Guillermo Samperio

La imaginación sin límites

Guillermo Vega Zaragoza

I. LA CREACIÓN LITERARIA PUEDE SALVAR DE LA LOCURA Y HASTA DEL SUICIDIO

 

Como muchas personas, entré en conocimiento de la existencia de Guillermo Samperio (1948-2016) primeramente por su obra, en específico Miedo ambiente y otros miedos, que apareció en 1986 como el número 38 de la segunda serie de aquella mítica colección de Lecturas Mexicanas, publicada por la Secretaría de Educación Pública. Yo tenía 19 años y no conocía aún a Julio Cortázar, así que me impresionaron los cuentos de Samperio en esa antología, que incluía relatos de sus ocho libros anteriores, uno de los cuales, precisamente titulado sólo Miedo ambiente, había ganado en 1977 el entonces aún prestigioso Premio Casa de las Américas con un jurado formado por Luis Britto García, Aída Cartagena, César Leante, Pedro Orgambide y Carlos Droguett.

El cuento que más me sorprendió fue “Tiempo libre”, la historia de un hombre que se mancha todos los días los dedos con la tinta del periódico hasta que él mismo se convierte en un periódico, y su esposa lo recoge del piso y se pone a leerlo plácidamente. En ese entonces el periódico que yo leía casi religiosamente era el unomásuno —en los buenos tiempos en que todavía lo dirigía Manuel Becerra Acosta—, que precisamente manchaba los dedos de tinta, quizá por eso el texto me atrajo más aún. En ese cuento magistral se conjugan ya muchas de las preocupaciones y obsesiones que (como lo descubriría poco a poco al ir ahondando en ella) campean su obra: la otredad, lo fantástico, el humor y la brevedad. Así, poco a poco me fui haciendo de los demás libros de Samperio: Cuando el tacto toma la palabra, Fuera del ring, Lenin en el futbol, Textos extraños, Cuaderno imaginario, La Gioconda en bicicleta

En ese año de 1986 apareció también Gente de la ciudad, en el Fondo de Cultura Económica, que contenía gran cantidad de microrrelatos (en ese entonces todavía no se hablaba tanto de ese subgénero del cuento como tal), viñetas breves y casi poéticas sobre personajes y objetos cotidianos, muy influidos por Juan José Arreola (a quien yo sí había leído), como “Radio Palmera”, sobre una estación de radio que sólo suena en los taxis, o “Terca redondez”, sobre los topes en las calles.

Pasaron los años y un día, debió de haber sido en el año 2001 o 2002, mi amiga y ex compañera de la Escuela de Escritores de Sogem, la escritora Ivonne Reyes Chiquete —que a la sazón trabajaba como asistente de Samperio en su despacho Ad Hoc Ingeniería Cultural— me dijo que si podría escribir una ponencia para el maestro Samperio sobre la situación de los medios de comunicación en México, la cual tenía que presentar el próximo lunes (era viernes). Como en aquel entonces me dedicaba a frilancear, acepté a pesar de la premura. Envié el texto por correo electrónico y a los pocos días Ivonne me dijo que el maestro había quedado muy contento y me quería conocer para platicar. Fui al despacho, que resultó su departamento en la colonia Del Valle. Me recibió en su abigarrada recámara-oficina (llena de libros, fotos, cuadros y figuritas varias), sonriente y afable, con su cara de Droopy (el melancólico basset hound de las caricaturas) y de inmediato nos caímos bien. Tanto así que me invitó a impartir talleres ahí mismo, digo, en la otra recámara del departamento que había acondicionado como salón de clases con una larga mesa. Durante los siguientes tres o cuatro años fui su colaborador, ayudándole a investigar información para sus textos periodísticos o redactándolos yo mismo. Es decir, fui, como se dice científicamente, su “negro”. Solía yo bromear que gracias a él ya había logrado publicar en todas las revistas y periódicos de México, pero que sólo con la mitad de mi nombre.

Ray Bradbury aconsejaba a los jóvenes aspirantes a escritor que empezaran escribiendo “una cantidad endemoniada de cuentos”, al menos uno por semana, y aseguraba que simplemente no era posible escribir 52 malas historias al hilo. Quién sabe si Samperio siguió esta máxima, pero lo cierto es que escribió, en efecto, “una cantidad endemoniada de cuentos” y muchos de ellos fueron excelentes y memorables. Samperio era una máquina de trabajo, por eso no se daba abasto para cumplir con todos los compromisos que adquiría. Todo el tiempo andaba buscando dónde publicar artículos y dónde dar cursos o talleres literarios, viajaba por todo el país y además se daba espacio para escribir sus propios textos de creación, los que revisaba y corregía incansablemente. A todo le entraba Samperio: novela, poesía, ensayo, biografía, manuales literarios, aunque justo es decir que no en todo tuvo tanta fortuna como en el cuento, donde a fuerza de talento, tenacidad y disciplina se convirtió en un verdadero maestro. Sus libros Después apareció una nave. Recetas para nuevos cuentistas (Alfaguara, 2002) y su ineludible complemento: Cómo se escribe un cuento. 500 tips para nuevos cuentistas del siglo XXI (Berenice, 2008) son lectura obligada para todo aquel que quiera entrarle al difícil arte de la narrativa corta.

