En pie de guerra

Israel Ugalde Quintana

Durante las centurias que duró la hegemonía española en América no faltaron los intereses de otras naciones europeas por arrebatarle a la Península Ibérica esa preponderancia que ejercía en el Nuevo Mundo. Naciones como Holanda, Francia y, sobre, todo Inglaterra se hicieron presentes con aguerridos ataques.

Durante el siglo xviii y, sobre todo, en la segunda mitad de esta centuria, la situación se tornaba aún más difícil, pues los ingleses se propusieron impulsar un contraataque aguerrido y constante contra España y, con ello, amenazar con una invasión y arrebato definitivo de una parte significativa del territorio americano.

Con dichos acontecimientos y, en particular, con la toma de La Habana en 1762 que realizaron los ingleses en el transcurso de la Guerra de los Siete Años, se empezaron a generar en España una serie de temores que llevaron a fortalecer las costas del México colonial del siglo xviii; estas fortificaciones se realizaron principalmente en dos puntos estratégicos del reino: Acapulco, por el lado del Océano Pacífico, y Veracruz, por el Atlántico. A su vez, estos puertos se defendieron respectivamente por un fuerte; en el primero se encontraba el de San Diego y en el otro, el de San Juan de Ulúa.

La organización militar o, específicamente, la distribución de la milicia en Nueva España se intentó dar de dos formas:

Por un lado se hallaban las milicias provinciales o disciplinadas, las cuales contaban con una organización regular, eran entrenadas y estaban al mando de oficiales regulares, los cuales eran educados profesionalmente dentro del mismo ejército.

Por el otro, se encontraban las milicias urbanas. Éstas, a diferencia de las anteriores, tuvieron muchas dificultades para su formación: por lo general carecieron de una organización regular y estable, siempre necesitaron de un buen entrenamiento, a la vez que escasearon las armas y uniformes en estos batallones.

A este tipo de características se suman las milicias creadas en Xicayán1 y en gran parte del Pacífico de Nueva España.

 

La presencia africana en Xicayán. Un recuento histórico

Empecemos por acercarnos a nuestra zona de estudio con los datos poblacionales que nos muestran que para 1777 en Xicayán habitaban un total de 28,211 habitantes, divididos a su vez en las cinco clases étnicas habitantes de dicha provincia; los datos son los siguientes: 20,705 indios, 6296 mulatos, 570 mestizos, 481 españoles y 159 negros2.

Con ello podemos corroborar que la tonalidad étnica y cultural que presentaban sus habitantes fue entrañablemente colorida.

 

La humanidad que se mueve en él es metal que desde hace cuatro siglos se vierte en el crisol de la Costa Chica. Al cobre mixteco se añade el hierro africano y la plata europea. Mucha gente está perfectamente acrisolada: negros con lineamientos caucásicos, ‘naturales’ con pelo lanudo, recuerdo del abuelo guineo; pinotepenses de ‘razón’ con finos rasgos indios heredados de una abuela mixteca. Cutis de todos las matices, desde el blanco del godo de Asturias hasta el negro más negro del continente negro, pasando por el cobrizo, que es el color más bello que puede tener la piel humana3.

 

En este sentido, seguramente estaremos pensando en dos preguntas básicas con relación a Xicayán. Primero: ¿Cómo es y dónde se encuentra? Y segundo: ¿Cómo llegaron los negros a formar parte del recipiente cultural de la Costa Chica oaxaqueña? Para responder a la primera de ellas, utilizaremos las palabras de Gutierre Tibon, que nos dice que Xicayán está:

 

A un día de caballo, en dirección de Pinotepa Nacional. Es un pueblo próspero, en medio de una gran arboleda de magueyes, mangos y naranjos, todos dominados por palmeras de coco4.

 

Para responder al siguiente cuestionamiento es necesario entender que la historia del africano en territorio costeño no se puede entender al menos si no nos referimos al Mariscalato de Castilla, don Carlos de Luna y Arellano, quien fuese el primer Mariscal de Castilla (1547-1630), y que al llegar al pueblo de Ayutla a mediados del siglo xvi en busca de un lugar para instalar una hacienda de ganado mayor se queda en este pueblo y le cambia el nombre por el de Los Cortijos. Con él llegaron los primeros negros traídos para cuidar del ganado de esta hacienda, y es así cómo a través de las centurias los negros se multiplicaron y surgieron los morenos de la costa. Durante este periodo, la vida del africano en la Costa solía ser bastante difícil, pues su vida era bastante triste y miserable. En algunas situaciones, muy raras por cierto, algunos de ellos gozaban de algunas facilidades, como la de atender tierras y ganado de la propiedad del Mariscal. La mayoría de ellos fueron unos miserables jornaleros, ayudantes de algunos indios que bajan de los pueblos, subían por el miserable jornal pagado en jabón, panela y maíz5.

