S U P L E M E N T O

Número 15. Año I. 27 de septiembre de 2017. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.
Minerva.

Negro y danza

[Fragmento de ¡Ese negro ni necesita máscara!]
Por: Jorge Amós Martínez Ayala

El sudsahariano ha estado asociado indisolublemente al baile para el imaginario eurpeo. El tratante de afrodescendientes consideraba fundamental para conservar viva su cargazón de esclavos, durante el viaje trasatlántico, el hacerlos bailar. Se estableció entonces, como regla, subirlos a cubierta , al son del látigo, obligarlos a moverse.

El sudsahariano se incorporó a contextos religiosos desconocidos, llevando con él su movimiento, su danza. Las ‘congadas’, el ‘maracatú’, ‘las culebras’, son comparsas procesionales que salen los días de fiesta en América y le permitieron recrear un poco el culto a los muertos que realizaban las sociedades secretas en África. Su danzas tienen un carácter erótico en el movimiento, porque vida y muerte están ligadas. Para darnos una idea, pongamos atención a una descripción contemporánea de una danza africana, bantú:

Tienen gran difusión las danzas convulsivas atenuadas en el territorio de los bantú. El hombre de color se mueve desordenadamente, jadea y da puntapiés con una regularidad y la fuerza de una máquina de vapor. Saltan sus polleras y collares. A veces flexiona las piernas, alzando y bajando el cuerpo durante horas enteras. El vaivén y el balanceo son hasta tal punto características africanas... Al comienzo los participantes describen generalmente zigs zags de uno a otro lado, dando pasos cortos con los que arrastran los pies, o caminan de atrás hacia adelante, marcando los pasos con fuerza. Muy pronto entrados en calor, se quitan las livianas prendas exteriores, ajustándose más las interiores. No dan aún muestra de fatiga. Por el contrario, el ‘tempo’ se aviva, el danzarín se comporta de modo cada vez más salvaje y apasionado, sepárase entonces del grupo un artista hábil, se ubica en el centro y comienza a hacer contorsiones convulsivas que afectan la parte superior de su cuerpo. Los movimientos se concentran particularmente en la musculatura abdominal. Salen luego dos hombres que se colocan en primer plano y, danzando uno hacia otro, ejecutan salvajes mociones de carácter erótico, exhibiendo la región pélvica. Después ambos bailarines, simulando la constitución de una pareja, se entregan a escenas amorosas, cuya observación se hace desagradable. En la medida que aumenta el realismo de aquellas. [Curt Sachs]

Ante tal descripción es entendible por qué la ‘lascivia’ del movimiento del sudsahariano fuera construido en los imaginarios de las autoridades virreinales, qiuenes, ajenas al mundo simbólico sudsahariano, interpretaron las danzas desde su referente cultural. Las descripciones de los bailes de los afrodescendientes enviadas a la Inquisición para que ésta los prohibiese son prolijas en detalles y coinciden con las hechas por los viajeros en África. La ocasión que tuvieron los esclavos para realizar sus bailes siempre fue en un contexto religioso europeo, a él, los afrodesdencendientes respondieron desde su propia tradición religiosa, donde la danza es parte fundamental, causa de escozor a las autoridades. El Viernes de Dolores, en Valladolid, se bailaba el son del Saranguandigo: el baile reducido à meneos lascivos, y escandalosos. Este mismo son era bailado en las tepacherías de la ciudad de México unos años después, en 1771. Lo que daba el carácter profano o religioso a una danza era la función que ésta desempeñaba en el contexto total de un festejo y del lugar donde se ejecutaba: cuando se realizaba frente a un altar en honor de la Virgen, tenía un carácter religioso; pero también se podía hacer en una tepachería, en un ambiente profano. Se trató de ambos casos del mismo baile, cuyo sentido estuvo determinado por el contexto; para los descendientes del sudsahariano, los mulatos y las castas, el índole sacro no era ni es inherente al objeto, la sacralidad es dada por la intención.

El baile ritual o mero afán lúdico sirvieron para la integración social: indios, mestizos, mulatos y criollos participaban frente a frente en este tipo de reuniones. El fandando se consolida claramente en el inicio del siglo XVIII, adquiere sus características definitorias y, de aquí en adelante, cualquier reunión de baile, bebida y comida, cualquiera que fuera el motivo, era un fandango [Álvaro Ochoa deriva el término de cierta palabra empleada en Ghana. Rolando Pérez Fernández ha localizado la palabra fandango en una traducción de la Biblia al kimdunbu –lengua bantú de Angola– como sinónimo de caos, en contraparte a huapango: el orden de la creación]. Los había en honor de la bendicion de una imagen familiar, por bodas o cumpleaños, en los ‘combates’ que se organizaban para celebrar el término de la cosecha, en honor de los insurgentes y los surgían sin motivo, nada más por gustar del fandango. Para los hijos de los criollos de la casta dominante el fandango se convirtió en un atractivo, en tanto que para las autoridades fue motivo de preocupación. Los fandangueros eran mal vistos y las casas donde se hacían los fandangos se consideraban lugares de perdición. Los principales de las repúblicas española e india renegaban del gusto que los jóvenes y las casas, descendientes de los sudsaharianos, tenían por el baile. Manuel Gaspar Ramírez, un indígena cacique de la ciudad de Valladolid, se oponía a que su hijo contrajera matrimonio con una mulata porque al irla a pedir

 

... no encontré a Romualda en su casa, y parecer de su misma Madre, que estaba en un fandango en una casa tan sospechosa que llaman El Paraíso y la Madre con todo disimulo la envió a llamar para nuestra contesta.

 

Tanto la danza religiosa como el baile que realizaban los afrodescendientes tenían movimientos de mímica sexual que violentaban las concepciones barrocas del cuerpo. Baste colocar aquí el multicitado ‘Chuchumbé’, en el que, además de los versos de doble sentido

 

...el baile es con ademanes, meneos, sarandeos contrarios todos a la honestidad y mal ejemplo de los que se ven como asistentes, por mezclarse manoseos, de tramo en tramo, abrazos y dar barriga con barriga, bien que también me informan se baila éste en casas ordinarias de mulatos y gente de color quebrado.

 

En muchas partes del país se encuentran referencias a estos bailes de afrodescendientes, que varias veces realizaron como parte de un rito religioso, aunque ahora era ‘cristiano’. el gusto del sudsahariano y sus descendientes por el baile quedó evidenciado en la tradición oral:

 

–Hija, ¿a qué llaman?

–Madre, a la misa.

–¡Ay, quién pudiera!

–Hija, ¿a qué llaman?

–Madre, al sermón.

–¡Ay, yo quisiera!

–Hija, ¿a qué llaman?

–Madre, al fandango.

–Tráeme mi bordoncito,

me iré arrastrando.

 

Mientras los fandangos de los afrodescendientes se transformaron en los diversos bailes mestizos característicos de cada región del país, ¿qué pasó con la danza sacra de los sudsaharianos y sus descendientes en México? ¿Hubo alguna? ¿Desapareció? Supongo que no, que está presente en la multitud de ‘danzas de negritos’ existentes en el país, danzas donde la máscara y el zapateo son fundamentales.

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