En el primero de ellos apuntó Samperio:

La creación literaria puede salvar a una persona de la locura y hasta del suicidio, y si el cuento está bien escrito, si revela algo íntimo de una vida, el buen lector irá acumulando revelaciones y forjará una visión del mundo más profunda y crítica. Esto le servirá para descifrar no sólo un cuento, sino las partes mismas del rompecabezas cotidiano que es la vida en sus diversos perfiles: el político, el social, el religioso, el amoroso, el de la muerte y las pasiones… Cuando uno descifra el mundo, no lo hace globalmente, sino por partes; el lector de un cuento no sólo está leyendo, también está explicándose una partícula imprescindible de la vida.

 

 

II. FICCIONES QUE ANIQUILAN Y TRANSFIGURAN LO REAL

 

Mi relación con Samperio, además de lo laboral y lo amistoso, fue también literaria. Nunca fui su alumno, pero lo leí atentamente y aprendí algunas buenas mañas que de inmediato incorporé a mi caja de herramientas de escritor. Generosamente, aceptó escribir la nota de la cuarta de forros de mi primer libro de cuentos y presentarlo en público. Igualmente, compartimos espacio en varias antologías (una de ellas coordinada por él mismo: Di algo para romper este silencio. Celebración por Raymond Carver, Lectorum, 2005) y tuve el honor de presentar dos de sus libros.

En mayo de 2003 dije esto a propósito de La mujer de la gabardina roja y otras mujeres (Páginas de Espuma, 2002):

La mujer es la primera obsesión del hombre. Esto ha sido cierto desde el inicio de los tiempos. Recuérdese que, de acuerdo con la tradición judaica, la primera mujer que existió en la Tierra no fue Eva sino Lilith. Dios creó al mismo tiempo al “varón” y a la “varona”. Sin embargo, muy pronto Adán fue a quejarse con el Creador de que esta mujer se aburría enormidades de hacerlo nada más en la posición del misionero y no se quería “someter”, es decir, “meter debajo”. Por ello puede decirse que Lilith fue la primera feminista y, por lo mismo, Dios la expulsó del Jardín del Edén y la condenó a vagar por el mundo. En venganza, esta primera mujer provoca las poluciones nocturnas de los hombres.

Estemos o no de acuerdo, todos los seres humanos (desde luego que con la excepción del mencionado trío primigenio) provenimos de las entrañas de una mujer. Sobre todo en la mente masculina, la mujer ejerce una poderosa fascinación, no sólo como objeto de deseo sino por el misterio que encarna y que el hombre nunca va a poder experimentar: el de la creación de otra vida en su interior. Por eso, desde el Renacimiento, a los artistas les da por llamarse “creadores”: para hacerse la ilusión de que lo son de alguna forma, aunque las únicas y verdaderas creadoras (o procreadoras) sean las mujeres.

Al hablar del artista y la feminidad reprimida en su libro Heterodoxia, Ernesto Sabato recuerda que según Jung llevamos en nuestro inconsciente, más o menos reprimido, el sexo contrario. Si esta teoría es cierta, las creaciones más vinculadas a la inconsciencia, como la poesía y el arte, serían expresión de su feminidad. “Y, en efecto, ¿qué más femenino que el arte, aunque (o porque) sea realizado por hombres? El artista sería así una combinación de la conciencia y razón del hombre con la inconsciencia y la intuición de la mujer”, nos dice el argentino autor de El túnel.

Gran cantidad de ideas, mitos y obsesiones acerca de lo femenino permean de alguna u otra forma los cuentos de este libro de Guillermo Samperio, publicado por la editorial española Páginas de Espuma. Y no es que el autor se haya empecinado en realizar un “estudio” de lo femenino, sino que los personajes femeninos han ocupado un lugar primordial en su narrativa, a lo largo de su ya extensa carrera literaria. Tan es así que pareciera que este libro fue escrito con la idea de lograr un todo unitario, a pesar de los diversos registros, atmósferas, ambientes y recursos utilizados, pero “siempre desde la delicada y tenue frontera que divide lo real de lo posible, el sueño de la vigilia, lo serio de lo humorístico con un lenguaje siempre apropiado”, como lo ha señalado Hernán Lara Zavala al referirse a la obra samperiana en general.

