Izquierda y derecha

José Francisco García González

Para mi madre, y mis dos hermanos que ya no están con vida

¿En realidad existe la izquierda y la derecha cómo corrientes de pensamiento en México? Sin entrar en mayores detalles sobre el surgimiento de estas posiciones políticas y económicas, baste recordar que después de la Revolución Francesa, en 1789, durante la instauración de la Asamblea Nacional para debatir sobre el equilibrio de poderes y su constitución política, los diputados que estaban a favor de las conquistas de dicha revolución se sentaron a la izquierda y los que estaban a favor de la realeza o del veto real, se agruparon a la derecha.

Lo que haremos en el desarrollo de este tema, es abordarlo desde la perspectiva histórica del comportamiento de las fuerzas productivas en el país y del comportamiento político y social de los mexicanos. Los que han seguido mis colaboraciones, habrán notado que casi en todas he utilizado conceptos y categorías de las ciencias sociales, y para contextualizar recurro a hechos históricos; incluso, algunas conjeturas que aquí he planteado respecto a la situación política y social en la actualidad. Pero, ¿dónde se presentan estas dos corrientes de pensamiento en la actualidad? Las podemos notar en los partidos políticos, algunos, incluso, autodefinen su posición política en el nombre o en sus documentos básicos, agregando otra que es ser de "centro". Por poner unos ejemplos, en España, el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español; en Francia, el Partido Republicano y el Partido Socialista; en Estados Unidos, el Partido Demócrata y el Partido Republicano; en Gran Bretaña, el Partido Conservador y el Partido Laborista; en Alemania, el Partido Demócratacristiano y el Partido Socialdemócrata.

En México, los partidos políticos se distinguen por su comportamiento electoral y cómo quedaron agrupados en el último proceso electoral. Esto ayudará a definir la posición ideológica de los principales. El Partido Acción Nacional (PAN), de derecha; el Partido Revolucionario Institucional (PRI), de centro-derecha, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), de centro-izquierda, y el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), de izquierda. Nos volvemos a preguntar: ¿Es clara la definición ideológica de estos partidos para sus militantes?

Todo prace indicar que no. Quizá en el origen de las luchas obreras, campesinas, estudiantiles que se dieron para alcanzar el poder y el reconocimiento del nombre, hacía referencia a su misma causa y origen; pero en la actualidad no es así. Existe una mescolanza de individuos participando por sus propios interese, sin tener claridad del por qué son parte de esa agrupación. Un dato curioso es recordar cómo en 1999, durante la campaña de Vicente Fox, el logotipo del PAN lo podíamos encontrar hasta en los últimos rincones del país en detrimento del PRI y del PRD con la figura desgastada de Cuauhtémoc Cárdenas, en su tercer intento por ocupar la presidencia de México.

En su mayoría, la población carece de la información y del conocimiento teórico indispensables para distinguir una ideología de otra. En México ha permanecido arraigado el caudillismo, como un fenómeno social, y es la constante para que la población se vuelque hacia un movimiento político electoral. Se engendra en la mente la posibilidad de que las cosas mejoren para bien de las mayorías. Este fenómeno ha sucedido en distintos momentos de la historia de nuestro país, con diversas características e intereses. En 1852 se apersonaron media docena de políticos santanistas, militares, agiotistas y 'coyotes' a Turbaco, una apacible aldea colombiana en donde Antonio López de Santa Anna, se refugiaba desde 1850, para proponerle a éste que regresara a México a ocupar la presidencia; con el argumento de que solo él podría apaciguar al país en constante convulsión y con los liberales a los que no podía controlar, por falta de agallas, el general Mariano Arista, presidente en ese periodo. Al renunciar Mariano Arista en enero de 1853, asume el cargo de acuerdo con la ley, el magistrado de la suprema corte Juan B. Cevallos, que tampoco pudo gobernar por maniobras de la oposición y dejó el cargo al santanista Manuel María Lombardini. Éste, de inmediato convocó a las legislaturas estatales para elegir nuevo presidente, resultando electo con dieciocho votos a favor y cinco en contra, Antonio López de Santa Anna, por onceava ocasión. Durando en el cargo como Alteza Serenísima hasta 1855. Pero en ese corto periodo negoció setenta y ocho mil kilómetros cuadrados de La Mesilla con los expansionistas gringos e hizo estragos en los recursos del país, cuando supuestamente se le había traído y hasta recibido con loas en Veracruz como el caudillo salvador.

