El maestro y la identidad perdida

Humberto Santos Bautista

Pueden parecer pobres nuestras reflexiones ante los demás, aun sin serlo, pero tal juicio no alivia la carga del esfuerzo que cuesta alcanzarlas.
José Vasconcelos

Hace ya varios años tuve una conversación con el Maestro Othón Salazar Ramírez en la ya desaparecida cafetería que estaba en el piso superior de la Librería Macondo, de Chilpancingo, y en la plática que versaba sobre las luchas que él había encabezado en el magisterio y en el Partido Comunista Mexicano (PCM), yo le preguntaba, en ese intercambio, cuál era la diferencia más notable que percibía en su experiencia como docente y nuestra generación, considerando que muchas escuelas seguían con las mismas carencias y los profesores mantenían varias de las demandas que él había defendido como dirigente del Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM). El maestro Othón respondió pausadamente pero con convicción: «Creo que se está perdiendo la vocación». Y me explicó que eso se apreciaba en el ausentismo que se daba en las escuelas; sobre todo, en las del medio rural, y en el hecho de que los recién egresados de las normales ya no aceptaban ser adscritos a las escuelas ubicadas en las comunidades rurales alejadas de los centros urbanos. Y –así lo dijo– lo que más le pesaba era que los propios egresados de las normales rurales estuvieran cayendo en esas prácticas. En ese intercambio coincidimos en que seguramente el profesor Lucio Cabañas Barrientos cuestionaría con dureza esos «usos y costumbres» que empezaban a deformar la identidad del profesor. Le dije que para mí, él era un maestro de cepa tradicional, precisando que la palabra «tradicional» no tenía la carga negativa que en ese tiempo en el gremio magisterial se le atribuía sin indagar a fondo el contenido de la misma, sino que, por el contrario, era la mejor seña de identidad de una generación de maestros que eran consecuentes con sus principios. Me dijo entonces que había una especie de confusión en el magisterio; sobre todo, en el magisterio disidente, que se había olvidado de la importancia que tiene el estudio permanente en el mismo proceso de lucha, porque ¿cómo se puede cuestionar una política educativa del régimen si no se le conoce? Los que nos reivindicamos de izquierda, tenemos la obligación de ser los mejores docentes dentro y fuera de las aulas. Fue entonces que le dije que yo hacía una diferencia entre un burócrata que asume la docencia solo para repetir los contenidos de los programas y lo que es un verdadero educador que concibe a la docencia como espacio donde se crea y se recrea el saber.

Ese diálogo quedó interrumpido, pero me dejo la enseñanza de que la militancia genuina con la lucha social no estaba reñida con la obligación ética y moral de tratar de ser el mejor docente dentro de las aulas y que si la tarea de educar no se hacía con pasión y con una gran disciplina en la cuestión didáctico-pedagógica, se era un simple charlatán más que engrosaba las filas de un magisterio decadente, no solo sin vocación, sino con serias deficiencias en su formación, lo cual tenía como consecuencia ofrecer una escolarización mediocre en las escuelas, con daños irreversibles para los alumnos, y para esconder esas deficiencias, se refugiaba en los sindicatos corruptos, fueran de la tendencia que fueran, porque al olvidarse de lo que constituye la razón de ser del magisterio –ofrecer la mejor educación al pueblo– se empezaron a privilegiar los intereses gremiales y se olvidaron los principios de ofrecer los mejores servicios educativos al pueblo. En esa transición, aparentemente inadvertida de pasar a ser un simple burócrata insensible e improvisado como docente, se perdió la identidad de ser maestro y de ser educador, y con ello, se cancelaron las posibilidades de transformar la escuela.

Ser maestro no es solo «tener una chamba», porque la formación de personas es una tarea compleja en donde el diálogo pedagógico solo puede estar mediado por sujetos pensantes. En ese diálogo se requiere desarrollar las potencialidades creativas de los alumnos, y eso no es posible hacerlo si se asume que la docencia es solo «una simple chamba» y no un compromiso ético que exige por sí mismo una formación permanente. Si un docente no es capaz de enseñarle a leer y escribir a un niño de primer año de primaria, en los primeros tres o cuatro meses del año escolar, y argumenta que no aprende porque «el niño es pobre» o «la escuela está en un medio rural», ¿la explicación está fundamentada o solo exhibe las deficiencias de su propia formación?