En este volumen nos encontramos con cuentos que ya forman parte del canon cuentístico de la literatura mexicana y, en general, de la lengua española, compartiendo un lugar destacado junto a la obra de sus maestros: Augusto Monterroso, Juan José Arreola, Julio Cortazár, Macedonio Fernández, Julio Torri y Jorge Luis Borges. Se trata de relatos como “La señorita Green”, “Ella habitaba un cuento” y el intrigante “Relato con jacaranda”. Además, podemos leer seis relatos que hacen su primera aparición en libro y que parecen formar parte de un universo literario que, suponemos, será desarrollado por él en alguna obra posterior, como “Yanira Kiotomoro” y “La esposa RX-25”.

Incansable observador de lo absurdo incrustado en la vida cotidiana, consumado voyeur, fetichista lo mismo de tacones que de carmines, pieles, ojos y humo de cigarrillos, Guillermo Samperio nos ofrece una galería de mujeres —objetos de deseo, instantes de evocación erótica, amuletos sexuales— cuyas historias se entrecruzan con otras tantas de sus obsesiones, como los muñecos, los juguetes, los disfraces, los dobles, las sombras, los fantasmas, lo extraño que se hunde en lo ordinario, los antihéroes modernos, las miserias que subyacen en todos los niveles de la sociedad, la oscuridad de los recovecos urbanos y la misma ciudad como espacio para lo grotesco y lo fantástico, urdiendo “destinos perversos y discretos”, como bien los caracterizó José Balza.

De esta forma, en los 22 relatos que conforman este volumen, Samperio nos muestra una visión caleidoscópica acerca de la mujer, en un esfuerzo por desentrañar el eterno misterio de lo femenino, donde predomina lo irracional, lo ondulado, lo enigmático y lo romántico, una visión que nos recuerda aquella caracterización, para seguir con las heterodoxias de Sabato, donde lo femenino tiene un sentido centrífugo, hacia dentro, hacia el seno mismo de la especie, hacia el misterio primordial, donde, al contrario del hombre, que se caracteriza por la separación, la escisión y la desvinculación con respecto de su simiente, en la mujer implica unión, alianza, refundición.

Explica Sabato: “Como consecuencia de su caracterología sexual, centrífuga, el hombre tiende a crear otra realidad, que se añade a la natural: la realidad cultural, con su técnica y sus ideas, con su ciencia y su filosofía, con su arte y su literatura. En tanto que la mujer tenderá a reunificar la realidad escindida por el macho, volviendo lo cultural al seno materno, es decir, al seno de la naturaleza primordial y eterna, humanizando y animizando las cosas inertes, la técnica y los productos del arte y de la ciencia, psicologizando todo”.

En este sentido, Samperio confiere a sus mujeres literarias características que, de alguna manera, tratan de aprehender (desde luego que a todas luces insuficientemente) esas múltiples facetas que conforman el inescrutable universo femenino: desde la verdosidad de la señorita Green, la apremiante belleza de Ángela, la triste mirada de Aurelia, la enigmática Ziska, la luminosidad azarosa de Violeta, “la sencilla mujer de mediodía”, y su infaltable contraparte, “la complicada mujer de tarde”; la desconcertada Elizabeth, las pantorrillas de las mujeres del Metro, la alucinada Rosa Elena, la habitada Ofelia, la retorcida mujer de la gabardina roja, la descocada y decrépita Gertrudis, los delicados pezones de Georgina, hasta las fantasías cibernéticas de Yanira Kiotomoro y la esposa RX-25.

Sin embargo, estas mujeres, gracias al arte y el talento del autor, nos resultan más reales y entrañables que si existieran en el mundo que todos llamamos real, pues ha sido precisamente una mujer, Silvia Molina, quien lo ha dicho con gran claridad: los personajes de Samperio conforman un rompecabezas “que no está allí únicamente para que el lector lo vaya armando, disfrutando, gozando, sino que está allí mostrando una actitud del escritor frente a su oficio y frente a la vida, frente a los conflictos del mundo que habita y que decide transgredir hasta su más recóndito límite”.

En efecto: a lo largo de su obra, no sólo cuentística sino también novelística y ensayística, e incluso cuando ha frecuentado la poesía, Samperio ha enarbolado una premisa fundamental: la transfiguración de la realidad y la creación de infinidad de universos de ficción que se nos revelan con mayor contundencia y verosimilitud que el mundo real en el que nos movemos cotidianamente.

En este sentido, cabe muy bien parafrasear a Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, cuando se refiere a “la soberanía de la novela”, pero que en este caso aplicaré a la presente colección de cuentos: para conquistar su soberanía, los cuentos de Samperio han sabido emanciparse de la realidad real, se imponen al lector como una realidad distinta, dotada de unas leyes, un tiempo, unos mitos u otras características propias e intransferibles. Aquello que imprime a estos cuentos su originalidad —su diferencia con el mundo real— es el elemento añadido, suma o resta que la fantasía y el arte del creador llevan a cabo en una experiencia objetiva e histórica —es decir, en lo reconocible por cualquiera a través de la propia vivencia— al transmutarla en ficción.

