¿Existe en realidad el lanzamiento de enanos?

Harmodio Juárez

¿Por qué existiría tal deporte? ¿Y por qué, peor aún, existiría una novela sobre un deporte de cuya existencia ni siquiera estamos seguros? ¿En qué piensan cuando vuelan los enanos?

Comencé a leer Las Aventuras de un lanzador de enanos en 2003, bajo el auspicio del taller literario que Martín Solares coordinaba en el instituto de México de París. Lo terminé de leer 16 años después, en un PDF que su autor, hoy profesor investigador en el departamento de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, tuvo la amabilidad de facilitarme por Whatsapp hace unas semanas. Cabe destacar que cuando esta novela se empezó a escribir, Whatsapp ni siquiera existía.

En 2003, Alejandro Lambarry pernoctaba, según recuerdo, en Shakespeare & Company, una librería a orillas del Sena, heredera de aquella otra en donde Silvia Plath le publicó a Joyce la primera edición del Ulises. La librería tiene abolengo, entre otras cosas, por prestarle cama para pernoctar a los escritores sobrados de obra pero faltos de techo. Ahora, en el presente perfecto en donde voy terminando de leer la novela, pienso que tal vicisitud (que te presten una cama en una librería que mira al Sena) encajaría perfectamente dentro del improbable universo de lo infinitesimalmente posible en donde evoluciona Las Aventuras de un lanzador de enanos. Es decir, el reino de lo excéntrico, la periferia de la periferia: Tomás “el Toro” Altarde y Aarón “el Gigante” apareciéndose en cualquier tarde gris a la puerta de Shakespeare and Company para pedir posada.

1: “Había un enano, uno japonés, “el Pescado”, que se ponía tieso como muerto cada vez que caía. Por eso le llamaban “el Pescado”, por los rebotes que daba después de caer. Nunca aprendió a aflojar el cuerpo.”
¿De qué trata esta novela? Hoy por la mañana, mientras le daba de desayunar a mi hijo de 7 años y le explicaba por qué tendría que quedarse esta noche en casa de sus abuelos mientras le mostraba la invitación a esta presentación, me preguntó al leer el título, no sin cierta angustia infantil en el rostro: “¿Pero por qué lanzan enanos, papá?”. Es un deporte ficticio, lo aseguré. Sólo existe en la novela: en la vida real nadie lanza enanos a ningún lado. La novela parte entonces de un potencial principio de crueldad, evidente incluso para un niño: lanzar personas como si fueran jabalinas, y no a cualquier persona, sino a aquellas aquejadas de acondroplasia, es decir, de modificaciones genéticas que afectan los receptores del factor de crecimiento. Los enanos tienen que aprender a poner duro el cuerpo durante el lanzamiento, a aflojarlo al momento de la caída y a, por ningún motivo, agachar la cabeza, por no hablar de la realización de figuras nobles o de giros.

