Afrodescendencia en Chilpancingo

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María Teresa Pavía Miller

Cuando se habla de la presencia africana en el estado de Guerrero, por lo general se piensa en la costa, sobre todo en la Costa Chica y, en particular, en Cuajinicuilapa, lugar donde, decía Aguirre Beltrán a principios de la década de 1970, «[…] los grupos africanos habitan y permanecen todavía identificables» (Aguirre, 1972: 11). Ciertamente, en las costas surianas encontramos a personas cuya fisonomía es prueba viviente de la inmigración africana durante la dominación española. Sin embargo, aunque en otras partes de la entidad el fenotipo prácticamente ha desaparecido, los testimonios históricos muestran que los africanos y sus descendientes llegaron y vivieron en toda la extensión del actual territorio guerrerense.

Debido a eso, trataré de hacer un resumen de su arribo y presencia en el sur de nuestro país, a partir del dominio español, para analizar con mayores elementos el lugar y tiempo específicos de este artículo.


 


 

El arribo


 

Las noticias más antiguas que se conocen acerca de población negra en el actual territorio guerrerense se refieren a la Tierra Caliente y a la Costa Grande. La Relación de Sirándaro informa que, entre 1522 y 1524, Antonio de Carbajal descubrió y conquistó dicho lugar, en su camino hacia Zacatula, en la costa de la Mar del Sur (Acuña, 1987: 262). Este capitán iba acompañado de otros tres españoles y de un hombre negro llamado Juan Garrido, quien era una persona libre y compraba esclavos, era sujeto de crédito, buscaba oro, tuvo minas en Zumpango y se comportaba como cualquier conquistador (Acuña, 1987: 257-270; Millares y Mantecón, 1945, t. i: 274; Pavía Guzmán, 1970: 192; Herrera, 1997: 131-147).

El editor de las Relaciones geográficas aporta algunos datos sobre este personaje; sugiere que era oriundo de África y que:

[…] se vino a tornar cristiano a Lisboa y estuvo en Castilla siete años y vino a Santo Domingo, y estuvo otros tantos […] y después vino a esta Nueva España, y se halló en la toma de esta ciudad de México y en las demás conquistas […] y que fue el primero que cogió y sembró trigo en esta tierra, de lo cual ha venido [a] haber lo que al presente hay, y trajo a esta Nueva España muchas semillas de verduras; y que [era] casado y [tenía] tres hijos [Acuña, 1987: 262-263].

Unos años después, en 1527, quedó asentado en el Archivo de Notarías de la Ciudad de México (ancm) que un vecino de Zacatula llamado Francisco Rodríguez compró un esclavo negro de 16 años, también llamado Juan, a Andrés Barrios, por la cantidad de 100 pesos oro (Millares y Mantecón, 1945, t. i: 208; Pavía Guzmán, 1970: 91). En 1540, la Suma de visitas informaba que en Coyuca, en la provincia de Acapulco: «El encomendero [tenía] muy buenas huertas de cacao las cuales [sostenñia] con esclavos y negros» (Del Paso y Troncoso, 1905: 330), noticia que —dice Edgar Pavía Guzmán— indica el viraje en esa región de la actividad económica minera hacia la agricultura y la ganadería.

Cabe hacer notar que en Zacatula predominó la esclavitud indígena durante los primeros años de la Conquista.Así lo constatan varios documentos del ancm sobre transacciones y asociaciones que incluyen a indios esclavos —algunos herrados en la cara— con sus respectivas herramientas y bateas, destinados las más de las veces a recoger oro en los ríos (Millares y Mantecón, 1945, t. i: 174-239; t. ii: 30, 142). Con ellos, en ocasiones, se menciona a un número mucho menor de esclavos negros. Después de 1542, cuando las llamadas Leyes Nuevas prohibieron la esclavitud indígena, se incrementó el tráfico de esclavos provenientes de África que fueron introducidos a la Nueva España y a lo que actualmente es el territorio guerrerense (Rubí, 1998: 167).