El elemento añadido de los cuentos de Guillermo Samperio no es nunca sólo una anécdota, un estilo, un orden temporal, un punto de vista; es siempre una compleja combinación de factores que inciden tanto en la forma como en la anécdota y los personajes de una historia para dotarla de autonomía. Y aquí sí cito directamente al escritor peruano: “Sólo las ficciones fracasadas reproducen lo real: las logradas lo aniquilan y transfiguran”.

En efecto, en estos cuentos Guillermo Samperio aniquila y transfigura lo que podría llamarse “el eterno femenino”, esa promesa siempre incumplida de que algún día llegaremos a desentrañar el misterio de la creación que encierra la mujer. Y, no obstante, negándolo y transfigurándolo, la prosa de Samperio logra cristalizarlo por un instante, el que dura la lectura, para hacernos la ilusión fugaz de que esas que están ahí, encerradas en su jaula de palabras, son mujeres más reales que muchas que hemos conocido a lo largo de nuestra existencia.

 

 

III. “CAMBIO NIÑO BERRINCHUDO POR GUANTE DE BEISBOL”

 

Sobre La brevedad es una catarina anaranjada. Ficciones breves (Lectorum, 2004)dije esto en octubre de 2005:

Al abordar las ficciones de Borges, Noé Jitrik afirmó que lo fantástico radica fundamentalmente en el lenguaje, es decir, en la forma en que se cuenta una historia. Esa forma de narrar en la que radica lo fantástico tiene que ver con “ámbitos, objetos, personajes que parcialmente siguen manejándose de acuerdo con normas universales y establecidas (lo previsible) pero que proponen una fuga respecto de tales normas (lo inasible)”. Lo fantástico como fuga de las normas que rigen lo real. La idea me apasiona y me intriga, pues es relativamente fácil enunciarla y hasta identificar una historia fantástica, pero lo que resulta sumamente difícil es imaginarla y, todavía más, escribirla con eficacia.

Por eso este libro, La brevedad es una catarina anaranjada, que reúne un buen puñado de ficciones breves de Guillermo Samperio, resulta doblemente gozoso, pues en él, además de conformar una excelente forma de acercarse a la obra de este autor, se conjunta por primera vez una muestra más que significativa de su trabajo en este género volátil y dúctil que es la “minificción”, “ficción breve”, “minicuento” o “microrrelato”; es decir, como lo quiere Lauro Zavala: aquella narrativa literaria de extensión mínima, que puede ir desde una oración hasta dos páginas impresas a lo mucho, y que suele tener un carácter marcadamente experimental y lúdico.

La ficción breve ya ha adquirido carta de naturalización en nuestras letras, gracias precisamente al talento de escritores como Samperio que la han venido cultivando desde hace ya varios años, y cuenta con una amplia y nutrida tradición en nuestra lengua, cultivada por autores tan disímbolos y prestigiados como Ramón Gómez de la Serna, Julio Torri, Alfonso Reyes, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, José de la Colina, Edmundo Valadés, José Emilio Pacheco, Agustín Monsreal y René Avilés Fabila, por citar sólo algunos.

No obstante, la ficción breve no se define únicamente por su extensión minúscula, sino que engloba otras particularidades que la han convertido en un campo muy socorrido por los escritores más recientes, no obstante que, en su aparente sencillez y facilidad, encierra múltiples complicaciones que hacen de ella un género sumamente intrincado, lo cual dificulta aun más el logro de la maestría.

En su Breve manual para reconocer minicuentos (UAM Azcapotzalco, 1997), la venezolana Violeta Rojo añade cuatro características más, además de la brevedad, para definir a este género:

1. Cuidado extremo del lenguaje, pues el autor debe utilizar las palabras exactas y precisas para describir y definir situaciones en pocas y justas pinceladas, con apenas unas pocas palabras.

2. Anécdota comprimida, en la cual muchas veces el argumento ya está implícito y muchos datos no se proporcionan y solamente se sugieren, por lo que corresponde al lector decodificarlos, completarlos y desarrollarlos.

3. Utilización de referencias comunes o conocidas (también llamados “cuadros” o “marcos de conocimiento”), las cuales contribuyen a la brevedad y condensación de la anécdota, pues el autor de minificciones suele recurrir a temas conocidos o proporciona referencias comunes para no tener que explicar situaciones ni ubicar largamente al lector, por lo que en la minificción es frecuente el uso de la intertextualidad y, en menor medida, la metaliteralidad.

4. Estructura “proteica”, en la que pueden participar las características de otros géneros literarios, como el ensayo, la poesía, el cuento más tradicional, fábulas y palíndromos, así como reflexiones, recuerdos, anécdotas, listas de lugares comunes, fragmentos biográficos, definiciones de diccionario, las reconstrucciones falsas de la mitología clásica, instrucciones, reseñas de falsos inventos, entre muchos otros.