2: El Jimmy tomó un impulso de tres pasos y dio cinco giros. Cinco giros con el enano en las manos. ¿Sabes lo que es eso? La mayoría para dar dos giros corre de diez a once pasos, pero el Jimmy dio tres y limpio, sin resbalarse, como si lo estuvieran manejando desde arriba con hilos. El enano cayó seis metros adelante de nuestra marca y se levantó como si acabara de echarse un palo.
La novela está narrada desde el punto de vista de Tomás Altarde, un exvelador de Rosarito Beach quien por azares del azar aterriza en Cholula. La materia textil de su lenguaje es eminentemente coloquial (¿cómo se levanta uno cuando se “acaba de echarse un palo”?) y desde esa aparente pobreza léxica (que conforme avance la novela se transformará en riqueza oral) nos cuenta cómo entra a trabajar por casualidad en el bar Majestic de Cholula, en donde es probado y luego contratado como lanzador de enanos. La primera vez que Tomás Altarde es confrontado ante la ingrata tarea de lanzar a una persona aquejada de acondroplasia, él también se hace a sí mismo la pregunta que mi hijo formuló esta mañana: ¿pero por qué hay que lanzar enanos? Sin embargo se anima y lo lanza, con tanta precaución, empatía y cuidado por la salud del objeto directo de su lanzamiento, que el enano se encabrona por la mediocridad del vuelo y trata a su flamante lanzador de looser. En este punto, mi hermenéutica personal quisiera partir en un vuelo lírico_ideológico en donde el lanzamiento de personas aquejadas de acondroplasia con el puro fin de entretener a los borrachos de bar Majestic para que sigan consumiendo y se vuelvan adeptos de esta improbable práctica pseudodeportiva cristaliza una de las figuras más nobles de la sociedad del espectáculo ultraneocapitalista (dos puntos): la explotación de las capas socioeconómicamente más debiles de la sociedad para beneplácito y superávit de la minoría más privilegiada. Pero conforme estoy estructurando la teoría vertebral de mi razonamiento, el inconsciente lanzador que todos llevamos dentro me avienta una metáfora cuyos receptores del factor de crecimiento han también mutado, y recuerdo entonces que Alejandro Lambarry editó y coordinó el libro La mosca en el canon sobre Augusto Monterroso, para luego recordar que el día en que conocí a Monterroso (hace una eternidad, póngale usted mediados de la década de los noventa), lo que más llamó mi atención, al margen de la suavidad de su trato, fue su extraordinariamente baja estatura. La mosca en el cañón, varía ahora la parte más jocosa de mi subconsciente para luego lanzarme otro dato fundamental para la consecución de este vuelo de enano lírico, dos puntos: Alejandro Lambarry está preparando una biografía de Jorge Ibargüengoitia o ya la tiene lista. Ya está, ya tengo una imagen digna de esta, nuestra sociedad literaria del espectáculo en mi cabeza: ¿se imaginan al grandote Ibargüengoitia lanzando al chiquito Monterroso en alguna carpa aledaña a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara?

3: Esas toallas las usamos en Francia y luego en Australia. Todavía conservo la mía, le tengo mucho aprecio y respeto. Porque déjame decirte algo, algo que llegué a descubrir en el torneo, rifándomela como cualquier hijo de vecino, haciendo el ridículo como un novato y después agregándole un giro al lanzamiento… Déjame decirte que un amuleto vale lo de diez años de entrenamiento.
¿Será esta una novela sobre la nobleza del deporte? ¿Sobre el plano de igualdad a donde la competencia deportiva nos confina? Busco referentes literarios memorables con temas deportivos. ¿El Rayo Macoy, de Ramírez Heredia? ¿Los cuentos sobre boxeadores, de Cortázar y Hemingway? ¿La literatura taurina? ¿Correr, de Jean Echenoz? ¿El Ejercito iluminado, de David Toscana? ¿Los ensayos futbolísticos de Galeano, Villoro, Fontanarrosa? ¿Tarjeta amarilla, de Nick Hornby? ¿Cómo se llama ese otro sobre los maratones, de Haruki Murakami? Curiosamente, poco de estos libros se conforman a las convenciones formales del género novelístico. Pareciera que el deporte atañe a una parte más íntima de la consciencia que el relato literario, y de pronto, cuando los literatos hablan de deporte, lo hacen en clave afectiva, autobiográfica, sin el andamio de la ficción de por medio. ¡Ah, ahora se me viene uno más a la memoria! El luchador de sumo que no lograba engordar, de Eric Emmanuel Schmitt.

4: Así es el deporte, una vez las reglas claras, el resto se va dando, casi que nacimos para esto. Te aseguro que si dibujas una raya aquí en el patio en menos de una hora estamos ya haciendo las reglas, para mañana tenemos un juego y en una semana organizamos algo.
 