Debido a lo anterior, según el funcionario virreinal Juan López de Velasco, en 1570 vivían en Zacatula 150 negros, más del doble que los 70 españoles que allí habitaban (Aguirre, 1972: 208; Pavía Guzmán, 1998: 17). Asimismo, la Relación de Sirándaro informa que, en 1580, en las tres haciendas que había en las minas de plata del Espíritu Santo, ubicadas a cuatro leguas de la cabecera, había «algunos negros», sin especificar si eran o no esclavos (Acuña, 1987: 266). También hay informes de que, en Tierra Caliente, en Tetela del Río —que abarcaba Cutzamala, Tlachapa, Poliutla y Ajuchitlán—, la actividad minera atrajo a españoles y mulatos desde finales del siglo xvi, sin que se aporten mayores datos (Gerhard, 1972: 301).

Otra de las regiones donde hubo presencia africana temprana, relacionada sobre todo con la minería, fue el norte del actual territorio guerrerense. En 1536, Hernán Cortés y Gaspar de Soria tenían esclavos negros en las minas de Taxco. El primero contaba con 60, y el segundo, quien era propietario de dos esclavos llamados Agustín y Gonzalo, debía a Gregorio Yáñez el costo de 38 más (Pavía Guzmán, 1970: 91-92; Millares y Mantecón, 1945: 43, 79-80). También hay diversos testimonios que mencionan de manera indirecta la esclavitud de africanos en ese sitio. Por ejemplo, Silvio Zavala afirma que las Ordenanzas para esas minas, expedidas el 4 de octubre de 1542 por el oidor y licenciado Lorenzo de Tejeda, dejaban claro que había mano de obra negra esclava, junto con la de indios esclavos y naboríos. De la misma manera, el mandamiento que regulaba la venta de vino, dado en octubre de 1547 y confirmado en 1551, prohibía que esta bebida se vendiera a los esclavos negros y a los indios (Pavía Guzmán, 1986: 15). A su vez, Peter Gerhard (1972: 261) afirma que, en 1552, debido a que las minas de Taxco estaban en plena producción, atrajeron a «considerables cantidades» de españoles, indios y castas. Para 1570 precisa más los datos y dice que en los diversos reales del lugar y sus alrededores había 100 españoles, 900 «mineros indios» y 700 esclavos negros.

Por su parte, Brígida von Mentz (2005: 260-261; 2009: 120, 126) remite a los inventarios de empresas mineras del siglo xvi en Taxco, como las de los conquistadores Pedro Sandoval y Hernán Cortés para mostrar la riqueza documental sobre el arribo de población africana, informa que, en uno de dichos testimonios, fechado en 1549, se registró —junto con fuelles, picos, marros, azadones y otros utensilios— a cuatro esclavos negros. La autora sostiene que, en ese año, quienes trabajaban las minas y realizaban el tumbe del mineral en la empresa del marqués del Valle eran los esclavos africanos. Señala que estos llegaron a suplir a los indígenas y observa una correspondencia entre el impulso a la minería y su incremento en éste y otros centros mineros. Así, dice que, de 187 esclavos que había en Taxco entre 1556 y 1562, aumentaron a 700 en 1569, los cuales convivían con 900 indios mineros y 100 españoles. Considera que, más tarde, el número de personas de origen africano posiblemente fue mayor, sobre todo el relacionado con las castas o la población resultante de matrimonios de indios e indias con negros y mulatos. Una cantidad similar maneja Rafael Rubí (2009: 98), quien informa que en 1569 había 130 esclavos negros en Tetelzinco, 176 en Cantarranas y 310 en Tenango, los cuales realizaban el trabajo más pesado en las minas.