Por supuesto, lo mismo pasa en educación superior, en las instituciones formadoras de docentes, donde docentes que nunca han hecho una tesis o han realizado algún trabajo de investigación, son los que asesoran los trabajos de titulación de los estudiantes que una vez que egresan irán a enrolarse en las filas del magisterio. Es decir, se perdió la vocación y se pervirtió la docencia. Este deterioro en las escuelas no se ha detenido y, por el contrario, se ha incrementado.

Por todo eso, hace falta repensar a la escuela pública, y sería bueno empezar por revisar lo que hicieron quienes la pensaron y la construyeron, como, por ejemplo, el fundador de la SEP, José Vasconcelos, quien en alguna parte escribió: «En cafés y modestas fondas pasamos horas largas discutiendo los métodos de Lenin o las novedades introducidas en Educación por Lunacharsky. Una de ellas le copié cuando me tocó dirigir la educación en México: la edición de los clásicos, que ciertos escritores de renombre local me han criticado suponiendo que se trata de una medida aristocrática (...) Oyen la palabra clásico y caen en la trampa (...) No, señores despistados. La idea fue de Gorky y la tomé de Lunacharsly (...) Gorky es plebeyo, plebeyo genial, que se acordó de los suyos y se dijo: «Hay que abaratar los clásicos (...) hay que darlos a los pobres (...) No es justo que sean privilegio de ricos (...) «Qué mejor tesoro por repartir»

(José Vasconcelos, La tormenta).

¿Hay alguna otra forma de que «un cuerpo social desahuciado» pueda sobrevivir al encierro forzado por la pandemia y a la crisis económica que se anuncia como consecuencia de la misma, que la cultura y la educación?

¿Cómo se puede celebrar el Día del Maestro, si hasta la burocracia oficial y los corruptos dirigentes sindicales se asumen como tales y son los principales responsables del desastre de la escuela pública?

La tarea de educar también tiene que empezar por dignificar la docencia y para eso habrá que empezar también por distanciarse de los corruptos.

El Día del Maestro hay que festejarlo en las aulas; y tal vez sería bueno hacerlo leyendo algún clásico.


Naturaleza y coexistencia de ricos y pobres

José Francisco García González

Para definir cambios y distanciamientos es preciso asentar las bases para marcar un claro rompimiento con un modelo de régimen político y económico establecido. Teóricamente se escucha sencillo; sin embargo, es una tarea difícil; porque para lograr resultados que se reflejen en la mayoría poblacional, deben de confluir infinidad de fenómenos sociales; y en la marcha de los cambios se trastocan las fibras más sensibles de los intereses creados durante un periodo determinado de acumulación de riquezas logradas por medios no muy honorables. Se avispa el sector que se dedica a la política, aquellos que se han mantenido muy cerca de la administración y el reparto del presupuesto público y se acostumbraron a servirse con la cuchara grande. Por eso es compresible que cuando se presentan cambios en la distribución del erario, los que estaban acostumbrados a usufructuar los bienes públicos se encrespan, y su histeria los lleva a reclamar con cinismo los usos y costumbres en la distribución de los recursos. El reclamo de participación de los recursos tiene legitimidad en comunidades marginadas y olvidadas que nada tienen que ver con una clase política y económica acomodada.

Tratar el tema de la desigualdad pensando solo en México sería apartarnos del resto del mundo y particularmente del continente. Este asunto se tiene que enfocar en lo general y en distintos periodos de la historia. Las malas costumbres y la corrupción son universales, quizá, desde el surgimiento de la sociedad agrícola hace doce mil años –salvo contadísimas excepciones–, en unos países más y en otros menos. La raza humana siempre cuidará de su entorno más próximo y defenderá con todos sus medios disponibles lo que considere su patrimonio, sin importar la forma en que lo acumuló, sea éste poco, mucho o tan excesivo que alcance para muchas generaciones. Una de las trampas del capitalismo desde sus orígenes, es la que se refiere a la libertad. Libertad para dedicarse a la actividad que más convenga y para la cual se tenga capacidad: negocios, comercio, academia, artística, deportiva y, desde luego, la política medradora. A simple vista es correcta la premisa. Pero el engaño radica en que desde los albores del capitalismo las cosas no han sido parejas. Siempre ha habido quien cuenta con los recursos y medios de producción para subyugar a los que no tienen nada, ni tierra propia para producir sus alimentos.