Pero anteriormente ya habían existido otros caudillos, los que iniciaron la guerra por la independencia, los que encabezaron el movimiento, no estaban pensando en el acomodo propio, lo hicieron por el descontento social existente de los más pobres de esa época. Como tampoco fue así con los liberales de mediados del siglo XIX, posteriores al santanismo, ni en la Revolución de 1910, que se luchó en contra de la dictara porfirista. En ese entonces, las campañas no eran electorales, eran militares, se planteaban cambios estructurales y radicales de fondo para el país. Con la creación de las instituciones en la posrevolución y el apaciguamiento de los cuartelazos de los generales que ansiaban el poder, se vino dibujando otra forma de hacer política, pero sin lograr la justicia social en plenitud, a pesar de que se vivió un periodo de bonanza que se le conoce cómo desarrollo estabilizador.

Las luchas de los obreros, sindicalistas, maestros, campesinos, estudiantes, de las últimas décadas, se han identificado por lograr mejores condiciones de vida en todos los ámbitos. Aquí podríamos identificar el pensamiento y el espíritu de izquierda. Y con los gobiernos represores, sus esbirros y simpatizantes, a la derecha. Quienes se benefician con el estado de cosas existentes y que muestran resistencia al cambio, siempre encontraremos al conservadurismo más recalcitrante, difícil de erradicar en corto tiempo, porque se aferraran al poder y a no aceptar perder los privilegios logrados a base de componendas y manejo fraudulento del dinero público. Decía el viejo líder servil del sistema priísta Fidel Velázquez: «A balazos llegamos, y a balazos nos tendrán que sacar», en referencia a eso que estamos viviendo hoy.

La derecha enquistada en todo este sistema de partidos, se resistirá a perderlo todo. Recurrirá a cuanto esté a su alcance para tratar de desestabilizar al gobierno federal; incluso, con la participación de gobernadores que quedaron enganchados en el sistema de corrupción y privilegios cada vez más debilitado. Ahora bien, ¿es de izquierda el gobierno de López Obrador? Yo respondería que no... para tranquilidad de los simpatizantes del conservadurismo, que ahí sí existen golpeadores y especialistas en generar caos e inestabilidad y no de ahorita, sino lo hicieron desde las campañas electorales. A reserva de seguir comentando y entrar a debate, yo creo que López Obrador solo es un convencido de la democracia, pero aplicada ésta a la justicia social. Para él, una democracia sin justicia social, simplemente carece de sentido. Es por ello que se ha hecho rodear, incluso por personajes no bien vistos por la clase intelectual progresista y por los movimientos del ala radical, que claman por cambios profundos. Y por el otro lado, la reacción de derecha que se incomoda hasta por el más mínimo cambio que se ejecuta. Cuánto les molesta a los beneficiados por años con presupuesto público, a los impunes en el huachicoleo de combustibles y medicinas, a la mancuerna de políticos y empresarios especuladores, y ya no hablemos del brazo armado de criminales y paramilitares que eran una especie de guardias blancas en gran número, sueltos a lo largo y ancho del país, organizados en células delictivas y que el parapeto eran catalogados cómo los cárteles de la droga, cuando el principal y jugoso negocio eran los recursos del país. No les agrada el calificativo de ser la mafia en el poder.

Para ir desintegrando a esta mafia se están alineando a las instituciones para fortalecer al Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado. No les gusta que les recuerden que en el pecado llevan la penitencia. Pues efectivamente, eran ladrones saqueadores de la Nación. Si tuviese valor, la categorización en este sentido de ubicar a la izquierda y a la derecha y lejos de la autoproclamación de los partidos políticos, sino en términos estrictos: económicos y morales, y respetando los preceptos constitucionales, consideraría viable para la comprensión sencilla, catalogar a los que están de acuerdo con la búsqueda de mejores condiciones de vida para millones de mexicanos, carentes de oportunidades y se abandonaron por décadas, en un sentido puramente económico y social, diría que es un pensamiento progresista y de izquierda, y los que están renuentes a considerar el: estábamos mejor, cuando estábamos peor. Ya sea por influencia, todavía, de los medios de comunicación tradicionales, que por costumbre siguen creyéndoles a pie juntillas o por el temor a transitar las barreras del cambio. Lo cierto es que nada será igual. Eso lo veremos y le daremos más valoración en el transcurso del tiempo. Lo cierto es que en el pensamiento, las conductas y los hechos, si ponemos más atención, encontraremos siempre a quienes se agrupan y se ubican a la izquierda y a los que por defender la honorabilidad de sus majestades se acomodaran a la diestra.