Sin embargo, podemos añadir otra característica de la ficción breve, enunciada por Guillermo Samperio en el epílogo de este libro singular:

El final sorprendente, a veces circular, a veces elusivo, en el que predominan “los que llevan una carga de humor negro severa; allí, el minificcionero deviene implacable, casi amoral, con tal de conseguir su propósito de relojero: que el mecanismo explosivo de su microprosa funcione a tiempo”.

Este libro es singular pues, a pesar de haber sido escrito a lo largo de los años —ya que incluye cuentos que han aparecido anteriormente—, parece haber sido concebido con la idea de lograr un todo unitario, no obstante los diversos registros, atmósferas, extensiones, ambientes y recursos utilizados.

Este libro es un rompecabezas fascinante, formado por decenas de piezas hermosamente trabajadas que le muestran al lector un espejo donde su rostro se transfigura gracias a la magia y el arte de la literatura.

 

 

IV. “LA PRÓXIMA CLASE VOY A MANDAR A MI DOBLE”

 

Intenso, locuaz, despistado, a veces iracundo, Samperio era, sobre todo, una persona con gran sentido del humor, un bromista consumado. Una vez me pidió que lo cubriera en uno de sus talleres porque tendría que salir de la ciudad. Le dije que sí. El día de la clase, en cuanto entré al salón, se escuchó una estruendosa carcajada colectiva. Me quedé pasmado ante tal recibimiento, no supe qué decir y no pregunté nada sino hasta el final de la sesión:

—¿Por qué se rieron al verme entrar?

—Es que el maestro nos dijo la semana pasada: “La próxima clase no voy a venir yo, sino que voy a mandar a mi doble”.

En otra ocasión me dijo:

—Oye, tocayo, qué raro que tú y yo nunca nos hayamos peleado, si yo a todo mundo le echo bronca.

—Pues nomás atrévete a echármela a mí —le respondí, y reímos de buena gana.

A pesar de todo, en los últimos años nos frecuentamos ya muy poco, coincidimos un par de veces en lugares públicos, pero era evidente que su salud estaba muy deteriorada. Espero que haya emprendido el viaje al otro lado por lo menos tranquilo y satisfecho. Querido y admirado por algunos, denostado y malquerido por otros, Guillom (como le gustaba que le dijeran sus amigos) logró en vida lo que muchos sólo obtienen con el paso del tiempo: el reconocimiento a su obra.

Si tuviera que recomendar algunos de los más de 50 libros que publicó Guillermo Samperio, serían las colecciones Cuando el tacto toma la palabra. Cuentos, 1974-1999, editada por el Fondo de Cultura Económica; sus Cuentos reunidos (Alfaguara, 2006), y Maravillas malabares, antología preparada por Javier Fernández y con notas de Ana Belén Ramos, publicada por la editorial española Cátedra en 2015, la cual “celebra la imaginación sin límites y la poética hermosa de Guillermo Samperio, uno de los cuentistas más importantes de la literatura mexicana contemporánea”.

 

*Publicado por la Revista de la universidad de México en febrero de 2017


Tata Dios en Cuajinicuilapa

(Algunos datos sobre la estancia de Francisco Goitia en Montecillo)

Eduardo Añorve

Cuando Goitia ganó el Gran Premio Internacional de la Primera Bienal Interamericana de Pintura y Grabado de 1958 estaba en Cuajinicuilapa, en la localidad de Montecillo.

En Montecillo, durante unos meses de ese año, a Francisco Goitia la gente lo conoció como Tata Dios, por la larga barba que traía y por vestir de blanco y ser blanquito, además de comportarse como buena gente y parecer venerable.

El zacatecano no se enteró en su momento que por su cuadro intitulado Tata Jesucristo había sido el ganador del primer premio de pintura en la Bienal, organizada por el Instituto Nacional de Bellas Artes, la Secretaría de Educación Pública y el Museo Nacional de Artes Plásticas, del 6 de junio al 20 de agosto, en las salas de este museo, en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México.

La Bienal fue una exposición nutrida con pinturas y grabados de artistas de Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Haití, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

«La importancia de esta Primera Bienal pronto quedó de manifiesto, pues antes de su inauguración despertó las más encendidas controversias entre espíritus al parecer increíblemente misoneístas (hostiles a las novedades) y aquellos más abiertos a la comprensión universal del hombre. En este enorme muestreo de la pintura y grabado de todo un continente, de manera elocuente mostráronse las tres corrientes vigorosas que le personifican en materia de arte», según reseñó por esas fechas el historiador de arte Xavier Moyssen Echeverría.

