Mickey Mouse

Un cuento de un cuento

Por: Mario Wandu

Marla camina como todos los días a casa de su abuela, en el camino encuentra una bolsa plástica, la toma y la abre. En ella hay algo muy extraño, se trata de un juego de ocho cartas, todas coloreadas diferente pero son la misma escena grotesca representada en todas: la cara y el cuerpo de un hombre con un abrigo hecho de perros feroces. Al parecer, Marla no distingue si son los perros o el hombre de la imagen quien devora algo.

Ella corre rápido para mostrarle a su abuela el hallazgo, en el camino tropieza con Mickey Mouse y le dice:

—Hola.

El ratón le grita:

—Eso que traes en la bolsa me pertenece, ¡dámela!

Ella corre más rápido, el ratón corre tras ella. Marla alcanza ya a ver la puerta de la casa de su abuela y hace su mayor esfuerzo, al llegar golpea efusivamente la puerta y grita:

—¡Abre con una chingada!, ¡el ratón me quiere agarrar!

Amalia, la abuela de Marla contesta desde dentro:

—¡Ya voy, no me chingues tanto!

La anciana se levanta del retrete, toma un pedazo de papel y se limpia, luego toma su bastón y camina hacia la puerta. Amalia llega a la puerta y al abrirla, sus ojos no pueden creer lo que ella ve… su nieta está muerta o al menos eso parece, Mickey Mouse está llorando encima de ella.

Amalia preocupada le pregunta a Mickey:

—¿Qué pasa, Mickey? ¡Contesta, ratón culero!

Lo toma del cuello y lo amenaza:

—¡Dime que pasó o te corto las orejas!

Mickey está aterrorizado, grita llorando:

—¡Yo la maté! ¡Yo la maté! ¡La apachurré con mis pinches nalgotas!

—¿Por qué? —pregunta Amalia.

—No me quiso dar las cartas —responde Mickey.

—¿Cuáles pinches cartas? —insiste Amalia.

—Las cartas mágicas para regresar.

—¿Para regresar a dónde?

—Para regresar —repite Mickey.

—¿A dónde? No hay a dónde ir, todos estamos aquí —repara Amalia.

—¿Aquí, en dónde? —pregunta Mickey.

—¿Pues, dónde más? En él, en ella, en ti…

Amalia le arrebata las cartas al infeliz ratón, ella se quita un zapato y de un solo golpe lo mata. Cierra la puerta de un golpe, de inmediato siente un fuerte dolor de estómago, se dirige al baño. Araña las paredes. 

A través del espejo del baño, se refleja  un voyerista vestido con un abrigo hecho de perros que lo ha visto todo, el observa como Amalia se levanta de la taza y toma carta por carta, carta por carta, carta por carta, carta por carta.