¿Es el deporte un invariante universal de la cognición humana? ¿Nos gusta el deporte porque somos animales de reglas? Acaso las reglas del deporte sean más equitativas que las de la vida. En todo esto pienso cuando mi compulsión hermenéutica me hace un guiño: ¿y dónde están las mujeres en todo esto? Repaso la lista de los autores anteriormente citados y enfecto: son puros hombres. Luego me apuro rumbo al internet para buscar una novela deportiva escrita por alguna mujer. Me toma diez minutos llegar al Corazón del pelícano, de Cécile Coulon (que por supuesto no he leído, como la mayor parte de los títulos anteriormente citados) sobre un corredor que alcanza la gloria, se sumerge en el fracaso y veinte años después recorre Francia trotando con el fin de levantarse existencialmente. ¿Será el deporte un bastión, como tantos otros, del machismo? Repaso entonces la lista de personajes femeninos en Las Aventuras de un lanzador de enanos: Marisol, la abnegada novia de Aarón, enano de sus amores a quien sin falta irá a visitar a la prisión cuando Aarón y Altarde caigan en desgracia; Jacqueline, la trabajadora del sexo cuya breve intervención en la novela traerá desgracia, desfalco y destrucción a nuestra pareja de lanzador y lanzado, hasta llevarlos (injustamente, ¿de qué otra manera se puede ir a la prisión en México?) a dar con todo y sus desportivas complexiones (con todo y campeonato del mundo) con sus huesos en la cárcel. Carmen, maestra de matemáticas y amante de Tomás Altarde. Vuelvo aquí a mi manía hermenéutica de sobreinterpretarlo todo: esa inexistencia diegética de las mujeres (cuya función en la novela casi se limita al de objetos de consumo sexual) es en efecto una crítica a la cofradía masculina, que tan bien se estructura en torno al deporte: por eso es que Nick Hornby, Murakami, Echenoz y demás congéneres prescinden de la ficción (que, como bien apunta David Forster Wallace en La niña del pelo raro, la ficción es deseo puro, seducción, arte para embrujar con narrativas sherezadianas la interacción gravitatoria entre tu cuerpo y el mío, con la finalidad física de que se atraigan). Así, en la cofradía masculina que se ejercita, no necesitamos seducirnos con ficción: mejor recreemos esa memoria deportiva que mamamos de nuestro padre en la infancia: el deporte como vehículo de transmisión del ADN mitocondrial machista: yo heredé de mi padre el gusto por la función sabatina de box y la corrida de toros dominical: a la mejor así es como lo inician a uno en la cofradía masculina.

5: Si no hay enano, que se aguanten, hay mucho que aprender, hay mucho que se puede hacer antes de lanzar. Para empezar, bajar la barriga. Músculo, no grasa. Músculo y cerebro. Pueden aprender la estrategia, las figuras nobles, los giros. El enano ese de allá, el que está sentado sobre la piedra esa, ¿por qué no lo lanzan a él? Andan arrojando chamacos, cabrones. ¿Acaso nadie lo ha visto? Está ahí solito, muy atento al deporte, algo debe saberle. Ese enano, el de barbas y lentes negros, el de la gorrita.
He dejado hasta el final de mi intervención al que para mí es el personaje más entrañable de la novela: el enano Aarón, el más lanzado. Según la Wikipedia, el origen etimológico del nombre Aarón se remonta a una palabra que en egipcio antiguo quería decir “el nombre de Dios es grande”. En la biblia, Aarón es el hermano mayor de Moisés. Su principal gesta heroica ocurre en el libro del Éxodo, mientras su hermano Moisés recibe las tablas de la ley en lo alto del monte Sinaí. Abajo, ante la tardanza de su hermano, los hijos de Israel le exigen a Aarón que les construya un ídolo para guiarlos, y al buen Aarón se le ocurre la brillante idea de fundir joyas, aretes y anillos de oro para conformar el famoso becerro de oro. En Las Aventuras de un lanzador de enanos, Aarón establece con Tomás Altarde una amistad sin lenguaje: apenas conversan, pero la convivencia intensa tan propia del entrenamiento y el contacto deportivo crea entre ellos un lazo amistoso que fulgura como becerro de oro a lo largo y ancho de la novela, redimiéndola de la aparente crueldad de su proposición original. La amistad es la verdadera figura noble de este relato: en la amistad, enano y lanzador son existencialmente iguales, y en mi lectura, el lanzamiento más conmovedor del team “Aaron-Altarde” ocurrirá dentro de los muros de la prisión. No quisiera aquí regar mi intervención de espóiler, pero eso que en el título pareciera una proposición cruel, en la cárcel se libera, revirtiendo la polaridad moral del lanzamiento de enano, convirtiéndolo en un ejercicio de la más auténtica y humana libertad.

