Guerrero: rezago histórico

José Francisco García González

A pesar de que Guerrero ha estado, históricamente, entre los tres estados más pobres de México, el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, en los casi tres años trascurridos de su sexenio, no le ha puesto la misma atención que a los otros dos miembros del Club de los estados pobres, Oaxaca y Chiapas.

No se trata precisamente de los recursos económicos destinados a las entidades mediante los programas sociales, sino a obras de alto impacto que dejen empleos permanentes y reactiven la economía a corto o mediano plazos. Por ejemplo, en Oaxaca se ha puesto en marcha la obra del Tren Transístmico, que consiste en la conversión de la antigua ruta ferroviaria que comunica las ciudades de Coatzacoalcos, Veracruz, y Salina Cruz, Oaxaca, con el propósito de convertirla en ruta de transportación (de pasajeros y de carga) y que contribuya al desarrollo del istmo de Tehuantepec, como parte del megaproyecto de un corredor interoceánico para acelerar la fluidez de mercancías y el ahorro de combustible de las embarcaciones que las trasladan. Serán 132 kilómetros de vías férreas que se rehabilitarán y modernizarán; también se pretende que esta red ferroviaria se conecte con el Tren Maya. El presupuesto será de 362 millones 872 mil pesos para rehabilitar los 132 kilómetros de la vía del ferrocarril.

Tal vez la admiración del Presidente por el Benemérito de las Américas, don Benito Juárez García, y al propio pueblo de Oaxaca por su riqueza cultural y sus tradiciones, sean la razón por las que López Obrador le ha prestado más atención. Pero habría que recordarle al Presidente que el estado de Guerrero y su gente han sido piezas fundamentales para complementar el engranaje de los hechos históricos en todas las etapas, incluyendo el cultivo y el desarrollo del maíz en las riberas del río Balsas, donde se han encontrado vestigios de mazorcas fosilizadas que se exhiben en el Museo Regional de Chilpancingo.

Durante el movimiento independentista, los habitantes de estas tierras participaron activamente en contra del ejército realista. Se destacaron hombres y mujeres de gran valentía cómo José María Izazaga, Nicolás y Leonardo Bravo, Hermenegildo Galeana, Juan Álvarez y el mismo Vicente Guerrero, entre otros. Además, en estas latitudes ocurrieron enfrentamientos memorables. El 20 de octubre de 1810, Miguel Hidalgo comisionó a José María Morelos para levantar en armas al sur, consciente de la importancia que tenía para la causa el puerto de Acapulco. Morelos entró a tierras surianas siguiendo la ruta de la Costa Grande; después de varios intentos fallidos para tomar el puerto, Morelos dejó tendido un cerco y marchó a los valles centrales, donde Vicente Guerrero se unió a la causa.

Posteriormente, en Chilpancingo se instaló el Primer Congreso de Anáhuac, convocado desde la entonces Provincia de Tecpan, el 13 de septiembre de 1813 por José María Morelos y Pavón. El Congreso de Anáhuac fue una idea que Morelos había recibido de Miguel Hidalgo, en su encuentro con él, el 20 de octubre de 1810, y que pretendía establecer bases claras para la organización de la lucha por la Independencia. El día que inauguró el Congreso, Morelos pronunció un famoso discurso conocido como Sentimientos de la Nación, documento que algunas veces ha retomado el presidente López Obrador; sobre todo, cuando cita pasajes del documento histórico que retoman el espíritu de la igualdad y la justicia para los desamparados. Hay que recordar que en ese entonces existía la discriminación racial en su máxima expresión, y que hasta la fecha no se ha erradicado del todo. Los opositores de la derecha reaccionaria no pueden concebir o no logran entender que desde principios del siglo XIX Morelos planteó moderar la opulencia y la indigencia y «que se eduque a los hijos del labrador y del barretero como a los hijos del más rico hacendado». Se refiere a que los hijos de los pobres reciban educación de la misma calidad a la que reciben los hijos de los ricos. Como entonces, en la actualidad no se parte de un piso parejo, ni aun con las becas a estudiantes de padres pobres (no hace mucho llamados despectivamente «ninis», por los mismos que no hicieron nada antes y ahora tienen soluciones para todo).

