpios los huesos.

—Papá —dije finalmente—, tenemos que criarlos sistemáticamente con propósitos alimentarios.

Papá tuvo que aceptar. Estábamos totalmente arruinados.

Obtuve un préstamo del banco cuando invité a su presidente a cenar y le serví dinosaurio.

Nunca ha fallado. Nadie que haya saboreado lo que hoy llamamos «dinopollo» se conforma con los platos normales. Una comida sin dinopollo no es más que un alimento que ingerimos para sobrevivir. Sólo el dinopollo es comida.

Nuestra familia aún posee la única bandada de dinopollos existente y seguimos siendo los únicos proveedores de la cadena mundial de restaurantes —la primera y más antigua— que ha crecido en torno de ellos.

Pobre papá. Nunca fue feliz, salvo en esos momentos en que comía dinopollo. Continuó trabajando con los cronoembudos, al igual que muchos oportunistas que pronto se sumaron a las investigaciones, tal como él había previsto. Pero no se ha logrado nada hasta ahora; nada, excepto el dinopollo.

Ah, Pierre, gracias. ¡Un trabajo superlativo! Ahora, caballero, permítame que lo trinche. Sin sal, y con apenas una pizca de salsa. Eso es... Ah, ésa es la expresión que siempre veo en la cara de un hombre que saborea este manjar por primera vez.

La humanidad, agradecida, aportó cincuenta mil dólares para construir la estatua de la colina, pero ni siquiera ese tributo hizo feliz a papá.

Él no veía más que la inscripción: «El hombre que proporcionó el dinopollo al mundo.»

Y hasta el día de su muerte sólo deseó una cosa: hallar el secreto del viaje por el tiempo. Aunque fue un benefactor de la humanidad, murió sin satisfacer su curiosidad.

Remington 12

De la década de 1920.

Del 30 de septiembre al 6 de octubre de 2019

#0981

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