Casa vieja.

La casa vieja

Por: F. Domela Nieuwenhuis

En cierta calle de cierta ciudad había una casa tan vieja que amenazaba derrumbarse, en cuyo caso muchas familias que la habitaban hubieran quedado sepultadas bajo las ruinas. El propietario era muy avaro y no le inquietaba el estado de su finca, por más que viera el peligro que corrían los vecinos; pero, en cambio, era muy severo en exigir la puntualidad en el pago de los alquileres.

La mayor parte de los inquilinos eran personas sencillas, buenas, demasiado ingenuas. Cuando oían crujir los muros o veían caer alguna piedra —signo precursor de próxima ruina— se decían que esto no significaba gran cosa y que todo quedaría largo tiempo de igual modo; además, el propietario refería que siempre había estado así.

Sin embargo, el peligro amenazaba cada vez más. Se descubrió que la sola avaricia del propietario era la causa del mal estado en que se hallaba la casa y algunos vecinos que murmuraban fueron desahuciados por vía de justicia. Puede decirse que no pasaba día sin que ocurriese algún accidente, a veces bastante serio.

Aumentaba el número de los murmuradores; pero el propietario era un mal hombre. Maliciosamente sembró entre sus inquilinos la desconfianza y la división, de tal modo que las disputas y querellas vinieron a ser lo esencial y fue olvidada la causa principal, o sea la ruina de la casa.

El propietario se reía de la estupidez de sus inquilinos.

Cada día la casa se hacía más vieja y ruinosa. Alguno tuvo el valor de exigir reparaciones.

El propietario tuvo miedo. Los inquilinos pagaban sus alquileres como antes, pero ya no eran sumisos. Buscó todavía el medio de calmarles. Prometió todo lo que quisieron y no hizo nada.

Al fin, uno de los inquilinos reunió a los demás y les dijo: "La casa que habitamos es una casa desgraciada; todos los días somos víctimas de dolorosos accidentes; alguno de nosotros ya ha llevado al padre, la madre, el hermano, la hermana, el hijo o el amigo al cementerio. La causa de todos estos accidentes es el propietario, el cual sólo piensa en los alquileres y no en los inquilinos. ¿Debe esto durar mucho tiempo? ¿Seremos siempre tan necios para soportarlo? ¿Continuaremos enriqueciendo a ese avaro, arriesgando a cada instante nuestra vida?". Muchos respondieron en alta voz: " ¡No, no, basta!". "Pues bien", continuó el organizador de la reunión, "escuchadme...". Y expuso que se debía exigir al propietario la demolición de la casa y la construcción de una nueva, más moderna y que respondiese mejor a los principios de la higiene, porque ya era inútil toda reforma en el viejo caserón.

Muchos juraron no descansar hasta que la casa fuese demolida y se hizo una activa propaganda por esta idea. Desgraciadamente, les faltaba el talento de la palabra y del escrito.

No faltaron vecinos de casas próximas que ofrecieron sus ser-vicios, puesto que conocían el arte de hablar y de escribir.

Se consideraron felices con esta oferta algunos de los interesa-dos. Eran los ingenuos, que olvidaban pronto y con facilidad. Otros, por el contrario, recordaron que ya en otros casos algunas personas habían ofrecido sus servicios, pero que nada habían hecho. "Sed prudentes, decían a los vecinos, ¿cómo queréis que un hombre que habita en una casa sólida y bien arreglada, que no conoce los peligros y la condición de una casa ruinosa, pueda representar nuestros intereses?

Nada quisieron escuchar. Los señores que habitaban buenas y sólidas casas obtuvieron la representación de los habitantes de la casa vieja, visitaron al propietario y, a pesar de su talento oratorio, no consiguieron ningún resultado. Indujeron entonces a sus representados a que enviasen al propietario un número mayor de representantes.

Como el propietario era rico, fueron muchos los que se disputaron el honor de ser nombrados representantes, para ir a visitarle. "Mirad", parecía que andaban diciendo por la población los ambiciosos satisfechos que iban a visitar al propietario, "nosotros estamos en relaciones con este gran rico".

Desde entonces, raramente se presentó la cuestión: " ¿Cuáles son las mejoras de que hay necesidad?". Y muchas veces esta otra: " ¿Cuáles personas representarán los intereses de los inquilinos?".

La disputa continúa siempre. Los inquilinos habitan siempre la casa vieja, cada día más ruinosa, más peligrosa, y el propietario se ríe tranquilamente de la ingenuidad de los que continúan pagándole alquileres y enriqueciéndole.

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