La presencia africana se extendió a otras poblaciones del norte del actual territorio guerrerense, no necesariamente mineras. Así, en 1558, en el Códice de Teloloapan, Oztuma, Alahuiztlan e Ixcatlan, se representó a 33 individuos «con pelo crespo», que Alfredo Ramírez Celestino (2006: 63, 73-74, 82, 99, 102) identifica como probables negros o mulatos, si bien no hay datos acerca de su ocupación. Dicho testimonio muestra, además, a un personaje totalmente pintado de negro que, según Ramírez Celestino, podría haber sido el esclavo del cura Rodrigo Ortiz.

En otros lugares, como la Costa Chica, no obstante que hoy en día es el más identificado con la población negra, no existe certeza en cuanto al momento del arribo de población africana. Aguirre Beltrán (1958: 55, 58) afirma que dicho grupo se hallaba presente desde mediados del siglo xvi y que en 1550 el virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, ordenó a Gutierre de Badajoz, encomendero de Nexpa y Tlacuilula, que evitara que un negro llamado Francisco llegara a esos pueblos, porque «[…] hace malos tratamientos a los naturales», y le ordenó que si «[…] fuere hallado en los dichos pueblos o en cualquier de ellos o en sus sujetos y luego lo prendan y a buen recaudo lo traigan y envíen a la cárcel de esta corte». Asimismo, informa que en la segunda mitad de esa centuria, el mariscal de Castilla «[…] trajo de España un pequeño número de reses con cien negros casados»; es decir, al menos 200 personas.

Tales testimonios no convencen a Arturo Motta (2006: 3), quien documenta que fue a finales del siglo xvi cuando la población negra se introdujo a la Costa Chica del actual territorio guerrerense. Él comenta que, en 1576, las ciudades de Puebla y Cholula nombraron a Mateo de Mauleón abastecedor y encargado de sus carnicerías, por lo que éste decidió ampliar la entonces hacienda de los Cortijos —que era la estancia de ganado mayor de Buena Vista y parte del mayorazgo del mariscal de Castilla— con tierras de los indios de Igualapa, Ometepec, Tlacolula y Huehuetlan. Ése fue el momento probable del arribo de afrodescendientes a aquellos lugares para que cuidaran del ganado. El autor argumenta que en este oficio se ocuparon muchos de los negros y mulatos libres y esclavos, poco tiempo después de haber concluido la Conquista, «[…] aprovechando su cultura ganadera africana si eran bozales, o […] la hispana, si es que […] eran criollos». El autor observa que, en la Costa Chica:

Dejos de esta antigua asociación negros/ganado aún se pueden atisbar en localidades rurales de la antigua costa de la mar del Sur. Si bien hoy divididas por las fronteras políticas de los estados de Guerrero y Oaxaca, antaño se comprendían, comprehendieron y conceptuaron como entidades propiedad de una sola cabeza: la del estanciero, luego devenido terrateniente. Y en la costa hubo varios de ellos, pero el de mayor preeminencia y permanencia cronológica, pues corre desde fines de la primera mitad del siglo xvi a los primeros tres lustros de la segunda mitad del siglo xix, fue la del titulado mayorazgo del Mariscalato de Castilla [Motta, 2006: 4].

La cantidad de población negra que arribó inicialmente a la actual Costa Chica guerrerense no debió de ser cuantiosa, sino muy pequeña, afirman Motta y Ethel Correa (1996: 13-14), ya que para cuidar al ganado no se requería una gran cantidad de vaqueros. Estos autores fundamentan su aserto en la documentación de mercedes concedidas para estancias de ganado mayor en lugares relativamente cercanos a la citada región. Mencionan que en 1551, en Polutla y Huatulco se anotaron seis negros de a caballo para atender 3 000 cabezas de vacas y yeguas, así como cuatro para 400 novillos y 200 potros. En otro documento de 1568, relativo a una estancia de ganado mayor, se asentó que 15 esclavos se ocupaban de 10 000 cabezas de ganado vacuno manso y 600 cabezas de yeguas. Finalmente, respecto al origen de los negros y mulatos que llegaron a la Costa Chica, dichos autores se inclinan por afirmar que eran criollos; es decir, nacidos en la Nueva España, porque la documentación que revisaron no muestra ni a un africano.