Pero no sólo de trabajo vivía el africano ya que en sus ratos de esparcimiento se dedicaba a descansar en las chozas que él mismo fabricaba. Pues estos hombres no tuvieron otras ambiciones para los ratos de descanso que unas ramas sostenidas de cuatro palos, a lo que le daban el nombre de majareque6. Al parecer este tipo de chozas subsistió entre la gente y sus poblados en la Costa Chica hasta las primeras décadas del siglo xx. En la actualidad estas habitaciones se encuentran en desuso. Su origen, al igual que el de los negros que se quedaron en Nueva España y, en particular, los negros de la costa, se remonta a la cultura Bantú. Ciertamente éste sistema de habitación consiste en una enramada de palos y ramas recubierta de lodo que, una vez seco, se convierte en una especie de mortero bastante resistente; puede pintarse o blanquearse con cal7.

 

Participación e integración de los pardos y mulatos a los batallones de defensa de Nueva España.

Análisis del caso de Xicayán, Oaxaca, 1780-1800

Después de hacer este breve recuento, regresemos nuevamente al siglo xviii y a la integración de estos hombres a labores militares. El papel que jugarían los afro-mexicanos en las fuerzas armadas de Nueva España era una fuente de preocupación tanto para los oficiales de carrera como para los oficiales de complemento. Ya que, en la opinión de la clase alta,

 

Las castas de color eran irresponsables, perezosas, arriadas, y políticamente no confiables dentro la sociedad colonial. Sin embargo, ellos estaban más inclinados al servicio militar que los blancos, con mayor resistencia a las inclemencias del clima y enfermedades tropicales8.

 

En la Costa del Pacífico, «el aislamiento de las bases enemigas potenciales reducía más el peligro de una invasión enemiga, el pequeño castillo de San Diego en Acapulco ofrecía una protección adecuada»9. «Pues desde la creación del castillo este fue el lugar que se tenía desde hacía ya bastante tiempo y con el cual se podía proporcionar seguridad y defensa en caso de ser atacados por buques enemigos»10.

Existieron al menos tres maneras de integrar a la población a las labores en la milicia. Éstas fueron de manera voluntaria, organizando levas y a través de organizar padrones militares. Todo esto dependía de la participación que la gente mostrara frente a esta disciplina.

En este sentido, para 1794, el teniente Benito Pérez fue encargado de realizar la tarea de un padrón militar en Xicayán, «en él, el cargo del comisionado se reducía a adquirir noticias de la distancia y situación local de los pueblos, haciendas y ranchos y formar padrones de sus habitantes para saber el número de familias e individuos. Estos padrones se dividieron en dos clases: de las familias blancas, en la que se comprenden a españoles, mestizos y castizos, y en el otro, la de las pardas, que incluyen morenos, mulatos y sus distintas mezclas, todas ellas sujetas al pago del tributo».11

El resultado del trabajo que realizó el teniente coronel Benito Pérez, después de que se le solicito el censo militar, da como efecto los cálculos de población apta para las labores en la milicia. Los datos se encuentran en las dos ilustraciones siguientes12.

Una vez adquiridos estos conocimientos y propuesta la cantidad de individuos que debían formar las milicias, los batallones de pardos en Xicayán tuvieron la obligación de realizar con cierta frecuencia una estancia en Puerto Escondido. Ahí realizaron rondines y su principal deber fue el de emplearse «en algunas obras y funciones, como composición de caminos»,13 «auxiliar a los jefes militares y al ejercito, y como se sabía que la gente costeña era altanera»14, fue necesario entrenar a un grupo de milicianos para este tipo de ocasiones y poder realizar la «conducion reos, arrestar a forajidos y delincuentes»15 y «contener los movimientos, alteraciones y alborotos de los indios»16. Con ello, el quehacer fundamental del afromexicano en estas milicias de Xicayán fue la defensa de las costas y la supervisión de los pueblos. La clave fue establecer puntos estratégicos para organizar las guardias; en ellas, la obligación de los milicianos fue la de llegar a realizar rondines con cierta regularidad y cerciorarse de que todo se encontrara en completa calma. Parte de su obligación «fue la de realizar seis vigías diarias»17. Del mismo modo, también asumieron «la obligación de recolectar el tributo»18 y «la asistencia para la siembra de las milpas de sus compañías y recoger el fruto de ellas»19.