En otras entregas, abordé el tema de la acumulación originaria o primitiva de capital y la lucha de clases, desde la perspectiva marxista y sobre la actividad económica liberal (mercantilismo), desde la visión de los clásicos, Adam Smith, Jean-Baptiste Say y David Ricardo, resumida en la frase de ese entonces que volvió a ponerse de moda a mediados de los ochenta del siglo XX, en otros tiempos y circunstancias mundiales: laissez faire, laissez passer, visión francesa de «dejar hacer, dejar pasar», una práctica caracterizada por una oposición a sujetarse a directrices o interferencias. Más bien, se plantea el respeto a la libertad total del individuo; es decir, rechazo a la injerencia gubernamental en asuntos del mercado, flujo de mercancías y explotación de los recursos naturales a cualquier precio y en cualquier lugar. Las consecuencias de la aplicación de esas políticas neoliberales a escala mundial son que en las últimas cuatro décadas se contaminó al planeta como nunca desde la aparición del homo sapiens hace doscientos mil años, no solo de basura industrializada, sino con virus letales y plagas que se propagan con las rotaciones y traslaciones del globo terráqueo. También a las grandes concentraciones humanas les toma por sorpresa las catástrofes naturales como: terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas, huracanes, inundaciones, deslizamiento de tierra, incendios. Pero, ¿cómo estar perparados para enfrenta fenómenos de esa naturaleza?, si la realidad carcome a la ficción. En la desenfrenada fiebre por acumular riquezas, de eso 1% de la población mundial, no les importa ni conmueve deforestar, excavar, cometer ecocidio en mar y tierra con sus pruebas de armamento convencional y nuclear. Al final aparece la Hidra de Lerna, con sus cabezas babeándoles la bilis amarillo-verdosa. Son negocios de los magnates que se dedican a esa industria, a producir artefactos de muerte y destrucción.

Es absurdo oír a los sesudos analistas cuando afirman que los culpables del calentamiento global y la contaminación del planeta somos todos; aunque en parte tengan razón, porque la población se convirtió en un ejército de consumistas de los productos industrializados. Pero habría que guardar las proporciones y analizar los daños irreversibles al planeta. Quizá para los ricos, eso de vivir en la justa medianía sea el peor chiste que hayan oído. No hay ningún punto de referencia ni parangón con los miles de millones de pobres que viven en la cuchilla de la pobreza, entre el hambre y la miseria; millones sin la menor oportunidad de desarrollarse en todas sus etapas de vida. Aquí es donde se encuentran las picotas de la trampa en las que se cae atravesado irremediablemente: «Están jodidos porque quieren… porque son flojos y no tienen aspiraciones ni ambiciones… las oportunidades ahí están al alcance de la mano… son derrochadores y no visualizan al futuro…». Así se condena desde la óptica de la gente con demasiados recursos económicos. Jamás podrán aceptar, ni se conmoverán ante la pobreza de los pueblos. Así ha sido siempre, desde la época del primer reino egipcio, hace 3100 años; desde el Imperio acadio de Sargón el Grande, hace 2250 años. Durante la Edad Media el esclavismo se asume como una manera natural de la producción de riqueza para los amos. La riqueza, así como la pobreza, se hereda de generación en generación; es decir, la desigualdad se viene arrastrando desde los orígenes de la humanidad. Por eso, para estar «bien informados» se debe recurrir a las fuentes originales. La literatura marxista nos conduce a la conclusión de conocer esa realidad, no solo para interpretarla, sino para transformarla.

En la historia del desarrollo de la civilización nos tropezamos constantemente con la división de clases, en donde los más poderosos avasallan a los débiles. Esto sucede hasta nuestros días. Son un puñado de familias poderosas económicamente las que deciden las directrices del mundo, siempre en pro de sus intereses, aunque en esto se diezme a millones de pobres y se deprede y contamine el planeta. Los ricos pretenden tasar con el mismo racero, por ejemplo, en la impartición de justicia: «ante la ley y el juez, todos son iguales, grandes o pequeños, ricos o pobres». En México, el piso nunca ha sido parejo para todos. Mientras la clase trabajadora sobrevive con un sustento de miseria producto de empleos mal pagados o de actividades informales, sembrando la tierra para el autoconsumo o, en el último de los casos, emigrando a otras ciudades o a Estados Unidos, los acaudalados patrones usan su dinero para multiplicar su fortuna. Dinero llama dinero; pobreza llama pobreza. Otro de los aspectos vergonzosos de la sociedad capitalista, es que cuando el pobre delinque se le aplica todo el peso de la ley, así sea por un delito menor, pero a los ladrones de cuello blanco se les perdona, se les exonera y hasta se les aplauden sus latrocinios. Estos últimos siempre se han presentado ante la sociedad como gente de bien; como dueños de vidas y haciendas se congregan en reuniones palaciegas de empresarios y políticos, en encuentros cerrados en los que tratan los asuntos públicos y toman decisiones perversas, casi siempre en perjuicio de las clases desprotegidas.