En Acapulco, otra de las regiones en que hasta el presente es posible observar rasgos de población afrodescendiente, es probable que su estadía se remonte hasta la década de 1530 en los astilleros de Puerto del Marqués, según Gerhard (1986: 41). No obstante, fue hacia 1570 cuando surgió el asentamiento portuario con una población permanente de negros, mulatos, filipinos y unos pocos españoles. María Elisa Velázquez y Ethel Correa (2007: 23) refieren un testimonio, aportado por Rolf Widmer respecto a una denuncia en contra de un esclavo mandinga llamado Tomás, quien en 1584 fue acusado ante el Santo Oficio por predecir la llegada de navíos al puerto de Acapulco y por conocer una raíz «maravillosa» que curaba enfermedades, la cual, según el mandingo, era muy conocida en su tierra.

Aguirre Beltrán (1972: 50-51) informa acerca del comercio de esclavos de «indios de Filipinas» que se realizó en Acapulco en la última década del siglo xvi, entre los que había muchos mulatos que, cabe aclarar, no necesariamente se quedaron a radicar en el sur de la Nueva España. El autor afirma que ese tipo de transacciones continuó hasta el primer tercio del siglo xviii, a pesar de no haber alcanzado la importancia de la trata de esclavos que se llevaba a cabo por el Atlántico y sin importar las trabas que le impuso la Corona española; entre otras:

• El 10 de abril de 1597 Felipe II ordenó al gobernador de Filipinas que sólo permitiera embarcar cuatro esclavos a cada oidor o persona honrada que pasara a México y seis al gobernador saliente.

• El 22 de abril de 1608 se prohibió la importación de esclavos por Acapulco, lo cual favoreció su contrabando.

• En 1620 se aceptó legalmente el comercio, pero se limitó a la introducción de un solo esclavo por cada pasajero o marinero de la nao, aunque a personas de calidad se les concedió un número mayor.

• En 1626 se impuso un derecho sobre la introducción, equivalente a 40 ducados, mucho mayor a los 24 que cubría el asentista que usufructuaba el monopolio.

Según Aguirre Beltrán, casi todos los esclavos procedentes de Filipinas llegaron bajo contrato individual, celebrado entre el dueño y un marinero de la tripulación de la nao, que lo conducía a la Nueva España bajo su responsabilidad y recibía como pago la tercera parte del valor del esclavo (Aguirre, 1972: 52). En relación con el mismo asunto, Velázquez y Correa (2007: 23-24) informan sobre la diversidad de los lugares de donde podían ser originarios esos esclavos provenientes de Asia que arribaron a Acapulco.

Existen datos que muestran la presencia de población negra desde mediados del siglo xvi en la región Centro del actual territorio guerrerense, donde se localiza Chilpancingo. Silvio Zavala informa que, en marzo de 1552, el virrey dictó disposiciones para proteger a los indígenas de Tixtla y Mochitlán de las vejaciones a que los sometían españoles, negros y otras personas de las minas de Zumpango (Pavía Guzmán, 1986: 15-16). Asimismo, López de Velasco informa que, en 1570, había 800 negros que vivían en Coixca —o provincia Cohuixca—, que, de acuerdo con Manuel Orozco y Berra (1880), contenía a la provincia de Chilapan, que, a su vez, se «[…] dividía en varios estados particulares como los de Tzompanco, Chilapa y Teoiztla, hoy Tixtla», muy cercanos a Chilpancingo.

La provincia incluía, además, a los estados particulares de Tepecuacuilco y Tlachmalaca, en la actual región Norte.

 

 

Incremento y expansión


 

La población de origen africano que llegó al sur de la Nueva España en el siglo xvi, muchas veces esclavizada, para ser mano de obra, sobre todo en la minería y la ganadería, aumentó a lo largo de los siglos xvii y xviii, se mezcló con personas de otros orígenes ñetnicos y diversificó sus actividades. En el siglo xviii, esta población estaba presente en todo el territorio que ocupa en la actualidad el estado de Guerrero y desarrollaba diversos oficios, en su mayoría, como personas libres. Su incremento a lo largo de esa última centuria fue significativo, como se aprecia en el cuadro 1.