En su estancia en Puerto Escondido, «su deber principal fue la de estar ocupados en guardar, vigilar y patrullar las costas, sostener en el pueblo una guardia continua y para cerciorarse de que se estuviese trabajando fue necesaria la visita de un cabo el cual acudía a los pueblos de Xicayán dos veces por semana»20.

La utilidad de estos batallones se pudo mostrar cuando en una ocasión le salvaron la vida a la tripulación que viajaba en un buque procedente de Acapulco, que, al fallarle el timón y al complicársele el arribo a estas costas, apenas y pudo acercarse y desembarcar en las playas de Puerto Escondido: «los mulatos de la costera al percatarse de este acontecimiento se emplearon en trasladar maderas que traían desde los montes y de distancias muy lejanas y con ello pudieron salvar la vida a toda la tripulación»21.

La presencia de españoles en las milicias de Xicayán también se hizo patente, pero de manera menos representativa. En las Costas del Pacífico «existían compañías de caballería en Jamiltepec y en Ometepec, bajo el titulo de españoles»22. «La escasez de españoles y mestizos en la Costa Chica obligaba a los grupos dominantes a blanquear a un número más o menos importante de pardos para completar sus compañías»23. Dada la situación en la que se encontraban las milicias en esta zona, se manifestó el deseo de «que no existiesen las compañías con el titulo de españoles pues fueron muy escasos estos y los que hasta ese momento pasaron por tales no lo fueron»24.

La razón principal para integrar a personas de origen africano a la actividad defensiva del reino que habitaba las costas tuvo como base y argumento el hecho de que muchos blancos no estaban dispuestos a soportar las condiciones del servicio. Algunos eran comerciantes, hacendados, encomenderos, etcétera. Así que cuando se presentaba una crisis o conflicto, normalmente no querían dejar sus negocios ni sus tierras.

 

Con frecuencia, en lugar de tomar sus plazas en los batallones, contrataban a la gente de las castas para hacerlo en su lugar, con lo que éstas iban aumentando su presencia en la milicia25.

 

En este mismo sentido, habría que señalar algunos de los acontecimientos ocurridos en esta jurisdicción, por parte de un grupo de milicianos que se organizaron argumentando que ellos no querían ser mandados por oficiales españoles, sino que querían recibir ordenes por los de su mismo color y que a quien querían por capitán era a un tal Policarpio de los Santos, teniente de una de las compañías de pardos, ellos continuaron con su alboroto y añadieron que se les entregase las cajas de guerra —que no son otra cosa que los tambores de guerra, que se tocan junto con las trompetas—. Al entregarles dichas cajas el teniente Policarpio de los Santos hizo formar en columna a todos los milicianos y se marcharon.

Sin embargo, también es importante señalar que para lograr un nivel físico que les permitiese agilidad corporal y un buen manejo de las armas fue necesario recibir un adiestramiento en esta disciplina; para ello, a manera de rutina, los individuos que ingresaban a la milicia tuvieron por obligación que «cada quince días tuvieran una reunión en la cabecera de su compañía para hacer ejercicio de instrucción»26, y para evitar la dispersión y la desobediencia, las autoridades vieron la necesidad de fomentar una disciplina aun más constante entre las milicias, para ello «fue indispensable que en los meses que por haber concluido sus labores o recogido sus milpas y se hallasen enteramente desocupados, se les instruyera todos los domingos y días festivos para evitar la ociosidad, y así pudieran adelantar su instrucción»27. Este tipo de congregación en donde los individuos tenían que entrenarse fue conocida con el nombre de asamblea.

 

Las asambleas eran las temporadas en que se reunían todos los soldados de un regimiento en un determinado lugar para ejercitarse en el manejo de las armas y adquirir los más rudimentarios conocimientos de la disciplina militar. Por lo menos debían efectuarse una vez por año. Su duración variaba entre una semana y un mes28.

 

En cuanto al manejo del fusil y la lanza, estos instrumentos los debían maniobrar a la perfección, pues estos los debían de ocupar en los días en que se encontraran realizando los rondines, ya sea montados a caballo o a pie. Además de aprender a usar las armas y practicar el tiro al blanco, de montar, y desmontar a caballo, su obligación fue «aprender a poner espada en mano y el modo de llevarla»29. A la vez que existían las milicias de pardos y mulatos en Xicayán, también se hacían presentes los cuerpos de lanceros que se distinguían por las armas y el uniforme; con respecto a ello, el tipo de armamento que debían portar fueron las lanzas y los machetes30. Con respecto al uniforme y el estilo de vestir, estos cuerpos debían de portar «una manga azul con su valona amarilla y en ella una inscripción por delante que decía Viva el Rey con un castillo y un león y un sombrero»,31 los oficiales, sargentos y cabos de «estas compañías de lanceros se vestían con casacas como las de Veracruz pues fueron de la misma especie y con el propio título de lanceros o tropas de la costa»32.