Los resultados de estas anomalías saltan a la vista, no los ve quien no quiere o quien está de acuerdo con todas esas fechorías en agravio de millones de mexicanos, y comparte la idea que que la clase en el poder se enriquezca desde los cargos públicos, y los empresarios, coludidos con esta casta de ladronzuelos, incrementen sus fortunas de manera estratosférica, al recibir de manos de esos políticos, principalmente de 36 años hacia acá, abundantes beneficios, trampeando a la Constitución Política, a la que han reformado los artículos que protegían lo logrado para el pueblo pobre del campo y los obreros, por las leyes de la Reforma y por el movimiento revolucionario.

Bastan unos datos para ilustrar la ambición con la que actuaron algunos personajes en el arranque del neoliberalismo en México. Cuando Carlos Salinas asumió el poder en 1988 (cuestionado por el fraude electoral), solo la familia Garza Sada aparecía en la lista de Forbes, pero conforme el gobierno salinista vendía al por mayor la banca, las minas, las telecomunicaciones y las carreteras, el número de multimillonarios mexicanos creció a tal grado que en seis años, México se había convertido en el cuarto país del mundo con más multimillonarios. Ya no era una familia, sino veinticuatro acaudalados, al amparo del poder político encabezado por un grupo de tecnócratas que se habían apoderado totalmente del país.

Los nombres de esos empresarios de gratos beneficios del sistema son: Carlos Slim Helú, Jorge Larrea Ortega, Alberto Bailleres González, Eugenio Garza Lagüera, Ricardo Salinas Pliego, Pablo Aramburuzabala Ocaranza, Emilio Azcárraga Milmo, Jerónimo Arango, Roberto González Barrera, Roberto Hernández Ramírez, Alfredo Harp Helú, David Peñaloza Sandoval, Javier Garza Calderón. Para el año 2018, la lista sigue siendo idéntica. Aunque siete de los multimillonarios fallecieron, sus herederos –Germán Larrea Mota Velasco, Eva Gonda de Rivera, María Asunción Aramburuzabala Larregui, Carlos Hank Rhon, David Peñaloza Alanís y los hermanos Javier y Francisco Calderón Rojas– están al frente de los negocios familiares y ocuparon el lugar heredado.

En un hecho inadmisible para la gran mayoría del pueblo, durante la crisis bancaria de 1995, varios de los multimillonarios actuales fueron «rescatados» de «algunas pérdidas», obviamente con dinero de los contribuyentes. El gobierno de Ernesto Zedillo convirtió las deudas de particulares en deuda pública, por un monto que ahora llega a un billón siete mil millones de pesos, mediante el Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa) conocido ahora por Instituto para la Protección del Ahorro Bancario (IPAB).

En estas dos décadas y media no solo se heredó la riqueza, también se hizo con la miseria: la población pobre de bajos ingresos y la desempleada; es decir, que no tiene dinero ni para adquirir los productos más indispensables de la canasta básica, es prácticamente idéntica hoy a la de 1994, en un porcentaje del 52.6% de los mexicanos.

Entonces, la naturaleza de los que lo tienen todo, ante los que nada tienen, les postra en la indolencia y el desprecio por ese universo de miserables. Y los pobres caen en la postración de la resignación y el fatalismo de la derrota, ante el abismo de las desigualdades ventajosas para los ricos y adversa y funesta para los pobres; sin embargo, tienen que coexistir en una muy larga distancia. Los pobres jamás sabrán lo que es comer bien, pasear por el mundo, manejar yates o autos de lujo, heredar fortuna a su prole. Como tampoco lo ricos, nunca sabrán de vivir en la miseria.

Remington 12

De la década de 1920.

Del 18 al 24 de mayo de 2020

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