Cabe hacer notar que en el siglo xviii, cuando el tráfico de esclavos estaba a la baja, casi acabado (Aguirre, 1972: 15-95), la población negra creció y se extendió más en el sur de la Nueva España. Las cifras muestran que se triplicó, pasando de poco más de 7 000 a más de 26 000 personas y de 11% a 17% del total de habitantes que había en un espacio semejante al actual territorio guerrerense.Así, los afrodescendientes llegaron a ser la población más abundante después de los indígenas. Se trataba, sobre todo, de criollos o castas, es decir, de personas nacidas en América, producto de la mezcla de negros y mulatos con otros grupos humanos, principalmente con los indios.

Como se apuntó arriba, en el siglo xviii, la mayoría de la población negra en el sur de la Nueva España era libre. En pocos lugares se han encontrado testimonios de esclavitud. Un ejemplo de estos es Taxco, donde había 59 esclavos, un número relativamente alto en comparación con otras partes de la actual entidad guerrerense. Sin embargo, tal cantidad constituía sólo 7.34% de la población negra, mulata y morisca de ese lugar; es decir, más de 90% eran libres (Pavía Miller, 2016: 128-129). Por lo contrario, en un trapiche de azúcar cercano a Chilpancingo, denominado Mazatlán, que en 1743 tenía una población de unas 112 personas, había 27 «piezas de esclavos»: casi la cuarta parte del total de habitantes.En otros sitios hay noticias de números muy menores: 10 esclavos en Chilpancingo, en la región Centro, a finales de esa centuria (Pavía Guzmán, 1999: 131); ocho en Ayutla, en la Costa Chica (Pavía Guzmán, 2006a: 8); y uno en Tecpan, en la Costa Grande (De la Serna, 2010: 86-88).

Cabe señalar que, aunque vivían a lo largo y ancho del sur de la Nueva España, los descendientes de africanos se concentraron más en las costas, donde alcanzaron los mayores porcentajes de población, sobre todo en Acapulco, cuyos habitantes eran, en su gran mayoría, negros (Pavía Miller, 2001: 259-291).

 

 

Objetivo de este estudio


 

Chilpancingo es uno de esos lugares donde el fenotipo asociado con la población africana no resulta evidente, como sucede, por ejemplo, en las costas de Guerrero. A pesar de eso, como se asentó al inicio de este artículo, hay testimonios documentales que muestran que a ese lugar llegaron negros y mulatos, quienes se quedaron a radicar allí y se mezclaron con personas de otros orígenes étnicos. Debido a eso, el objetivo de este trabajo es mostrar la presencia africana en ese poblado, documentar su arribo, incremento y mestizaje; también, escudriñar en sus relaciones y convivencia con españoles e indígenas, su movilidad social y sus quehaceres económicos.

El estudio se fundamentó con documentos sobre población en los que era habitual la clasificación de las personas en grupos o estamentos, de acuerdo con su origen étnico, lo cual permite observar la presencia africana en el espacio abordado. Se analizaron padrones elaborados por órdenes de la Corona española en el siglo xviii y registros parroquiales realizados en Chilpancingo a principios del siglo xix.

