Los vacíos de la educación virtual

Humberto Santos Bautista

Para las madres y padres de familia de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos que siguen exigiendo justicia.
La tecnología no es la solución a nuestros problemas sino la educación. El siglo XXI va a ser el siglo de la educación y ése es un reto colectivo. La fatalidad no es la responsable de los malos resultados (....) Y el futuro no lo hace Facebook ni las máquinas, el futuro lo debe preparar el Estado.
Gilles Lipovetsky «No estamos preparando a los niños de hoy para lo difícil» (El País, Oct/2016).

¿Cuál sería el sentido de una vida virtual y mediada por la parafernalia tecnológica? En una hipotética sociedad hipertecnologizada, ¿cómo serán las relaciones humanas, políticas, sociales y culturales en un mundo donde se supone que las máquinas tendrían una presencia hegemónica? Los teóricos que hablan de la llamada singularidad tecnológica, imaginan y dibujan un mundo virtual donde la racionalidad tecnológica y, particularmente, la inteligencia artificial, terminará desplazando a las personas casi de todos los ámbitos de la vida cotidiana, y la meta más ambiciosa, dicen ellos, es que van a derrotar a la muerte misma; es decir, será la transición a la amortalidad y, entonces, el sueño último de la razón se habrá cumplido para algunos elegidos: «Seréis como dioses». Es parte de la imagen de un mundo que se empieza a diseñar en el encierro de la cuarentena en una emergencia que, al igual que los tiempos de la guerra, se tuvo precisión en la fecha de entrada, pero nadie sabe todavía cuándo podremos salir de ella. Y menos si saldremos más o menos bien librados y cómo será el regreso a lo que ya se empieza a denominar como la «nueva normalidad», sin saber qué se nombra. En esa incertidumbre, pareciera ser que la única certeza que todos alcanzamos a percibir, es que nada será igual y que la sociedad está indefensa frente a una realidad que amenaza con endurecer aún más las posibilidades de la sobrevivencia. Pero si la pandemia ya ha alterado de manera radical nuestra vida cotidiana, las consecuencias que ha tenido en la vida escolar, pareciera, todavía no la están comprendiendo quienes se supone son los principales actores del sistema educativo; esto es, las autoridades que lo administran en todos los niveles y los docentes. Más bien, todos parecieran estar atrapados en la perplejidad del desconcierto.

Por supuesto, detrás de todo este desconcierto colectivo hay una causa que lo explica y es la idea atrasada de la escuela en la que se sostenía el SEN, y que desde hace mucho mostraba síntomas de agotamiento, porque los fines educativos se habían extraviado, y la transición hacia una escuela reformada y a la altura de la compleja realidad que ya se avizoraba para este siglo, nunca se ha podido concretar. Y lo que ahora se enunciaba como la «Nueva Escuela Mexicana», es apenas, por decirlo de manera amable, un proyecto inacabado. En estas circunstancias, el Sistema Educativo Mexicano se mueve, como decía el ya desaparecido exsecretario de educación, Jesús Reyes Heroles, «entre un orden que no acaba de morir y otro que no acaba de nacer».

Por eso, si bien es cierto que la emergencia por la pandemia sorprendió a todos y que la

SEP tuvo que improvisar como pudo su propuesta para culminar el año escolar con la «educación en línea» –lo cual fue replicado por las secretarías de educación en los estados– la interrupción sirvió para, al menos, mirar las enormes deficiencias de un Sistema Educativo Nacional agotado, no solo por la gran confusión que se tiene con relación a los fines educativos al no tener claridad con referencia al para qué se está educando, en una sociedad compleja y en donde la obsolescencia del conocimiento es cada vez más breve, sino también por la brecha digital que hace inviable la propuesta de la SEP en una gran cantidad de escuelas, además de las propias limitaciones que tienen los propios docentes de todos los niveles educativos, que tampoco estaban preparados para asumir una tarea de esta magnitud, incluidos aquellos que tienen algunos conocimientos en las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), porque en el ámbito educativo no basta con acceder a las habilidades de la tecnología, si no se tiene claridad acerca del sujeto que se pretende formar. Desde la década de los noventa, el pensador italiano Giovanni Sartori había advertido que «el problema es que el niño es una esponja que registra y absorbe indiscriminadamente todo lo que ve (...) El niño formado en la imagen se reduce a ser un hombre que no lee, y, por lo tanto, la mayoría de las veces, es un ser “reblandecido por la televisión”, adicto de por vida a los videojuegos». Eso, por supuesto, en un escenario donde los niños pueden acceder sin problemas a las herramientas de la tecnología, lo que no necesariamente significa que se estén educando.

