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bala perdida

 

 

 

 

El deicida

 

Javier Reyes M.


 

 

1.

Hoy es primero de octubre. Te veo partir entre el caudal de agua que forman las gotas de lluvia y las gotas de mis lágrimas. Hoy, vestido de noche, con la sombra de Plutón sobre mi alma, juro ante tu sepulcro que no te dejaré ir y que no morirás. No importa el pago. No importa el sacrificio.

 

 

2.

Estoy en el último lugar del mundo, donde aterrizan súplicas y plegarias. Es en la profundidad del infierno donde espero encontrarte. ¿Te hallaré?

La Avenida de la Fe se estrecha hasta el horizonte, donde la perseverancia se encuentra con la ingenuidad. En lo alto, el cielo rojizo es otro camino con nubes dispersas que adoquinan el panorama. A los costados de la arteria se levantan templos, santuarios y adoratorios, unos encima de otros, riñendo por atención, intentando parecer más cardinales, más soberbios, más gloriosos. Algunos lo logran. Los más comunes no son otra cosa que burbujas de propósitos y pálpitos, mientras que los menos abarcan universos con sus galaxias en una sola mirada. Otros sitios son el epítome de fantasías sensuales, con el resto representando la conclusión de un suspiro, igual de efímeros y olvidables. Es claro que la carrera cósmica es inacabable. Resta ver quién gana la competencia por la humanidad, porque ni lo ominoso ni lo pretencioso del espacio definen lo fervoroso de sus creyentes: la fe no se mide con discursos sino con hechos.

Las palabras determinan y la convicción construye, aseguran literatos y lenguaraces, tan parecidos todos. Pero en la Avenida de la Fe tal hecho es indiscutible, palpable. Las palabras articulan realidades, le dan forma a los pensamientos, precipitan las ideas en cristales de materia. En un entorno tan mutable cualquier cosa puede ser cierta, pasar de lo onírico a lo concreto en un acto, de ser un resoplido a convertirse en un dios contemplador. Es en esta tierra donde he llegado a buscarte, a pensarte, a moldearte. Es aquí donde te encontraré, donde te daré fisiología y ánima. Sólo necesito que esperes. Un poco más.

 

 

3.

En el cruce con la Calle de la Ignorancia se alza una plaza que rompe el caos. Es La Plaza del dios sin cuerpo, origen por igual de criaturas paradisíacas y pervertidas. Ahí en el centro yace un pedestal sin estatua, con el espacio vacante, listo para la creación de un nuevo ente. Intento aproximarme, pero manos de dimensiones múltiples se alzan hacia mí. Son mendigos que entre murmullos y quejidos claman por una poca de compasión. Su esperanza no es que les arroje un mendrugo o una moneda. Ellos ambicionan mucho más, pues son desamparados de otra índole, urgidos de atención, damnificados del dogma. Son esbozos de deidades que convergen en masa buscando quien les escuche, quien les vea, quien les crea, cual navío en búsqueda del faro. Aposentar una mirada sobre sus carnes efervescentes les otorga fuerza, sentido y vida. Un lazo afectivo les posiciona y les arropa en este mundo, dándoles derecho a un palacio o una pagoda en la Avenida de la Fe. Por eso debo evitarlos. Ignorarlos salva mi existencia, pues un vistazo no les es suficiente. Demandan más. Sus voces llenan mi mente ordenando juramentos, exigiendo credos, suplicando por la fundación de una religión en su nombre o de un reino por una cruzada. Escucharlos es mortal: te desgasta hasta sangrar, convirtiéndote en el molar incómodo, en el hijo sacrificable.

Impuse mi voluntad sobre estos aspirantes. Dije no a cada una de sus peticiones o ruegos. Coloqué mi escepticismo frente a sus embates teológicos. Aseguré practicar la indiferencia como devoción (pues siendo la antítesis de la fe, su materialización sería paradójica) hasta liberarme del yugo de sus propuestas y del robustecimiento de sus ideales. No, yo no le daré ser al fanatismo ni a la herejía. Hay suficientes dioses de la Fortuna, de la Corrupción, del Bien Común o de la Compasión para añadir otros. Es necesario darle paso a nuevas formas de entendimiento, a nuevos principios, a la creación propia.

 

 

4.

Llegué por fin. Me planté frente al pedestal del dios sin cuerpo. Recordé el día que partiste, la forma en que besabas, los ruidos que emitías al hacerlo. Te pensé con todas tus formas, en tus dobleces, con cada tramado de tus genes. Planté una semilla de memorias en el lugar vacío. Mis ansías hicieron que germinaran rápidamente. Primero tomaste la apariencia de un globo minúsculo de carne. Luego fibras de calcio y proteínas conformaron un esqueleto inicial, para dar paso a hebras de conductos vasculares, músculos y tejidos que vigorizaron la figura. Tu cuerpo arcilloso bullía de bríos por vivir, por renacer.

Esforzando mis recuerdos modelé con mayor ahínco el sonido de tu voz y el latir de tu pecho. No terminaba mi creación cuando un agujero profundo brotó de la que sería tu cara. Intentaste comunicarte conmigo, pero sólo alcancé a entender un vago “ámame”. Con mayor entusiasmo destiné el resto de mis fuerzas a pensar en tu imagen, en alimentar tu mente con los fantasmas del pasado que en algún momento nos hicieron tan felices, haciendo de mis remembranzas las tuyas, de mis anhelos los nuestros.

Agotado, casi sin voluntad, vi nacer dos ojos inquietos que absorbían con curiosidad el infinito. Posaste tu mirada sobre mí en el momento justo en que comprendí la verdad detrás de tu ausencia: la muerte es un lugar mejor. En unos segundos tu contemplación incauta pasó a un mirar desdeñoso, a un desvarío de orgullo. “Dame tu vida” demandaste con tu mano ardiente sobre mi barba, mientras domabas la estupidez y la energía. Eras un dios. Descubriste lo que significa serlo y lo que comporta alimentarse del pensamiento de los otros. No podía negártelo siendo yo el causante. En vida te llevaste mi pasión, en muerte la voluntad y en divinidad, el alma. Al final, devoraste mi cuerpo inerte que para ese entonces era sólo un cascarón hueco, el resto te lo habías llevado tú. En mi desesperación olvidé que el amor contempla esos términos: siempre te condena.

 

 

Epílogo.

En el vacío de la perpetuidad, siendo parte de tu cuerpo supremo, te he escuchado decir que eres el origen de la humanidad tal y como la percibimos, es decir, que tú eres el principio y el fin, que tú me creaste a mí. Ambos sabemos que eso es una mentira, pero no puedo contradecirte. Hacerlo sería negarme. De cualquier manera, en cierta forma, tienes razón. Al final de cuentas he llegado a la única conclusión posible: tú eres la razón, tú eres yo.

 

*tacos: tacones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

C O M E N T A R I O S