En el análisis de las fuentes se trató de tener presente el entorno político y social en el que éstas se originaron; se consideró que las órdenes de la Corona española para levantar censos ocurrieron en un tiempo en que imperaba una forma de gobierno conocida como despotismo ilustrado, que privilegiaba el predominio de los intereses del rey y del Estado sobre las corporaciones e individuos. El monarca necesitaba datos detallados de sus provincias para tener mayor control sobre ellas, fomentar sus actividades productivas, aumentar la riqueza del reino y proteger sus dominios. Sin renunciar al absolutismo, su política se inspiró en algunas ideas de la Ilustración, como la confianza en la razón humana, en la educación y en el conocimiento científico y tecnológico para transformar el mundo y aumentar su prosperidad (Jáuregui, 204: 113-114). En ese contexto, los censos fueron vistos como instrumentos de gobierno que aportarían información amplia, confiable y precisa sobre los vastos y diversos territorios de la monarquía española, así como de sus pobladores (Sánchez, 2003: 15). Eso le permitiría a la Corona tener un mayor control de sus dominios y obtener mayores ganancias de ellos porque, entre otras cosas, se haría más eficiente la recaudación de los tributos y de otras exacciones fiscales. Sonia Lombardo (2006: 44) retoma a Hugo Castro Aranda para reforzar la gran importancia que los funcionarios ilustrados dieron a los censos como instrumentos básicos para gobernar. La realización de padrones, escribe, tenía razones de Estado, pues el conocimiento que aportaban orientaría las políticas económica, social y hacendaria y, como veremos en este estudio, también la militar.

A su vez, los registros de bautismos, matrimonios y entierros fueron controlados por la Iglesia durante el dominio español y hasta mediados del siglo xix, después de la Independencia. En la época virreinal se apuntaba en ellos, al igual que en los censos, la calidad de las personas de acuerdo con su origen étnico y los grupos o estamentos en que se estratificó la sociedad novohispana.

En Chilpancingo, aunque no era cabecera de parroquia, residía el párroco y administraba esos sacramentos; sin embargo, el archivo parroquial desapareció en la guerra de Independencia. No hay testimonios que permitan saber en qué momento ocurrió tal pérdida ni quién o quiénes fueron los responsables. Se puede especular que fue extraído por el propio cura en mayo de 1811, cuando huyó del lugar debido al arribo inminente de los rebeldes comandados por José María Morelos, o bien, que el papel de los libros parroquiales se utilizó para hacer cartuchos, por parte de los insurgentes o de las fuerzas virreinales. Posiblemente, el Congreso insurgente se lo llevó cuando salió precipitadamente de esa población, el 22 de enero de 1814 o se perdió en el lapso de los más de cinco meses en que la parroquia estuvo sin encargado. La información con que se cuenta es que, cuando el cura José Mariano Bringas tomó posesión del curato, en el primer libro que abrió dejó el testimonio de no haber «[…] hallado archivo, ni documento alguno a causa de la revolución [por lo que] comenzó a formarlo de nuevo». Esos nuevos libros fueron los consultados para realizar el presente estudio.

Con las fuentes mencionadas, además de mostrar la presencia de afrodescendientes en Chilpancingo, se trató de identificar los medios que, en este lugar, emplearon para tratar de huir del estigma de clase vil que, durante el dominio español, se les asignó oficialmente con base en el color de su piel y la condición de esclavitud con que, en su mayoría, llegaron a América y que los colocó en el estrato más bajo de la sociedad novohispana. Para cambiar esa situación desfavorable, negros y mulatos se mezclaron con indios, mestizos y españoles. También intentaron obtener un nuevo estatus social que quedara plasmado en la documentación oficial, tanto civil como eclesiástica, lo cual lograron con frecuencia y ha sido denominado por algunos autores como fuga y pase, pase de casta o cruce de la línea del color (Aguirre, 1972: 219, 267-275). En Chilpancingo, como se mostrará en este trabajo, los afrodescendientes siguieron ambos caminos y, a principios del siglo xix, consiguieron eliminar su origen negro y esclavo en los registros parroquiales, aunque no en la realidad. En otras palabras, los descendientes de africanos continuaron presentes en el lugar, si bien desaparecieron de los documentos oficiales y, con el paso de los años, de la memoria de sus habitantes.

 

 

[Tomado de Diario de Campo número 5, cuarta época, mayo-agosto de 2018, INAH]





  • Número 176. Año III. 12 de julio de 2021. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

  • Esta edición

Héctor Astudillo. Argumento falaz.

Del 12 al 18 de julio de 2021 al

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