Por eso, me parece, que en la nueva realidad que presenta la pandemia, una tarea urgente que se impone es la de reformar profundamente a la escuela pública y tener conciencia de que esos cambios serán traumáticos, porque la transición de un sistema educativo escolarizante diseñado para mantener la estabilidad de un sistema político y económico, a otro que tenga como fin desarrollar un proyecto educativo que privilegie la formación del pensamiento crítico y todas las potencialidades intelectuales, afectivas y creativas del sujeto del proceso educativo, lo cual supone una reconversión de la escuela, porque las necesidades del mundo contemporáneo son radicalmente distintas de las que eran hace apenas unos años cuando inició el Siglo XXI, y para poder responder a los nuevos desafíos de este siglo, necesitamos estar mejor educados, que no es lo mismo que estar escolarizados. Necesitamos una escuela que –como decía Hugo Zemelman– no conciba a «la ciencia como tecnología intelectual pero sin pensamiento», porque la tarea más urgente en una situación de crisis es, precisamente, producir ideas y para crear una idea se necesita pensar.

La reforma a la educación tendrá que empezar, entonces, por las instituciones formadoras de docentes, porque no se pueden seguir formando con la misma visión de la docencia que no le sirve a nadie y que solo reproduce el analfabetismo e incrementa los rezagos. Guerrero quizá sea el mejor ejemplo de ese anacronismo y, paradójicamente, podría quizá plantear una alternativa y aunque parezca raro, por ser el estado con los más grandes rezagos educativos, siempre y cuando se tenga la voluntad de entender que no es lo mismo educar para una sociedad agraria y rural –aunque lo sea en grandes zonas del estado todavía con las variantes que se conocen– que para una sociedad que convive con un mundo cada vez más tecnologizado y mutante, pero que es cada vez más excluyente y más desigual.

Pensar desde esa desigualdad y desde ahí pretender salvar las brechas que nos separan –la digital incluida–, no supone seguir la misma ruta, porque por ese camino nunca los vamos a alcanzar, sino más bien acortar veredas, teniendo claro que los fines no son los mismos; es decir, la acumulación por la acumulación, ni de riqueza ni de conocimientos. En una sociedad con desigualdades extremas se trata de educar para la sobrevivencia, y una educación con esos fines estratégicos solo se puede plantear como fin la formación de sujetos con capacidad para armonizar los nuevos lenguajes de la ciencia con los lenguajes del arte y los lenguajes de la tecnología. Solo de esa forma se podría acceder a una educación plena y formar a un sujeto capaz de pensar y de tener voluntad de construir su propia idea de futuro. Eso implica una ruptura con la tradición que se ha seguido hasta ahora en los procesos educativos de formar para el sistema político y económico, y no para la vida.

En esa paradoja se encierra el desastre educativo y los grandes rezagos que tenemos, que en situaciones de emergencia, una educación de ese tipo, ya lo hemos confirmado, no nos sirve de nada.

En un contexto de emergencia, necesitamos educar, como decía Hugo Zemelman, citando a Gandhi: «Al hombre hay que formarlo desde su intrepidez».

Ésa es quizá la utopía pedagógica a la que todavía podemos aspirar. Pero eso requiere algo más que voluntad política. Se necesitan educadores intrépidos.