Al evaluar la Bienal, Moyssen escribió: «A nuestro juicio, el lote mexicano estuvo mediocremente seleccionado por los propios artistas concursantes. Sin embargo, lo salvaron, aparte de Goitia, Cordelia Urueta, Juan Soriano, Jesús Guerrero Galván y, sobre todo, los dos cuadros de ese gran maestro que es ya, Guillermo Meza».

Goitia se encontraba lejos de la ciudad capital en esas fechas, cercano a unos cuantos kilómetros del Océano Pacífico, en las cálidas y extensas llanadas de la zona sur del municipio de Cuajinicuilapa, irrigadas por un constante viento del sur, cuyo clima es cálido, pero húmedo.

Según Joel Zapata Montalván, el pintor se hallaba hastiado del paisaje urbano y quería ver un mundo diferente, y que el ometepecense Constantino Zapata López le habló de la Costa Chica; interesado, Goitia decidió explorar estos rumbos para ver si encontraba panoramas que le fueran atractivos.

«Francisco Goitia ganó el Gran Premio Internacional, otorgado por la Secretaría de Educación Pública de México», consignó Xavier Moyssen; curiosamente, en ese mismo certamen también fue premiado Alberto Beltrán por su trabajo de grabado, con el Premio Panamericano, otorgado por la Universidad Nacional Autónoma de México, quien ilustró el libro Cuijla. Esbozo etnográfico de un pueblo negro, del Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán.

Pero cuando se emitieron esos dictámenes, en julio de 1958, el artista zacatecano ya se encontraba en Montecillo, donde vivía y pintaba, aunque a veces se quedaba a dormir en San Nicolás, localidad cercana a aquella y de la cual dependía. El cantante Tomás Anica Salinas asegura que él, siendo un adolescente, le llevaba la correspondencia a Goitia a Montecillo desde San Nicolás, y que a veces hasta lo trasladaba a él mismo en sus bestias equinas.

«Goitia llegó primero a Ometepec, por ser uno de los lugares más comunicados de la región en ese tiempo –relata a Semanario Trinchera Joel Zapata–; sin embargo, a él no le gustó esta población porque sus paisajes se le hicieron muy comunes y decidió seguir buscando otros, hasta dar con las llanadas de San Nicolás y Montecillo. Precisamente fue el piloto aviador de Ometepec Jesús Pérez, conocido como El Bode, quien lo llevó en su avioneta, y al ver Montecillo, el maestro Goitia dijo que le gustaba y que residiría allí».

Y vivió unos meses en esa comunidad compuesta mayormente por criollos (descendientes de indios amuzgos y mixtecos y de sudsaharianos que fueron esclavizados y traídos, de la cultura bantú-conga) en los cuales predominan los rasgos de estos últimos.

También relata Zapata Montalván que en la ciudad de México, después de que resultara ganador de la Primera Bienal, los funcionarios del INBA y la SEP buscaban a Francisco Gotia sin encontrarlo y sin tener noticia de su vida, ni de su lugar de residencia.

Hasta que «alguien les dio indicios de que el maestro Goitia andaba por Oaxaca», comenta, sin precisar.

Tata Dios estaba en Montecillo. Algunos informantes aseguran que el pintor vivía de manera frugal: Comía una sola vez a día; mandaba a que le guisaran un caldo de pollo en blanco y se lo comía enterito; pero nomás daba una comida al día.

Montecillo, en esos tiempos, no contaba ni cien casas; incluso, todavía no dotaban a los campesinos (la mayoría oriundos de San Nicolás) de terrenos ejidales, sino hasta diciembre de 1962; vivían y trabajaban en terrenos de sus parientes, los ejidatarios de San Nicolás, a quienes les birlaron esos suelos.

Allí, entre medio de casas de jaulilla y grandes árboles, chiquitillos y animales pululando por las calles, el maestro dibujaba y pintaba todo el día –comentan–, no hacía otra cosa que pintar. Pintó a unas muchachas; a una le hizo un cuadro, el cual le regaló, pero no se sabe qué pasó con él (parece que la familia del pintor lo recogió cuando vinieron para llevárselo al altiplano, aventuran).

Allí vivía ajeno al ajetreo causado por la Primera Bienal.

«Pero nuestra crítica mayor está en contra de la admisión de Atl y Goitia como artistas concursantes; su participación, honrosa, por otra parte, debió ser puramente de homenaje pues restó posibilidades, por razones fácilmente comprensibles, para que triunfaran los otros artistas», escribió, sobre el barullo que causó la Bienal, Moyssen Echeverría.

Y precisó: «La presencia de Francisco Goitia con su ya clásico Tata Jesucristo, no dejamos de comprender que dignificó a la Bienal, mas nos parece injusto el premio que se le dio, no porque no lo merezca un gran maestro como él, pero todos sabemos que su obra extraordinaria obedece, más bien, a un tiempo y un espacio determinados por circunstancias históricas. La obra poética del Hombre se hace y se rehace constantemente, y un estímulo mayor habría resultado tal premio para un Guillermo Meza o a un Juan Soriano que, con su pintura, están rehaciendo hoy la obra del Hombre».