6: Se levantó llorando. Me contó todo lo que me han contado los enanos que van al torneo y se sientan a platicar un rato con nosotros. Me contó que la primera sensación era de libertad, o de un peso muy grande que desaparece, o de una gran tristeza que a la vez es alegría. Dijo también que lo peor era que deseaba repetir esa sensación. Nunca están satisfechos, se hace vicio, cada vez quieren más vuelo, más distancia. Sentir eso que nunca antes han sentido en su vida.
En las últimas páginas, la novela también se libera. Del papel, en este caso. Resulta que un triste funcionario del gobierno de Calderón, que insiste en las ceremonias del bicentenario de la independencia, quiere invitar a la tarima a los grandes campeones mexicanos de la disciplina que sea (y no hay muchos, en efecto). Las pesquisas del tenaz burócrata llegarán hasta el campeonato mundial que el Aaron y Altarde ganaron en Australia en el año 2000, por providencial chiripa, poco antes de caer en desgracia e ir a parar juntos a la cárcel. Alarde rechaza los homenajes, además tiene ya más de diez años sin contacto con Aarón y no quiere saber nada de tarimas ni reflectores. A él lo que le importa es la nobleza del deporte. Y a falta de tarima, el funcionario quiere sacarle algo, lo que sea que lo lleve a conocer mejor esa arcana disciplina que es el lanzamiento de enano. Así, Altarde afloja al fin una dirección web: www.mta-sports.com, el portal web de la Midget Throwing Association, la Asociación oficial de Lanzamiento de Enano, cuyo logo es sospechosamente similar al de la NBA o la NFL. El sitio es real, y en él los desconcertados lectores de esta novela pueden encontrar videos con entrevistas de enanos lanzados, así como el testimonio de un senador republicano que militó a finales de la década de los noventa por la prohibición de este deporte por su carácter inhumano. Como dicen los escritores: “es en este preciso instante” en donde uno posa el libro sobre la mesa para sumergirse en el web y constatar con azoro que el lanzamiento de enano no es una ficción propia del universo de la novela, que pudo haber existido, y esta duda es uno de los mejores efectos del libro, porque al terminar la novela nos deja, si bien literariamente satisfechos, también abandonados en el desconcertante territorio del fake news, donde ningún valor de verdad es definitivo y en donde todo puede haber sido una manipulación factual.

De esta forma la novela realiza una figura noble e improbable: los enanos somos nosotros, sus lectores, que penetramos en la narración convencidos de que escucharíamos, veríamos, imaginaríamos una historia cruda pero convencional, y que de pronto nos vemos flotando por los aires inciertos del gran ruido textual del internet, en donde el contrato narrativo se ha roto, y por lo tanto Aarón y Altarde pudieran aparecerse en cualquier chico rincón de la realidad, ya campeones del mundo en el Noticiero de Pedro Sevcec desde Miami, ya recién salidos de prisión, en cualquier semáforo de la colonia Condesa, listos para hacerle una demostración de su arte a los automovilistas chilangos a cambio de unas cuantas monedas.


El libro de tu vida

Alan Moore

Sé que soy un texto. Sé que me estás leyendo. Esta es la diferencia más grande que hay entre los dos: tú no sabes que tú eres un texto. No sabes que te estás leyendo. Lo que crees que es la vida autodeterminada que por la que estás pasando es de hecho un libro ya escrito y que te ha atrapado, y no por primera vez. Cuando una lectura dada ha concluido, cuando la contratapa se cierra como la cubierta de un ataúd, inmediatamente olvidas que ya has luchado a través de sus páginas y lo vuelves a levantar, acaso porque te atrae la foto atractiva y heroica de ti que está en la sobrecubierta.