Aquí en el estado de Guerrero, con el famoso Abrazo de Acatempan, Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide crearon, el 10 de enero de 1821, el Ejército Trigarante, y días después, el 24 de febrero, firmaron el Plan de Iguala o de las Tres Garantías, en donde se establecía: independencia, libertad y religión. Entre sus postulados estaba el de exhortar a todos los habitantes de la Nueva España a olvidar sus divisiones y a unirse para alcanzar la independencia.

Otro intento de salir del rezago histórico fue en la revuelta de la Reforma, donde el pueblo de estas tierras se puso a la vanguardia, encabezados por don Juan Álvarez, al promulgar el Plan de Ayutla, el 1 de marzo de 1854, documento histórico cuyo contenido versa en torno a la revolución que dio fin a la dictadura de Antonio López de Santa Anna y convocó al Congreso Constituyente para formular y promulgar la Constitución de 1857. Ignacio Manuel Altamirano, originario de Tixtla, participó activamente en la chinaca guerrillera suriana, cuyos activos eran mejor conocidos como Los macheteros. En esos días, el general Vicente Riva Palacio Guerrero, nieto de Vicente Guerrero, peleaba con fervor en el bajío y Michoacán.

Se cuenta que por el lomerío de Plan de Guerrero y Omeapa, municipio de Tixtla, se registraron enfrentamientos entre realistas e insurgentes comandados por el General Fantasma, como apodaban a Vicente Guerrero, porque después de combatir con los realistas se perdía con toda su gente.

Sin embargo, ni con la Independencia ni la Reforma se lograron avances en estas tierras. Y llegó la otra revuelta, en 1910, que buscaba derrocar al vetusto oaxaqueño Porfirio Díaz, que ya llevaba más de treinta años ejerciendo el poder. Se levantaron en armas Emiliano Zapata en el sur y las fuerzas villistas en el norte del país. Por el lado de Guerrero, Jesús H. Salgado y otros revolucionarios que estaban en contra del latifundismo. Los Figueroa en la zona norte y Los pronunciados en la Tierra Caliente y la sierra. Llegó Francisco I. Madero a la Presidencia y con él una camarilla de porfiristas que nunca se fueron del poder. Haya triunfado o no la revolución, el estado de Guerrero siguió con las mismas carencias, y sus habitantes, en la pobreza. La inquietud y la rebeldía de la gente tienen su origen en las injusticias cometidas en agravio de los campesinos, obreros, estudiantes y otros sectores de la población que no han visto cristalizado el anhelo de vivir bien y en paz. La permanencia de los cacicazgos emanados de un régimen de corrupción y clientelar en donde lo que se busca es que algunos personajes se perpetúen en el poder y se vuelvan millonarios en corto tiempo, sin importarles en lo más mínimo que los demás padezcan hambre y vivan en condiciones deplorables. Casi la mitad de la población de Guerrero vive en comunidades pequeñas y se mantiene de la agricultura, la pesca, la crianza de animales de corral (o pequeños ganaderos) y definitivamente del dinero que les envían familiares que salen a trabajar a otros puntos del país o a Estados Unidos, debido a que la falta de oportunidades para salir adelante en su propia tierra es cada día más difícil.

El levantamiento armado de los años setenta, por la influencia del triunfo de la revolución cubana y por la condiciones de miseria y opresión de un sistema ajeno a aplicar políticas enfocadas a disminuir los índices pobreza de manera clara y real. En lugar de lograr que la Federación volteara a ver a Guerrero como un estado con necesidades urgentes, la situación empeoró: se llenó de cuarteles militares, policías al servicio del sistema priista, paramilitares y guardias blancas en activo de manera impune y con la complacencia de los gobernantes, algo así como lo que sucede en la actualidad. La guerra sucia y ejecuciones extrajudiciales fueron el pan de cada día de la gente vinculada o no al movimiento guerrillero y posteriormente este modus operandi se trasladó a reprimir y desaparecer a los universitarios guerrerenses que se oponían abiertamente al régimen priista.

