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bala perdida

 

 

 


Vendetta a
la italiana

Santiago Alfaro

 

 

 

 

 

Edmond Dantés llegó al lugar acordado a las cuatro treinta de la mañana, media hora antes de la cita. Visualizó la fuente y buscó un sitio arriba de un edificio colindante para comenzar la emboscada. Se puso de acuerdo con Luigi Vampa para envenenar a Danglars. Fue difícil hacer todos los arreglos. Danglars, en su desesperación tras la pérdida de recursos por causa de la bolsa, escapó de Francia y siguieron sus pistas por todo el orbe, hasta que lograron localizarlo en un rincón de Latinoamérica.

Arriba de los edificios cruzando la calle, Edmond pudo apreciar la sombra larga, esbelta y de movimientos finos de Vampa. Al acercarse, éste le lanzó un muy discreto silbido, al que respondió El Conde. Luigi sacó de su bolsa una cuerda con gancho y al primer intento logró acertar el tiro en la azotea del otro lado, cruzando con agilidad la calle a doce metros de altura.

–Buon giorno, compte –con los dedos de la mano derecha el ladrón tocó el ala de su sombrero de fieltro.

–Luigi –el conde no estaba para formalismos. El ruido de los malabares lo tenía un poco nervioso. ¿Por qué demonios no llegó por esta acera? ¿Era necesaria tanta fantochería? No dejaba de voltear a la calle–. ¿Trajiste el veneno?

–¿Cuándo te he quedado mal, buen amigo? ¿Después de todo lo que hemos pasado juntos, de nuestra hermandad, de todas las borracheras en la guilda… en serio dudas de mí?

–Bueno, ¿lo trajiste o no?

–¿Y el dinero?

–Aquí está. Quinientos dieciséis euros. Cuéntalos.

–¿Quinientos qué? Buen amigo, el acuerdo eran un millón de liras…

–¿Y dónde vamos a encontrar liras? Hace venticuatro años dejaron de existir. ¡Y mira que estuve buscando en todas las numismáticas de la región! Niente de liras.

Refunfuñando, el ladrón tomó los billetes y, desilusionado, contó hasta la última moneda.

–Está bien, está bien… soy fiel a mi palabra. ¡Aunque no me alcanza ni para el avión! ¡Fueron setecientos euros y todavía tengo que comprar el de regreso!

–Ése es tu problema. Ahora calla y regrésate a tu puesto, que no tarda en llegar Danglars.

Luigi asintió, se acercó a la cuerda. Iba a colgarse de vuelta, pero vio la hora en el celular y decidió mejor desatorarlo de la almena para no tener que regresar después. Aventó el gancho al otro lado dejando escapar un estruendo.

–¡Luigi!

–Tranquilo, tranquilo. Ya voy.

El conde, desesperado, puso la mano en la cara mientras veía de reojo la figura de Vampa cruzar la calle para después brincar a una escalera de incendio y regresar a su puesto.

–¡Por eso en mi León, Guanajuato, la vida no vale nadaaaaa…! –el coro de ambos borrachos llamó la atención del conde, que se agachó lo más que pudo mientras veía acercarse a Danglars con Ramiro, su cómplice en la emboscada. A duras penas podían caminar. Aún traían una botella de tequila que se pasaban uno a otro como si no se hubieran servido lo suficiente.

Otra vez el silbido de reconocimiento.

Luigi sacó su cerbatana y esperó la señal del conde.

Los dos peneques se acercaron a la fuente y se sentaron en la orilla. Danglars, sin repudio, se quitó los zapatos, se subió los pantalones y divertido, dijo con marcado acento francés:

–¡Ramiro! ¡Métete conmigo, anda!... ¡Pero mira nada más! ¡Están orinando! –las carcajadas resonaban en las calles vacías–. ¡Los niños están orinando!

–Sí, pues… ¡es la Fuente de los Niños Meones!

–Hay una en Bruselas, ¡pero para nada tan divertida como ésta! ¡Hay que acompañar a los chiquitines! –se bajó el pantalón y dejó ver sin vergüenza su miembro.

–Señor Danglar… ¿es de familia?

–¿Qué co…? ¡Ah! ¡Sí! ¡El pene grande es muy de los Danglars!

Horrorizado, el conde hizo la señal.

¡Pft! ¡Pft!, sonaron los dos cerbatanazos. Uno le dio en el cuello a Danglars, que cayó inmediatamente al agua, el otro en el pecho a Ramiro, que se posó un segundo después, inconvenientemente justo sobre el sitio que miraba con tanta fruición.

Edmond y Luigi bajaron rápidamente.

–¿Cuánto tiempo tenemos?

–No más de media hora, conde. Dime qué hacemos.

–Regístralos.

El conde se escondió en las sombras y vigilaba atentamente, pero nadie se acercaba. La Plaza Tapatía estaba desierta.

–Danglars tiene cuatrocientos pesos, un reloj de oro y un florete.

–Son tuyos. Registra a Ramiro.

El mexicano tenía una mochila. La abrió y esculcó. Luigi volteó a ver repentinamente al conde.

–¿Qué?

–Ven a ver.

Ante ellos se encontraba un portento. De color rosa, traslúcido, como gelatina, enorme, labrado con un detalle asombroso: las venas, el prepucio retraído.

–Éste mejor se lo queda usted, mi buen amigo.

–No, muchas gracias, Luigi. Tengo una mejor idea.

Aprovecharon que Danglars ya tenía abajo los pantalones y con cierta dificultad, mientras el conde levantaba la pelvis del traidor, Luigi introdujo el portentoso objeto hasta el tope. De los pulmones de la víctima salió un sentido pujido. Sacaron sus celulares y se tomaron no menos de diez fotos cada uno, mofándose de su víctima. Sea por la manipulación directa o por la estimulación trasera, el otro portento, el de carne, comenzó a entumecer, así que decidieron sacar más fotos con Ramiro primero poniéndoselo en la cara, después dándoselo a engullir y siguieron la ocurrencia hasta que, agotados por el esfuerzo físico, dejaron caer las dos marionetas humanas y cayeron los cuatro en la poco profunda colección de agua, lama y basura de diversas procedencias.

–¿Y ahora qué? –dijo divertido el bandido, mientras se quitaba de encima el cuerpo de Ramiro.

–¿Qué más, Luigi? –el conde pudo mantener el celular alejado del chiquero levantando la mano a más–. ¡A subir las fotos! ¡Ya quiero ver la cara de Danglars cuando se entere!

–¡Conde, es usted un genio de la venganza!

Los amigos salieron de la fuente, estilando agua y caminaron abrazándose hacia la Calzada.

 

 

 

 

 

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