Vadeas una vez más a través de la glosolalia del comienzo de la novela y esa sorprendente escena del nacimiento, toda en primera persona, nebulosamente descrita en una confusión de nuevos sabores y olores y luces aterradoras. Te demoras con deleite en los pasajes de la infancia y saboreas a todos los nuevos personajes, poderosamente logrados, a medida que se presentan, la madre y el papá, los amigos y parientes y enemigos, cada uno con sus excentricidades memorables, su atractivo singular. Aunque encuentras interesantes esas hazañas juveniles, descubres que estás meramente leyendo por encima algunos de los episodios posteriores por puro aburrimiento, pasando deprisa las páginas de tus días, saltándote hacia delante, impaciente por el contenido adulto y la pornografía que supones que te espera en el capítulo siguiente.

Cuando esto resulta ser menos una alegría en estado puro, menos abundante de lo que habías anticipado, te sientes vagamente como si te hubieran estafado y truenas por un tiempo contra el autor. Para entonces, sin embargo, todos los temas centrales de la historia se acumulan a tu alrededor en el relato, locura y amor y pérdida, destino y redención. Empiezas a entender la auténtica escala de la obra, su profundidad y su ambición, cualidades que se te habían escapado hasta ahora. Hay una creciente aprehensión, una sensación de que el cuento podría no estar en la categoría que habías supuesto previamente, es decir, la de la aventura picaresca o la comedia sexual. De modo alarmante, la narración progresa más allá de las fronteras confortables de los géneros al territorio perturbador de la vanguardia. Por primera vez te preguntas si estás abarcando más de lo que puedes apretar, si te has embarcado por error en una pesada obra maestra, cuando tenías la intención de elegir solamente un thriller barato, lectura de vacaciones para el aeropuerto o la playa. Empiezas a dudar de tus capacidades de lectura, a dudar de tu habilidad para aguantar esta fábula mortal hasta su conclusión sin que tu atención se distraiga. E incluso si la terminas, dudas tener la suficiente astucia para entender el mensaje de la saga, si es que existe un mensaje. En privado, sospechas que te pasará muy por encima, y sin embargo, qué más puedes hacer salvo seguir viviendo, seguir pasando las páginas como hojas de calendario, con el impulso de aquella recomendación de la portada que decía “Si sólo lees un libro en tu vida, que sea éste”.

No es sino hasta que estás más allá de la mitad del tomo, cerca de la marca de los dos tercios, que algunos puntos argumentales previos y aparentemente aleatorios empiezan a tener alguna especie de sentido para ti. Los significados y las metáforas empiezan a resonar; las ironías y los temas recurrentes se revelan. Aún no tienes la certeza de haber leído esto antes o no. Algunos elementos parecen terriblemente familiares y tienes premoniciones ocasionales de cómo se resolverán algunas de las tramas secundarias. Una imagen o un parlamento dará un acorde como de déjà vu, pero en general todo parece una nueva experiencia. No importa si es la segunda lectura o la centésima: te parece algo fresco, y, sea a regañadientes o no, pareces disfrutarlo. No quieres que termine.

Pero cuando ha concluido, cuando la contratapa como la cubierta de un ataúd finalmente se ha cerrado con fuerza, inmediatamente olvidas que ya te has abierto paso a través del libro y lo vuelves a levantar, porque tal vez te atrae la llamativa y heroica foto tuya que está en la sobrecubierta.

La marca de un buen libro, dicen, es que puedes leerlo más de una vez e igual encontrar algo nuevo en cada ocasión.


juguete rabioso

Autodefinición

Teresa Wilms Montt (Viña del Mar, 1893- París, 1921), representa la perfecta caricatura de la femme fatal, la mistificación de la mujer hermosa que también escribe. Recientemente descubierta en España por la publicación de 2017, Preciosa Sangre- Diarios íntimos, o tardíamente resucitada en Chile, en

Soy Teresa Wilms Montt
y aunque nací cien años antes que tú,
mi vida no fue tan distinta a la tuya.
Yo también tuve el privilegio de ser mujer.
Es difícil ser mujer en este mundo.
Tú lo sabes mejor que nadie.
Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida.
Destilé mujer.
Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo.
Cuando me dieron la espalda, yo di la cara.
Cuando me dejaron sola, di compañía.
Cuando quisieron matarme, di vida.
Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad.
Cuando me amaban sin amor, yo di más amor.
Cuando trataron de callarme, grité.
Cuando me golpearon, contesté.
Fui crucificada, muerta y sepultada,
por mi familia y la sociedad.
Nací cien años antes que tú
sin embargo te veo igual a mí.
Soy Teresa Wilms Montt,
y no soy apta para señoritas.