Durante la historia de nuestra entidad, hemos tenido a verdaderos gobernantes corruptos, si acaso se salvarán uno o dos; pero de ahí en fuera, ni en los últimos tiempos en que hubo una alternancia y jamás se logró una transición hacia una verdadera democracia y a ver cambios palpables y sustanciales en bien de las mayorías. Con Zeferino Torre Blanca, solo se vieron ciertos bandazos de estilo y la forma de administrar los recursos, pero éste se replegó al foxismo, un gobierno de ocurrencias y sin metas bien definidas para lograr salir del subdesarrollo económico del país. Con Ángel Aguirre, la situación se tornó más negra. Medio gobernó con los priistas de siempre y se dedicó a la francachela y a delegar su responsabilidad a vivales que no hicieron nada por sacar a flote a un estado que actualmente se percibe más en ruinas que antes, con deudas y nulo crecimiento. Va de salida un gobernante que en todo su periodo se la llevó de a muertito, haciendo pactos con los poderes fácticos que tienen secuestrados ayuntamientos y regiones enteras disponiendo y manejando la entrada y salida de mercancías. Ellos manejan precios y distribución de todo en donde se manejen recursos económicos. Esto de la pandemia fue para el gobierno de nulos resultados de Astudillo, una especie de punto de reposo para justificar su ineptitud y el letargo en el que aún permanece y ni siquiera entregando lo que le queda de tiempo a la gobernadora electa va a despertar de esa displicencia que le duró seis años. Es un reto para la gobernadora entrante del Morena, que tiene que superar a todos sus antecesores; y lo que se requiere sí, es que esté cerca del presidente de México, gestionando y proponiendo proyectos de gran impacto para que reactive la economía con generación de empleos y derramas económicas en beneficio de todos los que habitamos en este territorio coronado de montañas y bañado por las olas del mar.

Estaremos atentos, y dejo este anuncio aquí: si Obrador llama al gabinete a exgobernantes que no sirvieron en nada a su gente durante su periodo, nos convertiremos en críticos permanentes en el último tramo de su periodo sexenal.

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La democracia, la República y el poder

Humberto Santos Bautista

Bajo tales principios y movido de la necesidad de reformar un gobierno que aún en la clase de provisional y desde su erección ha carecido de la perfección de que es susceptible para tener todo el esplendor que necesita, a fin de dar de lleno a tan sublimes objetos como los de su institución, juzgo como uno de mis principales deberes consultar tan importante negocio a mis compañeros de armas y demás autoridades constituidas, sobre el remedio que ejecutivamente deba aplicarse para dar a la masa común la cabeza que ha de gobernar bajo el sistema republicano que hemos adoptado.
Vicente Guerrero

La definición constitucional de que por voluntad del pueblo somos «una República representativa, democrática, laica y federal, compuesta por Estados libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior, y por la Ciudad de México, unidos en una federación establecida según los principios de esta ley fundamental». (Artículo 40 de la Constitución), quizá debiera leerse entre líneas, para que, como ciudadanos, aprendiéramos a ejercer de manera permanente esos principios y fortalecer la vida pública con ese espíritu democrático y republicano. Sin embargo, más bien pareciera que estos principios se van debilitando. Si la República se caracteriza por ser una forma de gobierno que se cambia periódicamente –lo cual, formalmente puede hacerse–, pero si un solo partido permanece en el poder por mucho tiempo, como pasó con los ochenta años en que el PRI mantuvo su hegemonía, la forma republicana de organización del poder se corrompe, pues el ciudadano queda casi imposibilitado de incidir en la cosa pública. Si la república es la expresión de la soberanía, la cual dimana del pueblo, esa figura queda diluida por la presencia aplastante de un partido dominante, como pasó durante la larga hegemonía del PRI. Por todo eso, los intentos reeleccionistas atentan contra la esencia de la república, porque en nada se diferencia la reelección colegiada y disfrazada –cuando un mismo partido se mantiene en el poder por un largo periodo– de la reelección de un solo hombre, como lo hizo Porfirio Díaz durante treinta años. En ambos casos, no hay la ciudadanizacion del poder como se supone que debería proceder en un Estado republicano. La tentación reeleccionista está más en concordancia con la tradición monárquica que con espíritu de la república.