Quiero cerrar esta opinión con algo que nos puede poner a reflexionar. Durante muchos pasajes de la historia, incluso universal, existieron los pregoneros que llevaban noticias a lugares remotos, pero con el cuidado y la precaución de si éstas afectaban al poderoso y les servían al pueblo. En México, eran los corridistas y mensajeros los que llevaban las buenas nuevas y las desgracias. Lo más digno y satisfactorio es siempre estar del lado de causas justas. Esto viene a colación, porque conversando con una persona conocedora de letras y música, le dije: ¿Te das cuenta?... ¿cómo se han de sentir los reaccionarios, que nomás no logran integrar un verdadero movimientos de contrapeso para el gobierno de transición? Y es porque no tienen un soporte de una bandera genuina que aglutine su descontento, no tienen identidad ni personajes propios; éstos operan desde los lugares más oscuros, alentando actos de terror. ¿Crees acaso que habrá alguien protestando abiertamente por que vuelva el huachicoleo?... o por otro lado, gritar por las pensiones de los expresidentes y su estado de confort. Pero lo más curioso, no tienen ni siquiera canciones que los respalden, excepto si les componen en el género del narcocorrido. En cambio, los movimientos populares han tenido de sombra: música de protesta, los rockeros en contra de la guerra de Vietnam o por la discriminación racial; Víctor Jara en Chile en contra de la explotación de los mineros y el golpe de Estado. En Cuaba a favor del movimiento revolucionario. Nosotros acá en México los corridos de la revolución a Pancho Villa a Emiliano Zapata. Temas grandiosos a favor del movimiento estudiantil… bueno aquí se queda este epílogo para la reflexión.

Considerarme un hombre de izquierda, me enorgullece, y agradezco sobremanera a mi padre y a mi madre por la libertad con la que me educaron.


Un mal acuerdo para la transformación de la República

Humberto Santos Bautista

La autoridad del gobierno, aun aquella a la que estoy dispuesto a someterme –porque gustosamente obedeceré a quienes saben y pueden hacer las cosas mejor que yo, y aun en ciertos casos, hasta a aquellos que ni saben ni pueden–, es todavía una autoridad muy impura. Para ser estrictamente justa, ha de contar con la aprobación y consentimiento de los gobernados. No puede ejercer más derecho sobre mi persona y propiedad que el que yo mismo le conceda.
Henry David Thoureau

Si la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, promulgada el 5 de febrero de 1917, es la expresión del pacto social que, se supone, permitiría armonizar la vida del país, un siglo después y con poco más de setecientas reformas y adiciones, la han vuelto casi ilegible o, lo que es peor, quizá intrascendente. Si se supone que la Constitución nos da una identidad como estado de derecho, esa identidad se ha perdido, y la mejor evidencia de ello es la incapacidad del Estado para cumplir con la primera obligación que tienen conforme al marco legal que nos rige: la de dar seguridad a los ciudadanos. El gobierno –en sus tres niveles–, como la instancia máxima de autoridad para administrar la cosa pública, ha sido y es incapaz de cumplir con esa obligación primaria que tiene. Y en esas circunstancias, una pregunta que los ciudadanos tendremos que empezar a hacernos es acerca de la necesidad de suscribir un nuevo pacto social, porque en la Constitución vigente ya no caben los problemas emergentes que ahora se tienen.

La otra cuestión es que si necesitamos una nueva Constitución, ¿a quién le vamos a encomendar una tarea tan delicada y compleja? Porque para suscribir un nuevo pacto social en el que se sinteticen las aspiraciones del pueblo, se requiere de convocar a un gran constituyente o una gran convención donde la población se vea representada para legitimar un nuevo acuerdo nacional en el que todos tengan cabida. Esta será, sin duda, una tarea compleja, porque, por ejemplo, la actual clase política, de todos los partidos, está moralmente incapacitada para asumir esa responsabilidad, toda vez que es la principal responsable del desastre nacional y del deterioro de la vida nacional.