Sobre la inscripción de su cuadro Tata Jesucristo en esta Primera Bienal, no se sabe si fue él quien lo hizo, o ni si contó con su consentimiento, en el caso de que haya sido inscrito por alguien más.

A decir de Zapata Montalván, fue don Herminio Noyola, oriundo de la vecina localidad de Santiago Tapesla, estado de Oaxaca, y residente en Montecillo, quien le dio hospedaje al artista en su casa.

Una vez que las autoridades de la SEP se enteraron de que el maestro estaba en Montecillo, vinieron a por él. «Vino su familia y se lo llevó; se llevaron todas sus cosas», comentan en la cuadrilla.

Sin embargo, algunos de sus cuadros y dibujos y bocetos y otros enseres quedaron en Montecillo; incluso se dice que alguien propuso a alguna persona cuyo nombre no se conoce: «El viejo barbón dejó esas cosas; ¿por qué no te las llevas?».

Pero «Mauricio Magdaleno, quien era subsecretario de la SEP, ordenó que se trajesen los cuadros de Goitia», asegura Joel Zapata, y cree que «el cuadro quedó en casa de Herminio Magadán, un maestro de Derecho», refiriéndose a la pintura Madrugada en Montecillo, Guerrero (1958).

De los cuadros que el artista pintó durante en esos cinco meses que vivió por acá, de los que se tiene noticia pública, se mencionan tres: Mañana de marzo/Paisaje de marzo, Mañana de mayo/Paisaje de mayo y Madrugada en/Paisaje de Montecillos.

 

Datos del Fondo documental Francisco Goitia

 

Rebeca Jiménez Calero, en la Guía-inventario del Fondo documental Francisco Goitia anota: «Francisco Goitia García nació en la Hacienda de Patillos, municipio de Fresnillo, Zacatecas, el 4 de octubre de 1882. Aunque su padre tenía intenciones de que se dedicara, como él, a la administración de haciendas, Goitia mostró interés desde pequeño por las artes plásticas. Hacia 1898 se trasladó a la ciudad de México y se inscribió en la Escuela Nacional de Bellas Artes (Academia de San Carlos), donde recibió enseñanzas de los artistas Germán Gedovius, José María Velasco, Julio Ruelas, Santiago Rebull y Félix Parra».

Allí precisa: «Hacia 1944 fue contratado por la Secretaría de Educación Pública como productor de pintura, por lo que se comprometió a entregar una obra al año. Asimismo, se desempeñó como profesor de artes plásticas de niños de primaria. En 1958 se llevó a cabo la Primera Bienal Interamericana de Pintura y Grabado convocada por el Instituto Nacional de Bellas Artes; el jurado, formado por Miguel Salas Anzures, Justino Fernández y David Alfaro Siqueiros, decidió otorgar el Gran Premio Internacional a Francisco Goitia por su obra Tata Jesucristo.

»En ese tiempo, debido a su precaria salud, se le recomendó trasladarse a un lugar más templado y se instaló en Montecillos, Guerrero, donde capturó en sus pinturas varios amaneceres y atardeceres de la zona. A finales de 1959 regresó a Xochimilco con la idea de concretar el proyecto de construir una galería que albergara su obra y para la cual había adquirido terrenos que colindaban con el suyo. Sin embargo, su estado se deterioró aún más y el 26 de marzo de 1960 falleció en su choza a la edad de 78 años».

De acuerdo con esta guía-inventario, el 26 de enero de 1958, Goitia está ya en Ometepec, en el inicio de su incursión a la Costa Chica.

Ya en Montecillos, José Farías Galindo, cronista y y director del Archivo Histórico de Xochimilco, le comunicó por carta (fechada el 20 de junio en esa delegación del D. F.) que fue electo ganador de la Primera Bienal.

El 24 de junio, Zócalo, periódico de la Ciudad de México, publica la nota intitulada Muy enfermo de asma, Francisco Goitia se refugia en Guerrero.

Y el 28 de junio, el noticiero Cine Mundial publica la nota Todavía no sabe Goitia que ganó la Bienal; Jiménez Calero la resume así: «Nota en la que se afirma que por encontrarse en la selva oaxaqueña, Francisco Goitia desconoce que ganó el Gran Premio Internacional en la Bienal Interamericana de Pintura y Grabado».

Pero el maestro no está interesado en esas cosas, pues responde a su amigo y protegido José Farías, en carta datada en Montecillos, el 10 de julio, que «le agradece las noticias inesperadas (el premio de la Bienal) y afirma que no puede decir nada de su regreso, pues está comprometido con su trabajo».