En esa misma tesitura se inscribe la definición de democracia, como una forma a través de la cual el pueblo elige a sus representantes para ejercer el poder. El problema es la reducción a la sola cuestión electorera el ejercicio de la democracia, porque desde esa concepción, la democracia ha terminado siendo secuestrada por una partidicracia cada vez más corrupta y pervertida. Es decir, los partidos políticos no han servido para promover la cultura democrática entre los ciudadanos, sino, más bien, la han subordinado a sus intereses, en los que todos confluyen: repartirse el poder. Por eso, votar por un partido o por otro, deja de tener sentido porque, en esencia, el proyecto es el mismo. Los partidos han sustituido sus principios por los intereses, no tienen más programa que el pragmatismo que les asegure el poder. Por eso no respetan sus estatutos, que formalmente rigen su vida interna y, paradójicamente, esos mismos que violentan sus propias normas, en tiempos de elecciones le ofrecen «al pueblo» garantizar la vigencia del Estado de derecho.

También se dice que somos una república laica y federal; pero si está en juego el acceso al poder, no hay ningún pudor para hacer alianzas con grupos que abiertamente tienen una filiación religiosa, aunque con ello se tenga conciencia de que se violente este precepto constitucional, no obstante que el grupo religioso se oculte bajo las siglas de un partido político. El punto en el que confluyen la política y la religión es el mismo: el interés por acceder al poder.

En lo que respecta al federalismo, la persistencia de la subordinación de los estados al poder central y la disparidad que existe entre las entidades federativas en los niveles de desarrollo, complica la vigencia del federalismo.

Es en ese marco que tiene uno que plantearse la pregunta de si de verás hemos dado un salto en la consolidación de la República, la democracia y el federalismo. ¿Para qué nos sirve la democracia si solo consiste en ir a votar, aunque eso no tenga finalmente ningún cambio en la vida práctica y social del ciudadano? ¿Cuándo vamos a hacer real la definición de democracia planteada en el Artículo Tercero de la Constitución (nada más y nada menos que el que reglamenta a la educación) para trascender la subcultura electorera a la que el analfabetismo de los políticos es tan afín y al que tendenciosamente pretenden reducirla, porque les es funcional a sus intereses?

Si se asume que el voto sirve para profundizar la democracia, no para acotarla a la más reducida de sus formas; entonces, la democracia tiene que entenderse también como una forma de socializar el poder para terminar con la impunidad que todavía prevalece. Y si esto es así, ¿qué va a pasar si después de movilizar a millones de ciudadanos en cada elección, en la que los ciudadanos ejerzan su derecho a votar, con la esperanza de que haya justicia, y la evidencia le confirme que desde el poder simplemente no se hace nada para aplicar la ley y continúa el régimen de impunidad? ¿No sería eso igualmente un fraude al voto ciudadano que debiera ser también sancionado? ¿Con qué autoridad moral se podrá llamar a participar en elecciones si su voto solo servirá para llevar al poder a un individuo o a un partido, sin que eso signifique un cambio sustancial en la vida pública, y sin que realmente sea una verdadera experiencia democrática? Hay ejemplos históricos que trascendieron esa barrera por la fuerza con la que fueron impulsadas las reformas que se ofrecaieron, como la que se vivió en el periodo del Gral. Lázaro Cárdenas.

Es importante aprender de la experiencia histórica y valorar que un ciudadano es lo más valioso que tiene un país, y que en la medida en que se desgaste su voto, la democracia también perderá sentido. Por eso, si no hay resultados y la democracia no sirve para hacer justicia, con cada elección, algún partido podrá ganar el poder, pero el pueblo de México perderá; y ni qué decir del pueblo de Guerrero, donde se han dado las más graves violaciones a los derechos humanos y mientras esas heridas sigan abiertas –de Rosendo Radilla a la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa–, no habrá ninguna transformación de la República posible.

Por todo eso, quizá sea ya tiempo de revisar lo que vamos a entender por la República democrática a la que se aspira construir.

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Movimiento de los 43. Incertidumbre.

Del 27 de septiembre al 3 de octubre de 2021 al

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