Seguir:
Facebook
Twitter

bala perdida

 

 

 

 

La voluntad
de ser
novelista

 

Federico Vite


 

 

¿Cómo sabe uno si puede escribir una novela? Esta duda tal vez se resuelva con algunos consejos que uno de los maestros del talentoso Raymond Carver, John Gardner, publicó en Para ser novelista (On becoming a novelist, 1983), libro que se ha reeditado desde hace tres décadas. Este documento posee una cualidad esencial: alienta pues a quien desee iniciarse en una empresa literaria. Y un plus de este libro es el prólogo, escrito por el mismo Carver, ídolo de varios oficiantes del cuento, donde el autor de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor ? hace una semblanza de su mentor, quien le decía qué autores leer, cómo leerlos y por qué.

Para ser novelista es un texto que describe la pasión de Gardner por la literatura. Un tipo con virtudes para enseñar cómo se cuenta una historia. Gardner, a quien también le debemos el libro El arte de escribir novela (The art of fiction, 1987), no está convencido de que el periodismo sea el mejor trabajo para un aspirante a novelista; tampoco apuesta por quienes se vuelven policías, veladores o meseros. Los empleos de mucha actividad, aconseja, agotan al escritor, lo inhiben tanto como si fuera un oficinista. Para él, el oficio ideal es aquel que facilita la reflexión de la obra.

Considera pertinente que sin importar las labores diarias, el futuro novelista debe hacerse de un tiempo para crear su obra, debe darle absoluta importancia a su empresa y respetarla tanto como sea posible.

Pero el libro en cuestión no sólo aborda el manoseado tema de la falta de dinero. Aborda un aspecto que para muchos autores es una broma: la inspiración. Y este asunto, tan defendido por los seguidores del romanticismo europeo, es para Gardner un aspecto importante de la creación: “Cuando no está inspirado, el escritor tiene la sensación de que todo es mecánico, de que está hecho de componentes numerados: no ve el todo sino las partes, no ve espíritu sino materia; o para decirlo de otra forma, en dicho estado el escritor, cuando contempla las palabras que ha escrito, no consigue ver más que palabras en una página, no el sueño vivo que éstas han de desatar. Cuando de verdad escribe –cuando está inspirado–, el sueño surge lleno de vida: el escritor olvida las palabras que ha escrito y ve a sus personajes moviéndose por sus habitaciones, revolviendo en los armarios, buscando entre la correspondencia con gesto irritado, poniendo trampas, cargando pistolas. El sueño en que se halla es tan vivo e ineludible como los que se tienen al dormir, y cuando el escritor pone en el papel lo que ha imaginado, las palabras, por inadecuadas que sean, no le distraen de su ficción sino que le concentran en ella”.

Señala que hay quienes fácilmente propician su inspiración y hay quienes luchan mucho para llegar a ese estado. También explica que hay personas que nunca podrán inspirarse, pero no les augura mucho futuro como escritores. Se necesita, precisa, tener la voluntad para darle sentido a un mundo y mostrarlo tan vívidamente como sea posible.

El truco esencial para contar una historia, dice Gardner, radica en la aplicación de una estrategia: ocultar al lector información necesaria e importante con la intención de tomarlo por sorpresa al final de la trama. La clave es enfocar esa inspiración para que el lector sienta que atestigua un hecho extraordinario, sentencia, un hecho dosificado por la visión del novelista.

Sólo alguien incapaz de apasionarse por la historia de otra persona, alguien sin voluntad, alguien con ganas de fama y con poca disciplina, advierte Gardner, es un candidato ideal para odiar el oficio de novelista. No basta con estudiar mucho a los clásicos, diserta, hay que comprenderlos, ver en ellos a una persona que toma decisiones importantes en su vida. Si alguien no puede hacer esto, afirma, es muy difícil que logre ser un escritor.

En lo mágico, como en todo lo demás, los logros traen más logros, dice Gardner, pero el mayor de todos los consejos de Para ser novelista es el siguiente: “He llegado a la conclusión de que es mucho más satisfactorio escribir bien que escribir sólo lo suficientemente bien como para poder llegar a publicar”, confiesa.

Lo dice alguien que se involucró en la literatura de una manera peculiar y trágica. Cuando Gardner era pequeño, su hermano murió en un accidente con un tractor que iba conduciendo el mismo Gardner. Nunca se libró de las pesadillas y este hecho, unido a la afición por la literatura que había en su familia, le hizo tomar el arte de la ficción por remanso. ¿Por qué lo digo? Pues porque Gardner seguramente descubrió que la literatura también sirve para sanar heridas. Eso no viene en el libro Para ser novelista, pero es el telón de fondo. El autor diserta obsesivamente sobre la bondad de crear documentos que hagan menos pobre la existencia.

A veces creo que si yo siguiera al pie de la letra de la letra estos consejos que Gardner comparte, quizá tendría un libro en la editorial Planeta y sin duda alguna ganaría mi primer millón. Se vale soñar. Para ser novelista es un alegato a favor de la voluntad de escribir a toda costa, un libro que contagia la pasión por novelar.

 

*tacos: tacones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

C O M E N T A R I O S