Todavía el 13 de julio, Cine Mundial publica la nota ¡Misterio! Insisten: ¿Dónde está el triunfador de la Bienal?, cuyo resumen es: «Nota en la que se afirma que aún no se ha podido localizar a Francisco Goitia y que posiblemente se encuentre en las selvas de Chiapas o Tehuantepec».

Y el 22 de julio, este medio de comunicación insiste, con la nota Sigue la incógnita... Pero, ¿dónde está Goitia? Ni quién encuentre al triunfador de la Bienal del inba, la que «anuncia que sigue sin conocerse el paradero de Francisco Goitia y que de no aparecer antes de la clausura de la Bienal, el premio que se le concedió tendrá que ser devuelto al Estado».

Farías Galindo, el 28 de julio «le anexa artículos de El Nacional y Cine Mundial, en donde se dice que si no se presenta antes del 20 de agosto, perderá el premio de la Bienal; además, le comunica que su exposición en la Galería Clemente Orozco está teniendo éxito».

Finalmente, Cine Mundial publica ¡¡Localizado Francisco Goitia!!, que es una «nota en la que se transcribe una carta que envió Francisco Goitia a José Farías Galindo, en la que le comunica que aún no ha recibido notificación oficial del Premio de la Bienal. El pintor se encuentra en el estado de Guerrero»; ello, el 31 de julio.

A mediados de agosto, el maestro Goitia se encuentra en la Ciudad de México; incluso, es retratado leyendo un ejemplar de la edición del día 15 de Cine Mundial.

El 1 de septiembre, se avisa públicamente que «Francisco Goitia regresará a su casa al terminar una pintura en Montecillos, Guerrero».

El 25 de septiembre, El Universal «anuncia que Francisco Goitia exhibirá dos nuevas obras en el Museo de Arte Moderno: Mañana de marzo en Montecillos y Mañana de mayo».

Al final, el 30 de septiembre de 1958, Gotia leyó un discurso al recibir el premio.

Ya no regresó a Montecillos, pero no olvidó a la gente ni al lugar ni a los paisajes en que paseó. En carta a José Ángel Ceniceros, secretario de Educación Pública, fechada el 24 de noviembre de 1958, «le solicita pizarrones, banderas mexicanas y retratos de héroes nacionales para las escuelas de San Nicolás y Montecillos, Guerrero».

Casi dos años después, el Diario de Acapulco, el día 10 de abril de 1960, reportó: Fueron rescatadas las obras de Goitia en la Costa Chica: «Nota sobre el rescate de obras y objetos pertenecientes a Francisco Goitia, que dejó en Montecillos, Guerrero».

 

Epílogo

 

Desde algunos años, los lugareños han agregado el nombre del maestro pintor al de su pueblo y lo llaman Montecillos de Goitia.

En 2020, hay personas de Montecillo que hablan de Goitia como si lo hubiesen visto, cuentan anécdotas escuchadas a otros y hasta dicen tener recuerdos sobre él; incluso, un chofer cuyos familiares estuvieron en contacto con Tata Dios recuerda un corrido sobre la estancia del artista en esa comunidad, aunque no recuerda quién lo compuso ni quién lo canta; apenas recuerda algunas estrofas, que canturrea de cuando en cuando, en espera de saber más, tanto del corrido, como de Francisco Goitia García y los cuadros que pintó allí, quien vivió y vive entre ellos, y cuya huella todavía los enriquece.


Envelope Poems de Emily Dickinson

Escritos dentro de su período más radical, estos Envelope Poems aparecen como textos extremadamente vivos y cargados con una especial intensidad, dirigidos a nadie y a todos al mismo tiempo.

Estos Envelope Poems de Emily Dickinson, más que poemas son anotaciones marginales. Las primeras datan de 1864, pero la mayoría fueron escritas entre 1870-1885. Se trata de ejercicios entre el mensaje y el medio, es decir, entre la palabra escrita y la composición visual.

Con una letra desprolija y desordenada, parecen haber sido liberados en la oscuridad. Estos manuscritos fueron construidos en las esquinas de sobres de gran tamaño.

Escritos dentro de su período más radical, estos Envelope Poems aparecen como textos extremadamente vivos y cargados con una especial intensidad, dirigidos a nadie y a todos al mismo tiempo.

Las transcripciones nos permiten leer/mirar los textos de manera exacta, tal y como Emily Dickinson los concibió (variación de palabras, tachaduras, disposiciones, espacios, columnas, etc.).

 

En esta corta vida
que sólo dura una hora
simplemente
Qué tanto – qué
poco – está
dentro de nuestro
poder


 

Están aquellos
que son superficiales
intencionalmente
y sólo
profundos
por accidente

mirada
por la cual
dejo de
existir –


 


 

Extraído de Emily Dickinson, Envelope Poems, Christine Burguin / New Directions, 2016. Presentación por Camila Evia y traducción por Juan Arabia.

 

Remington 12

De la década de 1920.

Del 6 al 12 de enero de 2020

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