Necesitamos un constituyente en donde la presencia de las mujeres y los jóvenes sea preponderante, porque si de lo que se trata es de suscribir un nuevo acuerdo pensando en el futuro de la Nación, los jóvenes son una realidad presente que no sienten ya ninguna identidad con una clase política envejecida que les ha robado la esperanza de tener derecho a una vida mejor. Y en lo que respecta a las mujeres, que son la mayoría en el país, la clase política las ha condenado a ser una mayoría demográfica y, al mismo tiempo, a ser una minoría sociológica. (Gramsci decía: «Lo único valioso de la sociología es la Ciencia Política», porque estudia al poder). Sin la presencia de estos actores en el debate por la nación a la que se aspira en este siglo XXI, cualquier proyecto sería intrascendente.

Si la Constitución de 1917 adquirió una identidad propia que trascendió las fronteras del país, porque los constituyentes de ese entonces tuvieron la visión de incluir los temas más sensibles del pueblo, como el derecho a la educación, a la tierra y al trabajo; y si hoy estos mismos temas emergentes vuelven a ser los grandes problemas nacionales, es tiempo de que el consenso social se organice alrededor de una cuestión central: la salida a los grandes desafíos que hoy se enfrentan, solo será posible trascenderlos por la cultura y por la educación, y si esto es así, entonces, deberíamos empezar por una reforma radical en nuestra educación, toda vez que en los marcos ortodoxos que la han reducido a una tarea escolar, no servirán de mucho para el cambio al que se aspira, puesto que transformar la República, supone un cambio cultural de largo aliento.

La necesidad de repensar sobre un nuevo pacto social, es porque en el actual hay grandes sectores de la población que han estado fuera de ese acuerdo que expresa la Constitución, como por ejemplo, el pueblo de Guerrero, que el año pasado cumplió ciento setenta años como entidad federativa y en ese largo tiempo solo diez gobernadores han concluido su periodo de gobierno, hecho que por lógica elemental nos lleva una conclusión muy simple: Guerrero no ha sido ni es un estado de derecho, tal y como formalmente se define en la Constitución local, y es, más bien, un territorio de disputa de los cacicazgos regionales. Y esa lucha de poder es la que no permite salir del atraso en que se encuentra la entidad desde siempre. Si esa evidencia no fuera suficiente para mostrar las fisuras de la Constitución, hay otras igualmente visibles que le han dado una identidad al estado como la entidad donde más se violan los derechos humanos, y donde la autoridad ha sido incapaz de ejercer justicia. Esa debilidad ha sido confirmada cuando los casos más paradigmáticos de violación a los derechos humanos han tendido que litigarse en instancias internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El caso de la desaparición forzada de Rosendo Radilla Pacheco, ocurrida el 25 de agosto de 1974, en la que los responsables fueron los militares que lo detuvieron en un retén. La Corte Interamericana condenó al Estado mexicano el 23 de noviembre de 2009 a continuar la búsqueda y a reformar la ley para adecuarla a los estándares internacionales en materia de derechos humanos, además de hacer un acto de desagravio y de reconocer la responsabilidad del Estado.

El otro caso es el de los campesinos ambientalistas Rodolfo Montiel y Teodoro Cabrera, detenidos por el Ejército y condenados por delitos que no habían cometido. La Corte también condenó al Estado mexicano por violación a los derechos humanos en noviembre de 2010.

Lo mismo pasó con el caso de Inés Fernández y Valentina Rosendo –mujeres me’phaa–, en el que también tuvo que intervenir la CIDH condenado al Estado mexicano a la reparación del daño causado, en donde otra vez participaron militares en el delito de tortura y violación.

Estos son casos emblemáticos que no pueden olvidarse, porque son la expresión misma de la brecha que media entre lo que establece la ley y lo que realmente pasa en nuestro contexto. Hace falta, sin duda, volver a construir los consensos mínimos para llegar a un nuevo «mal acuerdo», así sea uno que solo nos permita vivir en paz. Hay solo un problema: tenemos un tiempo cada vez más limitado para poder suscribir ese acuerdo de voluntades que definirán si todavía habrá un futuro menos incierto para el país.

Del 10 al 16 de febrero de 2020

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