 

***

¡Anuarí! ¡Anuarí!
Espíritu profundo, vuelve del caos.
Torna en misteriosa envoltura, huésped de mis noches glaciales.
Que tus dedos de sueño posen sobre mis párpados desvelados.
Ciérralos, Anuarí.
Veneno sublime, da muerte a mi cerebro aterrado.
Quédate sobre mi fosa sonriendo enigmático.
Sonrisas de ultratumba, sombra y luz, sonrisa tremenda que me ha aniquilado.
¡Espíritu profundo, vuelve del caos!
Se han muerto todas mis flores, sólo queda para tu hambre la sangrienta herida de mi corazón partido.
Anuarí, Anuarí. ¡Sucumbo en el torbellino de los astros locos que se precipitan!
¡Vuelve del caos!

 

 

 

 

Este es mi diario

 

En sus páginas se esponja la ancha flor de
la muerte diluyéndose en savia ultraterrena y
abre el loto del amor, con la magia de una
extraña pupila clara frente a los horizontes.
Es mi diario. soy yo desconcertantemente
desnuda, rebelde contra todo lo establecido,
grande entre lo pequeño, pequeña ante el infinito..
soy yo …


caja de herramientas

La escritura tiene leyes de perspectiva, de luz y sombra: Truman Capote

Truman Capote es uno de los escritores norteamericanos más controversiales, se le ha llamado el padre de la novela de no ficción, publicamos unos pequeños consejos para escribir, tomados de una entrevista a publicada en «The Paris Review»

¿Qué fue lo primero que escribió?

Cuentos. Y mis más desaforadas ambiciones aún giran alrededor de este género. Me parece que cuando es explorado con seriedad el cuento es la forma más difícil de escritura, y la que exige la mayor disciplina. Todo el control y la técnica que tengo los debo completamente a mi experiencia con este medio de comunicación.


 

¿A qué se refiere exactamente al decir control?

Me refiero a mantener una preeminencia estilística y emocional sobre el material. Llámelo algo precioso y olvídelo, pero creo que un cuento puede hundirse por un ritmo inadecuado en una frase —especialmente si se presenta cerca del final— o por un error en la organización de los párrafos, o incluso por la puntuación. Henry James es el maestro del punto y coma. Hemingway es un organizador de párrafos de primera clase. Desde el punto de vista del oído, Virginia Woolf nunca escribió una frase mala. No quiero decir con ello que yo practico lo que predico. Sólo trato de hacerlo, eso es todo.

 

¿Cómo llega uno a la técnica del cuento?

Puesto que cada cuento presenta sus propios problemas técnicos, obviamente no se pueden hacer generalizaciones al estilo de dos-y-dos-son-cuatro. Para encontrar la forma adecuada para tu cuento, simplemente tienes que descubrir la forma más natural para contar la historia. La forma de comprobar si el escritor ha adivinado la forma natural para contar su historia es la siguiente: después de leerla, ¿puedes imaginarla de manera diferente, o bien silencia a tu imaginación y te parece absoluta y final? De la misma manera como una naranja es algo definitivo. De la misma manera como una naranja es algo que la naturaleza ha hecho simplemente bien.


 

¿Hay recursos para mejorar
la propia técnica de escritura?

El único recurso que conozco es el trabajo. La escritura tiene leyes de perspectiva, de luz y sombra, igual que la pintura o la música. Si naces conociéndolas, perfecto. Si no, apréndelas. Y entonces reacomoda las reglas para que se adapten a ti. Incluso Joyce, nuestro más extremo inconforme, era un espléndido artesano; él pudo escribir Ulises precisamente porque pudo escribir Dublineses. Demasiados escritores parecen considerar que escribir cuentos es una especie de ejercicio con los dedos. Bueno, en tales casos lo único que hacen es ejercitar sus dedos…

Remington 12

De la década de 1920.

Del 18 al 24 de noviembre de 2019

#0988

cultura

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