Aunado a las anteriores labores habría que añadir que la actividad económica a la que le dieron mayor continuidad y dedicación los lugareños de Xicayán fue la actividad agrícola, pues representó la acción menos fastidiosa en los momentos en que poseían cierta libertad, ya que no se requería su persona para realizar las obligatorias guardias defensivas en las costas. Los integrantes de estas compañías tuvieron a su cargo un cierto número de hectáreas para trabajarlas alternadamente a su labor en la milicia; para ello, «su principal obligación de cada uno de estos miembros fue invertir sólo quince días de trabajo al año»33 en la producción agraria. Para que con ello pudieran ser «liberados de la contribución de los cuatro reales a que estaban sujetos»34. Esta propuesta nació como iniciativa de las autoridades para adquirir de forma distinta el tributo que los milicianos no podían pagar de manera directa y, con ello, impulsar la subsistencia de las milicias y la defensa de las costas.

Los resultados obtenidos del trabajo en la milpa del maíz y del algodón por cada agrupación producía anualmente una cosecha no inferior a «trescientos o cuatrocientos pesos al año y por consiguiente las doce compañías de las dos divisiones que son la cuarta y la quinta correspondientes a Xicayán y Ometepec producían por lo menos tres mil seiscientos pesos por año; y si el año fuese bueno podían rendir las milpas de estas dos divisiones de ocho a nueve mil pesos, sobrando de este modo los fondos necesarios para auxiliar los gasto que estas compañías necesitasen»35.

 

A manera de conclusión

La integración de la gente de color a los batallones creados para la defensa de Nueva España, podemos entenderla en varios sentidos. A los afromestizos se le consideraba con una salud optima para enfrentar las altas temperaturas de las costas, y se les consideraba aptos para resistir las enfermedades que los europeos no toleraban. Estos últimos, al tener ocupaciones prioritarias y afines a sus intereses, no les interesaba salir y participar en la defensa de la soberanía de la Colonia, pues anteponían a su obligación en la milicia el atender sus asuntos personales. La contribución del pardo en las labores defensivas de Xicayán fue el resultado del programa que impulsó Juan de Villalba, quien fuera comisionado para impulsar una serie de reformas en el aparato defensivo de Nueva España en la segunda mitad del siglo xviii.

 

Los resultados de la Guerra de los siete años llevaron al clímax los esfuerzos de los borbones españoles para reformar la administración de su imperio. Una parte integral de sus planes era el fortalecimiento de las posesiones españolas de ultramar para que, de esta forma, las colonias pudieran defenderse por sí mismas y pudieran hacer contribuciones económicas a la defensa imperial36.

 

Una realidad, ciertamente desafortunada, tanto para las autoridades coloniales como para España, fue que las milicias de pardos y mulatos de Xicayán no presentaron los resultados deseados, ello por varias razones. Empecemos por señalar la importancia que tuvo el hecho de que nunca se presentó un ataque de verdadera importancia en las costas del Pacífico, por parte de los enemigos en potencia. Como consecuencia de ello —la inactividad de la milicia en su labor defensiva— se les tenía que ocupar de alguna manera en una acción que estuviera de cierto modo relacionada a esta función; es de esta manera que a cada uno de los individuos que conformaban las filas de la milicia se les ocupó, como ya vimos, en labores como la de policía, y en caso de que se contara con la presencia de algún funcionario público de importancia, la tarea del miliciano fue la de cuidar de esta personalidad. Otro de los factores que se puede considera hasta cierto punto negativo en la evolución defensiva de las milicias de Xicayán fue el descuido de las autoridades en el aspecto económico, lo que influyó a que las milicias de esta comarca fueran muy débiles y que no mostraran ninguna fuerza en lo militar, ni habilidad en lo táctico-operativo.