La Cuarta Transformación, herencia de lucha

Fernando Pineda Ochoa

El primer domingo de julio de 2018 se llevaron a cabo las elecciones para elegir al nuevo presidente de la República Mexicana; además de algunos gobernadores y los diputados y senadores que formarían el Congreso de la Unión.

Dos visiones electorales opuestas, dos candidatos con perfiles diferentes, frente a frente. En un flanco, PRI-PAN y un agónico PRD; en el otro, un bloque integrado por Morena, PT y otros aliados. La contienda se esperaba reñida, cargada de expectativas ligeramente favorables al candidato opositor.

No tenía tiempo de haber iniciado el sufragio electoral, y las elecciones estaban definidas: Andrés Manuel López Obrador era el nuevo presidente electo de México, y Morena la organización política más importante del país. No solo tenían ganadas las elecciones; ¡habían arrasado a sus contrincantes con más del 50 % de la votación a su favor!

Sin duda alguna, llegaba a Palacio Nacional, un candidato legitimado, respaldado por los votos.

¿Qué ¿significado tenía o sigue teniendo este evento electoral de tanta importancia?

Hacía setenta años que ningún otro partido ganaba una elección a la Presidencia sin la anuencia del PRI (exceptuando los dos sexenios panistas anteriores a Peña Nieto).

¿Qué significado político-social y económico tiene este triunfo llamado por López Obrador La Cuarta Transformación?

De manera precisa, para explicarlo, el presidente hace un recorrido histórico de la lucha por la independencia y la construcción de una Nueva Nación (1810-1821).

Es por ello, que el Generalísimo José María Morelos y Pavón realiza en Chilpancingo el Primer Congreso de Anáhuac, donde se exponen vientitrés artículos, titulados los Sentimientos de la Nación.

Este acontecimiento histórico sería la Primera Transformación.

La Segunda Transformación se constituyó en el transcurso de la llamada Guerra de Reforma, que enfrentó a los conservadores y a liberales (encabezados estos últimos por don Benito Juárez). Esta lucha surge para lograr el rescate de los bienes materiales pertenecientes al Estado, que estaban en manos del clero (latifundios, comercio, ejército, registro civil, etc.). Los Liberales salieron victoriosos en la disputa y dichas riquezas pasaron a manos del Estado.

En este lapso histórico, los conservadores fueron a Francia para pedir la intervención del ejército de aquel país y la instauración de un gobierno monárquico para los mexicanos. Ambos intentos fueron derrotados por las armas, y el príncipe Maximiliano de Habsburgo fue fusilado al lado de dos mexicanos, Nicolás Mejía y Miguel Miramón, en el Cerro de las Campanas, del estado de Querétaro.

La Tercera Transformación inicia con la llamada revolución maderista del 20 de noviembre de 1910, en contra de la dictadura porfirista. La confrontación armada tendrá tres etapas: Como lo dijimos, la primera iniciaría con el levantamiento de Madero y termina con el asesinato de éste, por parte de Victoriano Huerta; general perteneciente al Ejército Federal, que supuestamente se había pasado a las filas revolucionarias.

Con el asesinato de Madero y Pino Suárez se unificaron todas las fracciones revolucionarias y después de derrotar a Victoriano Huerta, las rencillas volvieron a surgir: villistas y zapatistas unidos contra, carrancistas y obregonistas, formando así dos grandes bloques bélicos, de cuyo enfrentamiento salieron derrotados La División del Norte (Villistas) y el Ejército Zapatista.

La Cuarta Transformación, es la que vivimos y somos copartícipes directos o indirectos de esta lucha que nos ha heredado la historia del pueblo de México.

Para lo cual, el gobierno manejado por AMLO tiene un Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, que debemos conocer, discutir y aplicar.

Hay que saber que no es lo mismo gobernar que tener el poder.

Remington 12

De la década de 1920.

Del 25 al 31 de mayo de 2020

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