La soledad del presidente

Humberto Santos Bautista

En el año 2021, cumpliremos doscientos años de vida independiente y, por alguna extraña razón, nuestra independencia nacional solo pudo ser posible por las batallas que se libraron en el sur, y por el papel que jugaron en esa etapa que decidió el destino de la Nación, personajes clave como Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide, quienes concebían de manera diferente la independencia nacional. Es decir, las luchas que se libraron en el terreno político-militar, se trasladaron también al debate ideológico; y en este último espacio se han consumido los esfuerzos de los últimos ciento noventa y ocho años desde aquel 27 de septiembre de 1821 que marca el inicio de nuestra vida independiente, sin poder definir todavía hacia dónde orientar el rumbo de la Nación. Todavía no tenemos un proyecto claro y esa indefinición nos viene de lejos, tiene raíces históricas.

En 1821, se logró la independencia política, pero no hubo una ruptura con el orden colonial. Para poder romper con ese orden colonial –que se había construido a lo largo de trescientos años– se tuvo que dar otra lucha memorable que también se inició en el sur, con la revolución de Ayutla y que culminaría con el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, después del sitio de Querétaro, en el Cerro de las Campanas en 1867. El derrumbe del segundo imperio significó el triunfo definitivo de los liberales sobre los conservadores y, con ello, abrir las posibilidades para instaurar su proyecto de nación. Sin embargo, el liberalismo mexicano, si bien pudo consolidar cambios radicales que definieron al Estado y le dieron una identidad propia a la Nación, también es cierto que esas luchas libertarias le abrieron el camino a la dictadura porfirista que duraría treinta años y que si bien modernizó al país en el plano de la economía, en lo político no se consolidaron las libertades por las que se habían luchado.

La dictadura porfirista fue el preámbulo para otra transformación memorable –la tercera, según la nueva forma de periodizar a la historia patria– que se dio con la Revolución Mexicana en 1910, y que propició cambios también significativos para el país que se plasmaron con la reforma a la Constitución Política el 5 de febrero de 1917; sobre todo, en sus artículos: 3o., referente a la educación; 27, relacionado con el derecho a la tierra, y el 123, sobre la cuestión del trabajo. Todas esas conquistas que alcanzaron su punto culminante en el periodo del Gral. Lázaro Cárdenas (1934-1940) con se fueron acotando, sobre todo, a partir del régimen de Miguel Alemán Valdez (1946-1952), quien inaugura la etapa de los llamados «gobiernos civiles». La idea de redención de la Revolución Mexicana se detuvo y la obsesión por «modernizar a México» iba a predominar en los diferentes regímenes que se sucedieron hasta alcanzar su punto más alto a partir del gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), que inaugura la era del llamado neoliberalismo (el capitalismo salvaje) y con ello, el desmantelamiento del Estado, que instrumentaron una política económica que solo contribuyó a hacer más grande la brecha de la desigualdad, la cual se hace visible en los sesenta millones de mexicanos que viven en la miseria.

Y así llegamos a la era de lo que ahora el presidente Andrés Manuel López Obrador llama «La Cuarta Transformación de la República» (la 4T), que bien a bien, todavía no alcanza a definirse, aunque el régimen pareciera querer sintetizarla en el slogan: «No puede haber gobierno rico con pueblo pobre» o «Por el bien de México, primero los pobres», lo cual, como propaganda política suena bien, pero para efectos de instrumentar políticas públicas, ya es más complejo y, hasta ahora, todavía no es posible saber si los programas del Gobierno se van a traducir en el cambio cultural que se busca para transformar a la República, porque los cambios verdaderos o son culturales y educativos, para que arraiguen en la conciencia de la gente, o solo se derrumban conforme desaparece del escenario quien los promueve. Por eso quizá sería saludable empezar a debatir en serio en qué consiste la 4T, para no reducirla a una simple consigna ideológica. Es tiempo de empezar a debatir ideas en lugar de consignas ideológicas que no son significativas para los grandes desafíos del país, porque ninguna transformación de la República será posible sin un debate serio sobre un proyecto propio que nos saque de la postración que ahora se percibe.

Para tener una idea clara de los fines de la llamada 4T, hace falta un diálogo abierto para tener una idea clara del tipo de sociedad más justa, más equitativa y más igualitaria a la que se aspira. Las esperanzas de redención –así se concibe en la gente y es el tono del discurso oficial– tienen que empezar por una mirada al pasado reciente, no por nostalgia, sino para volver a intentar realizar las esperanzas de esa utopía. Tal vez solo de esa forma podrá haber 4T, porque entonces tendrá asideros firmes. De lo contrario también puede frustrarse y el verdadero problema es que el país no resista una frustración más.

Hay razones para pensar en ello, pues la diferencia de la llamada 4T es –además del tiempo histórico– que a Juárez lo rodeaba esa brillante generación de liberales del Siglo XIX: Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, Santos Degollado, Lerdo de Tejada, Vicente Riva Palacios… ésa que no hemos tenido y que ahora tampoco tenemos, y que nos hará falta por su ejemplo de pasión y lealtad por la patria...

López Obrador, parece estar solo –arropado por el pueblo, es cierto, pero con un gabinete amorfo–. Y ésa no es una diferencia menor.

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