Dentro de este contexto, donde sobresalen y se conjugan los abusos e injusticias de las autoridades con la pobreza en que vivieron los hombres y mujeres de las comunidades afromestizas de esta provincia, cabe señalar los logros que obtuvieron en 1796 al modificar el cobro del tributo: las autoridades ofrecieron a las milicias realizar el pago de este impuesto con trabajo en el campo. Este acontecimiento se vio como una buena señal de las autoridades hacia los pardos, aunque al parecer llegó un poco tarde. Los desacuerdos de los afromestizos de Xicayán por la mala situación de esta institución se reflejan cuando inicia el siglo xix. Esto se puede observar cuando Morelos hace acto de presencia en los pueblos de las costas de Oaxaca y Guerrero y proclama una invitación abierta a integrarse a las filas del movimiento insurgente:

 

La corona española, al hacer partícipe a sus colonias en las guerras que tenía con otras naciones, y al exigir de Nueva España el oro y la plata para financiar sus guerras europeas, fomentó en ésta el deseo de separación. No es posible precisar cuándo aparecen en Nueva España las primeras manifestaciones de este anhelo, pues otras poderosas causas motivaron también la guerra de independencia y es difícil separar unas de otras. Sin embargo, es necesario precisar en las décadas anteriores a la independencia la época en que empezó a provocar reacciones, inesperadas la política militar de España en relación con sus colonias, para estudiar cómo el estado de guerra español contribuyó a llenar de resentimiento al americano. La necesidad que tuvo España de protegerse y defenderse contra las agresiones de los enemigos europeos que tenía en América la obligó a crear un instrumento guerrero que, en último término, sirvió para que la Colonia se enfrentara a su metrópoli37.

1. Xicayán, que en castellano quiere decir “el pueblo de las goteras”. Andrés Aznar de Cozar, Relación del pueblo de Xicayán, México, Vargas Rea, 1956. Passim.

 

2. Archivo General de la Nación, Ramo Historia, Vol. 72 (en adelante agn).

 

3. Gutierre Tibon, Pinotepa Nacional, mixtecos, negros y Triques, Universidad Nacional Autónoma de México, México 1961, p. 12.

 

4. Ibídem.

 

5. agn, Ramo Tributos, Vol. 34, Exp. 7, fs 163-173v, año de 1793.

 

6. Ibídem. Hay que tener en cuenta que actualmente esta palabra se escribe como bajareque y no majareque, como lo demuestra el documento colonial.

 

7. Bernal, Ignacio, Tenochtitlan en una isla, México, Fondo de Cultura Económica, Secretaría de Educación Pública, 1984, p. 30.

 

8. Mcalister, Lyle N., El fuero militar en la Nueva España (1764-1800), Trad. José Luis Soberanes, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Jurídicas, 1982, p. 55.

 

9. Archer, Christon, El ejército en el México Borbónico 1760-1810, Trad. Carlos Valdés, México, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 17.

 

10. agn, Ramo Padrón, vol. 16.

 

11. agn, Ramo Indiferente de Guerra, Vol. 422ª.

 

12. Ibíd.

 

13. agn, Ramo Padrón, Vol. 16.

 

14. agn, Ramo Tributo, Vol. 34.

 

15. Ibídem.

 

16. agn, Ramo General de Parte, Vol. 54.

 

17. Ibíd.

 

18. agn, Ramo Indiferente de Guerra, Vol. 289b.

 

19. Ibídem.

 

20. agn, Ramo Tributos, Vol. 34.

 

21. agn, Ramo Tributos, Vol. 34, Exp. 7, fs. 163-173, año de 1793.

 

22. agn, Ramo Indiferente de Guerra, Vol. 289b.

 

23. Widmer, Los comerciantes y los otros..., p. 213

 

24. agn, Ramo Indiferente de Guerra, Vol. 289b.

 

25. Ben Vinson III, “La dinámica social de la raza: los milicianos pardos de Puebla en el siglo xviii”, en Adriana Naveda Chávez-Hita (coord.), Pardos, mulatos y libertos, sexto encuentro de afromexicanistas. Jalapa, Universidad Veracruzana, Dirección Editorial, 2001, p. 63.

 

26. agn, Ramo Indiferente de Guerra, Vol. 422ª.

 

27. Ibídem.

 

28. Velázquez, María del Carmen, El estado de guerra en Nueva España 1760-1808, México, El Colegio de México, 1950, p. 88.

 

29. agn, Ramo Indiferente de Guerra, Vol. 422ª.

 

30. agn, Ramo Indiferente de Guerra, Vol. 289b.

 

31. Ibídem.

 

32. Ibíd.

 

33. agn, Ramo Indiferente de Guerra, Vol. 289b.

 

34. Ibidem.

 

35. Ibid.

 

36. McAlister, op. cit., p. 17.

 

37. Velázquez, Op. cit., p. 13.

 

  • Número 99. Año III. 30 de septiembre de 2019.

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